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Antonio Arias Rodríguez

Cómo saber si soy tóxico

La ausencia de un entorno de trabajo libre de conflictos

Hace cuarenta años, en aquella incipiente Facultad de Económicas de la Universidad de Oviedo, escuché por primera vez las teorías del conflicto en las organizaciones. Fue durante las clases de Álvaro Cuervo, uno de los grandes profesores que han explicado desde las tarimas asturianas. Recordé sus enseñanzas al recibir esta semana la alerta mensual de la Revista de Negocios de la Universidad de Harvard (HBR.org) que permite leer gratuitamente un par de artículos al mes. Elegí un título sugerente: Cómo trabajar con alguien que crea conflictos innecesarios.

No existe un entorno de trabajo libre de conflictos. Es más, los líos y los enemigos internos forman parte de la vida laboral como los trienios de los funcionarios. Con el tiempo, en la vida y en el trabajo, todos vamos coleccionando cadáveres en el armario. Son inevitables. Los amigos se eligen, los compañeros se soportan y los jubilados ya no importan. Los gurús más optimistas entienden que estas refriegas, cuando se gestionan bien, son saludables para las organizaciones pues permiten aprender y crecer. No faltará quien opine lo contrario. Cuántas energías se desperdician en las burocracias contaminadas de la Administración o de las grandes empresas.

Hay sectores donde podríamos entender una cierta fatiga mental inevitable ante la enorme precariedad, la competencia o la exigente atención al servicio que influyen en la carga de trabajo y generan negatividad. En la actualidad, esto vale para los hospitales. Lo sorprendente es que algunas organizaciones con mucha creatividad y autonomía profesional, como son las universidades, mantengan una larga tradición de rencillas y discrepancias internas entre algunos de sus mejores académicos.

Hay personas que favorecen los conflictos. La mayoría de los empleados están dispuestos a escuchar y debatir una perspectiva diferente si se presenta con respeto. El problema es esa otra minoría tóxica que carece de empatía, no comparte la información y participa en todos los chismes y quejas; esos que son de “todo o nada”. No siempre parecen desagradables o aquello que antes llamábamos maleducados. Cuando son persuasivos y manipuladores aumenta el peligro de enemistar a toda la organización. Hay un consenso generalizado para huir de todos ellos, entre otras cosas porque contagian más que la variante Delta.

Ignorarlos tampoco funciona, sobre todo en determinados niveles. Entonces ¿cómo reconocerlos? Primero, por un hecho incontestable: la alta rotación de sus colaboradores, que salen tarifando en cuanto tienen la mínima oportunidad. Lo siento si a usted le ocurre; hágaselo mirar. Si –además– nunca se cuestiona que pueda estar equivocado, yo me preocuparía; o si tampoco lleva a las reuniones ninguna propuesta de solución cuando su trabajo entra en conflicto con otros. Son los peores, pues el jefe debe lidiar solo con un problema del que quizás desconoce todas las alternativas a su alcance.

Una de las obligaciones del directivo es resolver estos desacuerdos y convivir con tóxicos. Ya lo decía Steve Jobs a sus ejecutivos: “Si no quieres tener líos entonces pon un puesto de helados. No es posible agradar a todos”. Algo apuntaba la ciencia al constatar que varios ratones en cautividad en la misma jaula generaban hostilidad, mientras que si se mantenían en distintas jaulas pero pudiendo observar la presencia de los otros, el estrés se reducía.

El teletrabajo consiguió evitar el contacto físico directo y, quizás, diluir parte de estos problemas. Empiezan a divulgarse gran cantidad de estudios sobre los efectos positivos o negativos de la ausencia de presencialidad y la separación de los equipos. Comunicarse por correo electrónico obliga a reconsiderar todas las teorías. También los ambientes nocivos. Revisar constantemente la bandeja de entrada puede crear ansiedad y un flujo de trabajo no estructurado con solo pequeños intervalos para pensar y para realizar la actividad central del propio empleado. La banca lo sabe bien. Antes de la pandemia, llegó a tener adeptos aquella propuesta para suprimir esos correos durante los viernes, algo inconcebible hoy. Si usted es teletrabajador y pone en copia a multitud de colegas no involucrados en el asunto y ABUSA DE LAS MAYÚSCULAS para enfatizar el mensaje áspero, puede estar incubando esa toxicidad; tenga cuidado, dicen los expertos.

Para estas situaciones de conflicto, nada mejor que una vacuna de retranca inteligente, que los gallegos han elevado a la categoría de arte; hasta el punto de celebrar en Lugo (2015) todo un festival de la retranca. Hay mucha elegancia y respeto en sus respuestas sutiles. “Si te dijera la verdad te mentiría”. Una mezcla de doble intención e ironía sin malicia, pero con sentido de humor. A veces riéndose de uno mismo, que es el verdadero antígeno para confirmar que uno está libre de mala leche. Como dice mi buen amigo Suso, de Vigo, cuando no quiere incomodar a su interlocutor: “por un lado ya ves y por otro … ¡qué quieres que te diga!”. Entrañables.

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