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Xuan Xose

Covadongues

El Real Sitio, entre el “españolismo”, el hecho religioso y la sacralidad de su monumental paisaje

Covadonga es un complejo de al menos tres elementos. Al tiempo, esos elementos han tenido valoraciones o potencias distintas a lo largo de la historia o las tienen hoy.

En torno a Covadonga debió de haber un combate entre moros y cristianos, de mayor o menor entidad: batalla, engarradiella. A partir de ahí, comienza la construcción del Estado asturiano, que dura más de cien años como tal, con su cultura específica (el arte asturiano es su muestra más notable), en la que destaca la supervivencia de técnicas y tradiciones romanas: innovación junto a tradición. La conciencia de esa singularidad histórica y de su trascendencia la subrayan los asturianos inmediatamente posteriores. Para la Crónica Pelayana los asturianos se habían convertido en el pueblo elegido por Dios: “Escoyó Dios Asturies y per tol redol d’Asturies punxo unos montes firmísimos, y ye’l Señor el protector del so pueblu dende entós, agora y mientres el mundu durar”, dice con palabras que nos recuerdan las promesas de Jehová al pueblo judío durante el Éxodo. Y el testamento del Rey Casto señala que la victoria de Pelayo “defendió enalteciéndolo al pueblo asturiano y cristiano” (“asturiano”, no otro).

Hay historiadores que niegan el episodio de Covadonga; otros que reducen su entidad a poco más que una escaramuza. Como quiera que sea, sobre esa “realidad” se construye un discurso que da origen a la historia fundacional de Asturies, y, siglos más tarde, a la de España, reduciendo o ignorando, en este caso, la existencia de otras reconquistas y otros concursos en lo que va a ser el Estado español. En algunas ocasiones, también, ese discurso se tiñe de lo que podríamos llamar “nacionalcatolicismo”.

Con todo, la importancia política del lugar no empieza a tener relevancia hasta el XVIII, cuando los ilustrados, con Jovellanos entre ellos, comienzan a pensar en dotar a Covadonga de suntuosidad monumental, al tiempo que tratan de convertir en emblema del origen de lo español a Pelayo y Covadonga. De todas formas, no es hasta el último tramo del XIX, con la restauración canovista —por el medio, Alejandro Pidal y Mon, Roberto Frasinelli y el obispo Sanz y Forés—, cuando se pone en pie la actual basílica y se engrandece el entorno de la cueva.

El segundo elemento es el religioso. Desde que tenemos noticia hay un culto mariano en Covadonga, en la “Cueva de la Señora”, continuación, probablemente de un anterior culto a una divinidad femenina en el misma lugar (“Diva/Deva”, diosa, es el nombre del río que de la gruta brota). Ahora bien, hay que señalar que Covadonga, como centro religioso, tardó mucho en salir de su ámbito local. Es más, hasta hoy compite con bastantes otros santuarios en su capacidad de atracción en su fiesta, el 8 de septiembre. Tampoco desde el ámbito estrictamente eclesiástico recibió Covadonga una atención exquisita, pues es solo en 1783, con el papa Pío IX, cuando la diócesis adquiere misa y oficio propios de Nuestra Señora de Covadonga, y es en esa fecha cuando se señala el 8 de septiembre como la de la festividad. También en ese momento se concede la indulgencia plenaria a los fieles que ese día o los ocho siguientes visiten la capilla de la cueva.

Tal vez lo que más ilumine la escasa magnificencia y proyección del lugar hasta esas fechas apuntadas sean las palabras de Sanz y Forés al conocerlo: “¿Pero esto es Covadonga?”.

Ahora bien, esa ligazón del sitio con, de un lado, lo religioso y, de otro, con determinadas versiones de España o, simplemente, de “lo español” provocan el rechazo o la distancia de ciertas izquierdas. Me acuerdo, por ejemplo, de la ingenuidad de Gerardo Iglesias, durante el debate sobre la institución del Día de Asturies, intentando averiguar la efeméride de la batalla de Covadonga, a fin de separar la fiesta de la Comunidad del día religioso. Es, asimismo, notable el empeño del asturianismo de izquierdas en convertir la fecha del 25 de mayo en la Fiesta del país, en el intento doble de separarse de lo religioso y de lo políticamente “españolista”, como si, por cierto, el pronunciamiento de la Xunta Xeneral en esa fecha no fuese una manifestación tendente a devolver al rey al trono y de mantener la integridad e independencia de la nación española.

En otro orden de cosas, Covadonga establece a su alrededor otro espacio de sacralidad, el de la sacralidad de la naturaleza, si es que se acepta el concepto, de lo que es un epifenómeno la creación el 24 de julio de 1918 del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga (de sus avatares posteriores, mejor dejarlo correr hoy).

Y todo ello alguna excelsitud ha de tener. Cuando Alejandro Pidal y Mon le reenviaba a Cánovas, su reciente socio, las truchas pescadas en Covadonga por el canónigo covadonguín Máximo de la Vega, manifestaba el prócer malagueño que “no había comido en su vida cosa más sabrosa”.

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