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Diego Barceló Larran

El Club de los Viernes

Diego Barceló Larran

Ya es hora de suprimir el impuesto de sucesiones

La política fiscal en España

Septiembre es el mes en que vuelve la normalidad a la vida cotidiana. Se reinician la actividad escolar, los cursos de idiomas, las clases de pilates y todas las rutinas habituales. En la Administración del Principado, es también el mes en el que los presupuestos regionales para el año siguiente empiezan a tomar su forma definitiva. Y eso quiere decir que es el mes en que, cada año, los sucesivos gobiernos han tomado la pésima decisión de mantener el impuesto sobre sucesiones.

Adrián Barbón y su consejera de Hacienda, Ana Cárcaba, parecen haber olvidado el tema. Por si ese fuera el caso, desde aquí se los recuerdo. Están a tiempo de dar a las familias asturianas esa noticia que se viene postergando desde hace demasiado tiempo: la de la supresión definitiva de ese impuesto injusto, antisocial y enemigo del progreso.

Si hay un momento propicio para eliminar el impuesto de sucesiones es este, para evitar que el Gobierno regional se siga lucrando de las muertes que, prematuramente, viene provocando la pandemia. Ni siquiera hace falta suprimirlo de una sola vez (aunque eso sería lo ideal); basta con su eliminación por fases, con un cronograma conocido de antemano.

Recordemos algunas cosas. El impuesto sobre sucesiones (IS) grava las herencias. Es decir, grava el traspaso del patrimonio familiar de padres a hijos, en su caso más habitual. Un patrimonio que se acumuló con rentas que ya pagaron IRPF y otros impuestos (IBI, Patrimonio, viñeta, IVA, según sea el caso). Así, el IS es un claro ejemplo de doble imposición.

La prosperidad de un país se basa en el ahorro, porque solo cuando hay ahorro puede financiarse la inversión. La inversión es imprescindible, no solo para crear empleo (una empresa que no crece no contrata más personal), sino también para aumentar la productividad, por ejemplo, con nueva maquinaria o mayores conocimientos. A su vez, solo cuando crece la productividad (producción por persona ocupada) pueden crecer los salarios (subir los salarios cuando la productividad cae o se estanca, como ocurrió hasta 2009, es insostenible y lleva al paro, como ya debimos aprender en España).

El IS castiga y desalienta el ahorro: como, al morir los padres, parte del ahorro familiar se lo llevará el Gobierno regional, las familias son estimuladas a ahorrar menos. Y al ahorrar menos, se debilita la base del progreso social. En cambio, quien derrocha los ingresos familiares y complica el ascenso social de sus hijos es premiado: jamás tendrá que pagar IS. De ahí que el IS sea un tributo antisocial.

Entre los países avanzados, el IS no existe, por ejemplo, en Austria, Australia, Canadá, Noruega, Nueva Zelanda, Portugal o Suecia. Incluso, dentro de España, está prácticamente suprimido en la Comunidad de Madrid, Cantabria, Canarias y Castilla y León. Casi todas las demás autonomías tienen condiciones más ventajosas que Asturias. Esta es una “desigualdad” que no parece importar a los socialistas. Sin embargo, insisto, Barbón y Cárcaba tienen ahora una oportunidad para repararla.

La consejera Cárcaba ha defendido el IS en más de una ocasión. Y yo, amablemente, la he invitado en reiteradas ocasiones a debatir públicamente, donde y cuando ella prefiera. Repito mi invitación desde estas líneas. Si Barbón y su consejera están convencidos de lo adecuado del IS, no veo por qué rehúyen el debate y niegan a los ciudadanos el derecho a conocer sus razones. Si el problema es la pandemia, el debate se puede hacer por medios telemáticos.

Lo que no es justo ni democrático es que, sin mediar explicación alguna, el socialismo insista en seguir agrediendo a las familias de Asturias, manteniendo un impuesto que es el único contra el cual se organizaron manifestaciones masivas en la calle.

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