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Oscar Buznego

Cataluña en su día

La urgencia de que la cuestión catalana deje de ser un obstáculo

Los asuntos catalanes copan la actualidad política, confirmando de paso el punto de marasmo al que hemos llegado. El fiasco de la inversión en el aeropuerto barcelonés ha dejado una prueba clara de las divergencias internas que afectan tanto al gobierno español como al catalán, de coalición los dos, y de las consecuencias que esa división provoca en la gestión pública. De la Diada de este año, lo primero que cabe resaltar son las disensiones aireadas por los líderes independentistas, que por lo pronto impiden al ejecutivo de la Generalitat actuar con eficacia y sitúan el movimiento soberanista al borde de la escisión.

Y la semana entrante está prevista la primera reunión de la mesa de diálogo, a la que acudirán las delegaciones del gobierno estatal y del autonómico con posiciones incompatibles y sin visos de acuerdo, a menos que una de las partes esté dispuesta a renunciar a alguno de sus postulados incondicionales. El ejercicio del derecho de autodeterminación es la cuestión que las separa definitivamente e imposibilita en el momento presente el inicio de una negociación, tal como pretenden los dirigentes catalanes que suceda en relación con la demanda que consideran su prioridad absoluta.

Para completar la imagen disonante que proyecta la política nacional falta una representación de la derecha, moderada o radical, que se opone frontalmente a la política seguida por el gobierno de Pedro Sánchez con los nacionalismos periféricos y tiene también sus propias discrepancias sobre la continuidad del estado autonómico. Como se ve, la división es el signo actual de la política española, especialmente desavenida en la última década, en la que las nuevas fuerzas políticas, el nacionalismo catalán y los partidos en general han elevado su grado de polarización hasta situarlo entre los más agudos de las democracias.

El primer efecto de esta dinámica es el debilitamiento del independentismo en Cataluña. Los republicanos de izquierdas y los sucesores de Pujol formaron temporalmente un bloque compacto en pos de la independencia, pero su rivalidad viene de lejos, se hizo conflictiva con motivo de la declaración de independencia en octubre de 2017 y desde la aplicación del artículo 155 dio paso a un distanciamiento estratégico cada vez mayor. Es claro que Esquerra y Junts se conducen por distintos derroteros en la política catalana y en la española. El reflujo de la marea independentista que se aprecia en la menor afluencia a la manifestación de la Diada de los últimos años y en las encuestas los aleja entre sí aún más. La mayoría de los partidarios de la independencia, que son casi la mitad de la población catalana, en vista de la desunión que reina entre sus partidos y del improbable futuro de un estado catalán, han optado por mantenerse a la expectativa, a la espera de acontecimientos.

Pero este panorama que presenta Cataluña abre las puertas a la posibilidad de que ERC, como partido de izquierdas que es, decida a mitad de legislatura, cuando Aragonés tendrá que someterse a un voto de confianza en el parlamento catalán, dar un giro a sus relaciones y sustituir a los socios nacionalistas que no paran de incordiar por los socialistas y los “comunes”, que están esperando su oportunidad para participar del gobierno de la Generalitat, con motivos no siempre coincidentes. Estos partidos ya gobernaron en Cataluña y los tres forman el núcleo de la mayoría parlamentaria que sostiene al gobierno español. En todo caso, ERC deberá evaluar bien el coste electoral y político que tendría romper la alianza con Junts y asumir la condición de los socialistas de cejar en el empeño de la autodeterminación.

Cualquiera que sea el camino que tome Esquerra, el PP será un espectador pasivo de la política catalana, estatal o autonómica, mientras no gobierne y pueda decidir. Pedro Sánchez ha trabado una amistad con los nacionalistas que promete ser duradera, aunque no está exenta de tensiones, y no cuenta con los populares para nada. El PP, que ha creado un “gobierno en la sombra”, emulando la tradición británica tan admirada por Fraga, debería hacer una propuesta clara sobre el problema catalán y con esa carta en la mano mostrar una actitud abierta y dispuesta al diálogo. Cataluña es España y los catalanes que suman la otra mitad se sienten españoles. Que el gobierno de Rajoy fracasara no quiere decir que estuviera totalmente equivocado. Porque resulta posible que Ortega estuviera acertado en su pronóstico y la cuestión catalana nunca encuentre una solución definitiva, pero es urgente llevarla a un sitio donde no sea un obstáculo grave para cada paso que intente dar el país.

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