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Josefina Velasco

Jóvenes, ¿la otra ola?

Acerca de las fronteras entre la niñez y la adolescencia y las responsabilidades exigidas en cada etapa

Se está amortiguando el peligro gracias a la vacunación masiva, el fin de las vacaciones y la llegada del curso escolar, pero a los jóvenes se les responsabilizó de la «quinta ola» cuando casi ni sabíamos que habíamos pasado la cuarta. Acabaron las clases a finales de junio y empezaron las fiestas, los viajes y las reuniones. Y los rebrotes.

Como la juventud parece tener un escudo protector contra la enfermedad y la muerte, ellos trajeron otra ola sin responsabilizarse. Para no demonizarlos se prodigaron alusiones «empáticas». Pero en esos días se presentó como un peligro real la ausencia de autoridad –que no autoritarismo – y el exceso de protección y falsa comprensión hacia la inconsciencia juvenil que parecen ser norma en nuestros días. En el fondo se dan mensajes contradictorios; por un lado se rebaja el trabajo y la responsabilidad y por otro se les exige cuando no queda otra.

Puestos a poner marcas a la vida distinguimos entre niño, adolescente, joven, adulto y anciano. De todas, la irrupción de la adolescencia-juventud es la que tiene las fronteras más imprecisas. El pasado siglo XX vivió la «invención» primero y la consolidación después de los jóvenes como colectivo real diferenciado. En las dos terribles guerras mundiales los ejércitos se nutrieron de muchachos que rondaban la veintena, carne de cañón. Los soldados lisiados física o mentalmente, o ambas cosas, que volvían de la Primera Guerra Mundial, y los amigos y hermanos descargaron su ira contra los gobernantes y generaron su propia forma de rebeldía. Compañeras en los sentimientos de desamparo, las chicas se liberaron de ataduras, se cortaron el pelo y salieron a fumar y practicar sexo. Había que vivir rápido.

Aquella rebelión era ya muy diferente a la de los grupos de niños que habían poblado las calles de las ciudades industriales del XIX, huérfanos o «pobres de solemnidad» malviviendo como pícaros de pequeños delitos. «Tras descubrir la propia entidad, los chicos se entregaron -en pandilla o en solitario- a sentimientos parricidas, anhelos de apocalipsis, alegría nihilista» y desafío acicalado generalizado. La moda, la música y el comportamiento grupal marcaron diferencias. Pero el dirigismo adulto lo engulló y ello se hizo inevitable en el militarismo al alza, promesas «políticas» que utilizaron en beneficio propio la vitalidad (las juventudes hitlerianas o fascistas, o extremismos anarco-comunistas fueron ejemplos poco edificables). La aún más terrible Segunda Guerra Mundial machacó de nuevo la vivacidad juvenil y la reacción posterior contra la triada familia, escuela, estado no se hizo esperar. Otra vez la música, la moda o las pandillas crearon escenografías específicas. El antimilitarismo a las nuevas guerras (Vietnam), el movimiento hippie, o el «mayo del 68» sumaron adeptos. Antiburguesía y anticapitalismo. Rebelión en estado puro; «estuvimos ahí». Luego el mercado de consumo fue fagocitando y devolviendo en productos hasta lo que le cuestionaba.

Pero en un planeta cada vez más desigual, hoy todavía hay niños que no pueden serlo y que son transformados en adultos sin pasar por ese «sarampión» de crecimiento que es la juventud.

Lo peligroso e ilegal, atractivo para adolescentes (pre-joven), se convierte en marca identitaria que los acompaña hasta nuestros días, «desde los tatuajes talegueros a las gangs callejeras». Si el mundo de los mayores domina y no está bien, el recurso es refugiarse en los amigos, que, iguales en sentimientos y vivencias, conforman nuevas familias (Friends o Big-Bang Theory). La sociedad del bienestar vino a facilitar y a complicar la vida por edades. La democracia global y «sus valores» quieren exportarse, pero no siempre con éxito en sociedades con creencias cerradas. Las desigualdades aumentan. La mayor esperanza de vida del primer mundo conforma complejas realidades, con una tecnología cambiante y unas redes sociales que alteran las formas tradicionales de relación humana y a las que los jóvenes se apuntan hasta la adicción.

Sin embargo, ayer y hoy, el miedo atávico a enfermar o envejecer y la empatía hacia el joven y el adolescente acarrean actitudes no siempre deseables para la buena salud social: «Señora sea usted madre de su hija que amigas ya tiene» le respondía un conocido filósofo a una madre orgullosa de su relación materno filial.

Pese a lo novedoso que pueda parecer, la preocupación actual por las relaciones entre edades ha recorrido la historia y, aunque en la antigüedad la adolescencia no existía, y hasta hace poco en la historia se pasaba sin solución de continuidad de la niñez al mundo adulto, sí se percibían, en sociedades cultas, dudas sobre las consecuencias de la confusión de los papeles de cada cual:

«–Por ejemplo que el padre se acostumbra a que el niño sea su semejante, y a temer a los hijos, y el hijo a ser semejante al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores, a fin de ser efectivamente libre […].–Así sucede en efecto. –Sucede eso y otras menudencias como las siguientes en semejante Estado: el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan jocosidad y afán de hacer bromas imitando a los jóvenes para no parecer antipáticos y mandones». (Platón (s. IV a.C.) dixit)

Hay que ver lo que cuesta ponerse cada uno en su sitio. Los poderes se empeñan en embridar la «desbocada juventud», tal vez con un exceso de dirigismo y tutela hacia quienes, por otro lado, confunden evitándoles la asunción de responsabilidades, alejándoles del esfuerzo necesario para entender que en el desarrollo personal no solo hay éxitos y premios, sino fracasos y frustraciones; que uno ha de prepararse para digerir los primeros con cautela y superar los segundos con decisión. Y que la herramienta de todo ello es, claro, la educación; esa que cuesta adquirir. Pues a ella.

[Platón. «La República». Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1981; Fernando Savater. «El valor de educar». Madrid: Ariel, 1997; Jon Savage. «Teenage. La invención de la Juventud». Madrid: Despertaferro, 2018]

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