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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

El periódico de la normalidad

Ahora que regresa la normalidad, o casi, a los centros sociales, el abuelo de mi amigo Rubén echa de menos ojear el periódico como hacía cada día, de buena mañana, antes de que el covid irrumpiera en nuestras vidas con la fuerza devastadora de un tsunami y se llevara por delante la de algunos de sus contemporáneos. Rubén confiesa que cuando la familia discutía por algún asunto de interés informativo sobre el que no existía consenso, reclinado en su sillón antiguo y tapizado, en posición patricia y salomónica, el abuelo siempre terciaba: “Si lo dice el periódico, va a misa”. Eso era para él el edificio de papel construido cada día con la arcilla de los hechos: una matutina liturgia, el pan suyo de cada día. El amén.

Pan, leche, medicinas y periódicos. Durante el confinamiento, los kioscos fueron considerados por las autoridades sanitarias establecimientos esenciales, como las tiendas de alimentación y las farmacias. Por semanas cerraron muchas empresas, echaron la cancela los comercios y los bares, había que evitar a toda costa la actividad y los contactos, pero los vendedores de prensa se mantuvieron al pie del cañón, como las empresas periodísticas, para que los ciudadanos tuvieran información certera de lo que estaba pasando. Leer el periódico no era un riesgo, sino una necesidad.

No existe vacuna tan eficaz contra el pánico como la información. El abuelo de Rubén lo tiene por cierto. Por eso va a pedir hoy mismo al director del centro social al que acude que el periódico regrese con el nuevo curso, presencial, igual que los escolares a las aulas. Así debería ocurrir en todos los centros sociales, las residencias de ancianos, las bibliotecas públicas… Incluso los bares, que acaban de recuperar el esplendor de las barras, deberían retornar cuanto antes al viejo hábito saludable de la lectura de prensa con el café.

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