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José Manuel Ponte

Cómo despejar incógnitas

Dos décadas después de los atentados del 11-S

El 20.º aniversario del 11 de septiembre de 2001, aquel atentado terrorista que buena parte de la Humanidad pudo ver en directo por medio de la televisión, nos ha permitido comprobar que, a día de hoy, todavía son muchas las incógnitas a despejar. Unas, sobre la identidad de los autores de la matanza y de sus cómplices. Y otras, sobre la veracidad de los mensajes puestos en circulación por las más altas autoridades políticas de las naciones que padecieron los ataques.

Todos los que asistimos al terrible espectáculo de los dos aviones comerciales estrellándose, con diferencia de unos minutos, contra las Torres Gemelas guardaremos frescas en la memoria esas imágenes. Y recordaremos también con mucho detalle lo que estábamos haciendo. Hasta ese punto nos impresionó el suceso y sus consecuencias, con gente desesperada tirándose al vacío desde lo más alto de los famosos rascacielos, o huyendo del lugar en desbandada mientras caía sobre ella un polvo espeso provocado por el derrumbe estrepitoso de los enormes edificios. Yo había quedado a almorzar con un hermano mío en un restaurante de Ferrol. Y pensaba acercarme luego a la playa en Pontedeume. Un día magnífico del final del verano y un pecado no aprovecharlo. En Nueva York, grado arriba grado abajo, debía suceder lo mismo, y en la pantalla de la televisión del bar donde estábamos lucía un cielo intensamente azul. Luego apareció el primer avión. El resto es historia conocida.

Según nos lo contaron, un grupo de terroristas islámicos, que no había pilotado nunca un avión excepto en un breve cursillo con simulador, se apoderaron de uno de los dos aparatos. amedrentando a la tripulación y al pasaje con unos cutter y, tras un vuelo de unos pocos minutos, lo estrellaron contra la fachada de una de las torres. A estos, y por el mismo procedimiento, le siguió un segundo avión. Y, más tarde, un tercero contra el edificio del Pentágono, sede del poder militar norteamericano, volando casi a ras de suelo. Por último, un cuarto, que se dirigía al Capitolio, sede de la democracia institucional de la República americana. Aunque en este último caso, los heroicos pasajeros se amotinaron contra los secuestradores provocando que el aparato se estrellase lejos de su destino.

A todo esto, el presidente de Estados Unidos pudo ser localizado en una escuela infantil donde fue informado de lo que sucedía. Una vez reintegrado en su despacho de la Casa Blanca, el presidente Bush se dirigió a la nación para anunciar que los terroristas habían sido rápidamente localizados. Se trataba de un comando islamista integrado por miembros de Al Qaeda, que operaban a las ordenes del tenebroso Bin Laden, el millonario saudita que vivía en una cueva de Asia tramando maldades contra Occidente. Aclarado ese extremo, Bush decretó, primero, la invasión de Afganistán y, poco después, la de Irak, en la que participó como chico de los recados nuestro José María Aznar, un reconocido especialista en encontrar armas de destrucción masiva donde no las había. Bush y Aznar no pudieron liquidar a Bin Laden y tuvo que llegar a la presidencia de EEUU un progresista negro como Obama para matarlo en una actuación televisada de unas fuerzas especiales. Se ha escrito mucho sobre estas, y otras, incoherencias. Y más que se escribirá.

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