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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

La luz es el nuevo pan

La electricidad es hoy un artículo de primera necesidad, esencial en nuestras vidas

Allá por los años sesenta y setenta, en casa se hablaba mucho de energía. El vale de carbón era tema recurrente de conversación en el valle del San Silvestre. Al principio, llegaban a casa cada mes 300 kilos de hulla, esencial para la cocina. De hecho, todo el mundo disponía de una carbonera en la que ir almacenando el preciado mineral. Más tarde, con el desarrollismo y la proliferación de aparatos eléctricos, el carbón dejó de ser tan esencial y las carboneras se quedaron vacías. Pero se mantuvo durante décadas el derecho adquirido ya en forma de suplemento en la nómina, bajo el concepto “vale de carbón”.

La electricidad se impuso. En casa, por una de esas prebendas de la época, disfrutábamos de luz gratis. La recibíamos directamente del cercano Lavaderón, a unos metros de casa, solo separado por las vías del tren. Cuando se iba la luz, que solía ser muy a menudo, sonaba la frase ya hecha: hay avería en el Lavaderón. Nuestra suerte estaba unida a la de aquel inmenso y ruidoso lavadero de carbón. De hecho, para medir el tiempo nos guiábamos más por el sonido de la sirena –turullu– que por los relojes.

No éramos conscientes de la suerte que teníamos de disponer gratis del carbón o de la electricidad. Qué bien nos vendría ahora. Entonces, en una región como la nuestra, nos sobraba energía. Teníamos tanta que las empresas se la “regalaban” a los empleados. Hoy, ya no existen las minas, ni el Lavaderón. Y aquella energía abundante se ha convertido en un artículo de lujo.

¿Qué ha pasado? Mi admirado Maximino, que de esto sabe, ha intentado explicármelo. Dice que “se cometieron errores de bulto en el proceso de descarbonización de nuestra economía y ahora estamos pagando por ello”. No solo eso, sino que se puso en marcha un proceso de transición energética, al margen de la directrices de la UE, que han traído para Asturias consecuencias que califica de “irreversibles”, dejando la industria asturiana “patas arriba.”

De aquellos barros, estos lodos. Hoy en casa ya solo se habla del precio de la luz. Se alude más al precio del kilovatio que a las consecuencias de las vacunas, que ya es decir. Y eso que nadie tiene muy claro a qué se debe esta subida desproporcionada. Hay quien dice que depende de Europa, hay quien opina que deberíamos haber invertido más en renovables, hay quien sostiene que si no hubiéramos sido tan pijoteros con las nucleares otro gallo nos cantaría e, incluso, quien acusa directamente de usureros a los empresarios de las eléctricas. El de la luz se ha convertido en un misterio más del viejo chiste sobre las grandes cuestiones que atormentan a la humanidad: ¿De dónde venimos?, ¿adónde vamos? y ¿por qué sube la luz?

El pasado fin de semana me asaltó un titular de periódico: “La UE pedirá subir el IVA de pan, leche y huevos si Sánchez baja la luz”. Me recordó unas preguntas que el periodista Carlos Salas había lanzado a las redes unos pocos días antes: “¿Cuántos días podéis vivir sin pan y cuántos sin electricidad? ¿Por cuál de las dos cosas estaríais dispuestos a pagar más?” No hace falta pensarlo mucho para darse cuenta de que la electricidad es el nuevo pan.

La historia está llena de revueltas provocadas por la subida del pan. Las enciclopedias recogen incluso las expresiones “motín de subsistencia” o “motín del pan” como “una forma de protesta popular común en Europa entre los siglos XV y XIX”. Hasta ya bien entrado el siglo XX se han sufrido violentos coletazos de motines provocados por el precio del pan.

En Occidente, en este acomodado y bien alimentado siglo XXI, los motines callejeros se han trasladado a las redes. Y los provocan motivos más sutiles como el independentismo, el #MeToo, la homofobia o la memoria histórica. Pero cuidado, que no nos toquen la luz, porque ya no sabemos vivir sin ella. Qué será de nosotros si no podemos pagar la energía que nos da la luz, nos permite cocinar, enfriar los alimentos, refrescarnos en verano, calentarnos en invierno… y lo peor de todo, ¿cómo vamos a vivir sin internet?

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