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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Cebollas y calabazas

Crecen calabazas de treinta kilos en Narciandi y cebollas de kilo y medio. Con la pulpa dulce de uno de esos fenómenos de la naturaleza hortelana habría cabello de ángel para cubrir la cabeza de media docena de querubines y serafines de la corte celestial. Calabazas más grandes que el culo de un luchador de sumo harían carrera fantasmagórica en Halloween. Sé lo que cultivasteis el último verano.

El dueño de la plantación, Pablo Martínez Suero, es especialista en dar calabazas y las da de campeonato. Los antiguos griegos decían que este fruto tiene propiedades antiafrodisiacas, hasta tal punto que los monjes de los cenobios medievales se hacían cuentas de rosario con sus pepitas para alejar los pensamientos libidinosos. O sea, que comer calabaza te deja lívida la libido, hecha puré.

Ver crecer en Narciandi cebollas de más de un kilo es también para echarse a llorar. Tienen las cebollas de Martínez Suero más capas que una pañería de Béjar. Al contrario que la calabaza, para la Antigüedad clásica la planta hortense de bulbo esferoidal, además de llamar a la rima fácil, ayudaba a enderezar la virilidad. Lo escribió el poeta Oviedo en su “Ars amandi”: contigo pan y cebolla.

P. D. in memoriam. Porque tuve hambre y me distes de comer; llegué sediento a tu casa y había un vaso presto en la mesa; incluso fui peregrino y me ofreciste posada una vez, hace muchos años, cuando los pastores de los Picos merecían reconocimiento y no escarnio, y templaba el monte la reciella. Alimentando generosamente a los demás, diste alimento a tu fe. Si hay mesa puesta en el cielo, no serás tú quien reparta esta vez la comanda: te han reservado sitio a la derecha del dueño de la hacienda. Hasta siempre, Rosita, de Casa Morán, mil gracias.

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