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Daniel Ripa

David Card y el aval a la subida del SMI

Un premio Nobel de Economía progresista

Durante décadas el Premio Nobel de Economía marcó tendencias macropolíticas. No sólo sirvió para impulsar la ciencia económica, sino que ayudó a legitimar políticas neoliberales favorables a los mercados desregulados y al adelgazamiento de los Estados. Lo explican Avner Offer y Gabriel Söderberg en “The Nobel Factor”. El Banco Central Sueco, en conflicto con la socialdemocracia keynesiana, buscaba usar el halo de la marca Nobel para favorecer la ortodoxia económica y afianzar el prestigio de políticas de desregulación del mercado. Pretendía, tras mayo del 68, crear un premio que ayudará a disciplinar a la socialdemocracia y, con ello, a orientar al conjunto de los economistas. Cuenta el economista Bertram Schefold que los diputados y la familia Nobel se mostraron escépticos en su momento, hasta tal punto de que el miembro más antiguo de esa familia, una anciana de 87 años, llegó a insistir en que el Premio se llamará “Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel”, para diferenciarlo del resto de premiados (el nombre del premio cambió después hasta 13 veces de nombre). Pero el objetivo buscado se cumplió. 60 años después no es de extrañar que escaseen los premiados de orientación progresista o que, cuando son agraciados, las crónicas periodísticas tiendan a recordar que es un galardón menor en comparación con el resto de Nobel.

David Card ha sido premiado por demostrar, con prolijas investigaciones, que subir el salario mínimo no destruye empleo. Fue contra corriente. Se opuso empíricamente a ideologías que señalan que la solución frente al desempleo es la desregulación salarial, provocando una bolsa de trabajadores pobres directamente proporcional a los beneficios empresariales. Card abrió una vía diferente, que en España está explorando el Ministerio de Trabajo de Yolanda Díaz y Unidas Podemos. En los últimos 3 años, hemos logrado una subida del SMI de un 31%, de 735 a 965 euros. No es cierto que asegurar un salario digno vaya a destruir empleo. David Card tiene otras líneas de investigación: demostró que la llegada de personas inmigrantes no provoca la reducción de salarios y, junto a los otros premiados, puso el acento en la importancia de una evaluación empírica de las políticas públicas, primando el estudio de la causalidad sobre la casualidad o correlación. Datos frente a la intolerancia.

El galardón entregado a David Card, junto a Joshua Angrist y Guido Imbens, es por eso asombroso. Se debe entender en el marco de un posible nuevo ciclo político global. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca ha impulsado dos grandes batallas: Un impuesto mínimo de sociedades al 15%, refrendado esta semana por la OCDE, para evitar la evasión de beneficios a paraísos fiscales, y nuevas políticas para frenar la pobreza en el trabajo. Su ya mítico “pay them more” a los empresarios que decían no encontrar trabajadores es una declaración de intenciones. Estos son los vientos que soplan en el mundo. Lo explica Stephen Marglin cuando recuerda que las ideas son necesarias pero no suficientes para un cambio económico, confrontar con una ortodoxia dominante requiere ideas pero también un movimiento político que opere en simbiosis. Los Nobel de principios de los 70 impulsaron una contrarrevolución de pensamiento económico neoliberal, que se apoyó en un movimiento político en simbiosis que era representado por Thatcher y Reagan, y que usó una metodología que ha sido cuestionada por este premio nobel para justificar la congelación de salario, la eliminación del salario mínimo y la reducción de los sindicatos a una mera gestoría laboral.

Esta contrarrevolución neoliberal anunció durante años el fin de la historia (“no hay alternativa”, dijo Tatcher) y, a pesar de las inconsistencias empíricas de su teoría, impulsaron políticas públicas. Su recetario era siempre el mismo: ante las crisis, reducción del gasto público y empeoramiento (“eliminar las rigideces”) de las condiciones de trabajo. La reforma laboral de Mariano Rajoy fue en esa dirección. ¿Las consecuencias? Millones de desempleados, incremento de pobreza y desigualdades y países arrasados por políticas económicas que sólo enriquecieron a los mercados.

El problema es que la socialdemocracia aceptó en muchas ocasiones este paradigma, apostando por contener salarios mínimos y desregular el mercado laboral, como defendía la aristocracia económica de los países. Hace dos años alertaba el ex ministro socialista Carlos Solchaga que la subida del SMI iba a destruir 60.000 empleos. Las instituciones económicas hacían la ola: Fedea anunció la destrucción de miles de puestos de trabajo e incremento del déficit. El Banco de España alertó de una pérdida de empleo neta de entre 6 y 11 puntos porcentuales. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) cifró falsamente las pérdidas de empleos en 40.000. Nada de eso sucedió, pero la prensa económica y medios afines replicaron sin datos el argumento. En paralelo, el Ministerio de Economía hacía todo lo posible por moderar la subida del SMI planteada por sindicatos y Ministerio de Trabajo.

La realidad es que estas entidades no decían la verdad. Card demostró que no se sustentaban en evidencia empírica: subir el salario mínimo no destruye empleo. La oposición de estos organismos era más política que científica. Desde Unidas Podemos dimos una batalla no solo justa, sino correcta económicamente. Finalmente, la Comisión de Expertos a la que consultó el gobierno nos dio la razón y recomendó incrementar hasta 1050 euros el SMI en 2023. Por eso, pese a quien pese, hoy hay algo más de luz en el mundo. Y millones de personas están más cerca de vivir mucho mejor.

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