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Francisco Garcia Perez

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

El largo y volcánico verano

De las vacaciones y sus acontecimientos

Vuelvo a ofrecer al lector unas pildoritas tras mis sosegadas vacaciones veraniegas (aviso de ironía): reventón de rueda al partir; ataque de contumaces avispas amarillas al llegar; pérdida súbita e inesperada de premolar; lucha a rodilla desollada contra perro suelto que atacaba a “Brel”; caída lateral de cama a medianoche con estrepitoso cabezazo a radiador; embestida de caballo al galope en callejuela, esquivada por una ná... Lo escribo como homenaje a quienes les cuentas este rosario y te preguntan: “Pero ¿por lo demás, bien?”

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(Aviso de “Abuelo Cebolleta”): Se ha muerto el escritor Antonio Martínez Sarrión. A la tristeza de perderlo, la consuelan las anécdotas conjuntas vividas entre risas. Aquella lejana vez esperando que volviera de los Encuentros de Verines, en la terraza de la Plaza del Paraguas ovetense: “Se ha quedado en la barra de un bar de Cangas de Onís explicando la poesía surrealista a la pareja de la Guardia Civil”, me contó Blanca Andreu. Aquella vez que cociné en la casa de Juan Benet una fabada que lo enloqueció de tal forma que se pasó la tarde tarareando el “Esta sí, esta no…” hasta que lo echamos a la calle. O aquella vez de madrugada en su casa madrileña, con García Hortelano y los de siempre… cuando el sueño nos vencía por la hora y las copas y tronó: “Propongo rematar esta singular tenida en Segovia. Partamos ahora mismo. Y a quien sea capaz de pronunciar ‘Sabiñánigo’ sin tropezar le pago yo el cochinillo”. Benet resumía así la ciudad natal de Antonio: “Albacete es un lugar en cuyo primer edificio se lee ‘Navajas Martínez’ y en el final, tres minutos después, ‘Navajas Sarrión’ ”.

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Juan Madrid me confiaba su perplejidad ante Alejandro M. Gallo: “Me descoloca por completo, tío. Uno espera encontrarse con un poli como aquellos de novela negra clásica o del cine en blanco y negro, con cara agriada de mala hostia. Luego, conoces a Gallo y te descoloca del tirón”. Estuve de acuerdo. No sólo es comisario jefe de la Policía Local gijonesa y ha escrito narraciones negrocómicas o de intriga y memoria histórica, sino que a sus varias licenciaturas universitarias une ahora un doctorado en Filosofía cuya tesis vemos en libro: “Crítica de la Razón Paranoide”, subtitulada “Teorías de la Conspiración: de la locura al genocidio”. Golpe definitivo al intento de explicar la Historia a base de conspiraciones y otras mamonadas. Rigor y luz. Hace casi veinte años que me lleva descolocando.

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El horror de la pérdida de casas, enseres y memorias por la erupción del volcán palmero de Cumbre Vieja queda desplazado por lo resueltos que tantos (hasta una ministra) están a mirarlo como espectáculo, todo espectáculo y nada más que espectáculo. Las más espectaculares imágenes de la espectacular onda expansiva, la espectacular imagen de la lava engullendo viviendas, las espectaculares imágenes del dolor de quienes se han quedado sin nada. Cómo erupciona ese sentimiento de nula empatía ahora y siempre, por los siglos de los siglos, amén. La moral y la ética del mientras no me toque a mí, del hay que ver qué barbaridad, menos mal que estoy en mi sofá viendo el espectáculo. Dos turistas visuales del espectacular espectáculo espectacularizado salen en la tele, recostados con comodidad para mejor ver el show. Dicen que es un algo para contemplar una vez en la vida. A pesar de que las novedades informativas de un día para otro son mínimas, aumenta la espectacular repetición del espectacular fuego y la espectacular devastación, que el espectáculo debe continuar. Educados para observar excitados la desgracia ajena en las pantallas, esas gentes disfrutan lo suyo mientras otros pocos arriman el hombro y se juegan la vida. Pero esto último no mola, no es nada espectacular, corta, búscame alguien que sufra, que eso sí que vende.

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Y el palíndromo semanal de mi amigo invisible, para que lo griten ganaderos y respondan ecologistas: “¡Oíd osos: os odio!”.

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