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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Jóvenes sin futuro

La falta de perspectivas no la suple una propina de 400 euros para consumir cultura

Nunca lo tuvieron más fácil los jóvenes, dicen unos. Nunca lo tuvieron más difícil, dicen otros. Abrirse camino en la vida siempre ha sido una labor titánica. Allá por los años 60 del pasado siglo, de muy niño, asistí a los denodados esfuerzos de mi hermano por labrarse un porvenir. En aquel entonces, empezaba el desarrollismo. La duda de estudiar o trabajar se planteaba a muy temprana edad. Mi hermano, con catorce, el bachiller elemental y la reválida aprobados, se enfrentó a la gran decisión. Una decisión que hoy parece tomada de antemano. ¿Estudiar o trabajar? Estudiar, claro. Lo que viene a ser dilatar la decisión, ganar tiempo a ver si escampa. No hay más que ver la poca demanda de la Formación Profesional, pese a ofrecer mejores expectativas que la universidad.

Mi hermano no tenía edad para decidir y, ante la disyuntiva, se quedó bloqueado. ¿Qué quieres hacer?, le presionaban mis padres con toda su buena intención, machaconamente, una y otra vez. Decidieron tomar cartas en el asunto y mostrarle en qué consistía cada opción. Con la ayuda del siempre dispuesto buen vecino Manolo el de Camila, fue enviado como aprendiz a unos talleres en Santana, en los alrededores de El Entrego. No le gustó. Más bien, le espantó. La presión sirvió para que, por descarte, decidiera estudiar. Esa misma decisión la tuvo que tomar un poco más tarde uno de mis primos, sólo que la línea de sombra de Conrad la tuvo que cruzar en las profundidades del Pozo Venturo, con irónico nombre de futuro. También decidió estudiar.

La siguiente gran decisión para mi hermano, descartado trabajar, era qué estudiar. Había sólo dos posibilidades, no como ahora donde las opciones son infinitas. Una, magisterio, carrera no necesariamente fácil, pero sí corta. Y la otra, Filosofía y Letras, cinco largos años, con parecidas expectativas laborales. Y allá se marchó a estudiar a la Escuela Normal de Oviedo, a 28,6 kilómetros de casa. Aquella distancia, hoy ridícula, se antojaba insalvable. Tuvo que instalarse en la capital, gracias a la generosidad primero de la tía Gene, que lo acogió en su casa junto a sus tres hijos, y después del padre Ángel, entonces director de la residencia de la Cruz de los Ángeles.

Mi hermano aprobó curso por curso. Logró el título y con 18 años empezó un periplo por los pueblos más remotos de Asturias, cambiando de centro cada año, enseñando a chicos de su edad que aún poblaban las escuelas llamadas unitarias, donde se reunía en la misma aula a alumnos de los 5 a los 15 años. Casi dos lustros después, consiguió aprobar la temible oposición que le daba acceso a una plaza fija en Gijón, donde ejerció hasta su jubilación.

Eran otros tiempos. Sí, lo eran, Mis hijos, ya en este tiempo presente y con 18, se planean su futuro entre los negros nubarrones. A pesar de su juventud, me cuentan que ya han vivido experiencias traumáticas: dos crisis económicas y una pandemia como no se recuerda en la historia. No les ha faltado de nada, pueden estudiar lo que quieran y de trabajar, ni se habla. En la celebración del cumpleaños que les llevaba a la mayoría de edad, su madre y yo les preguntamos cuáles eran sus preocupaciones. Mi hija nos contó que, cuando se reúnen con sus amigos, el primer tema de conversación es el futuro o, más bien, la ausencia de futuro. Normal. Y el segundo tema, sus experiencias con el psicólogo, al que la gran mayoría acuden religiosamente y de forma natural, como si fuera otro paso más imprescindible para construir su porvenir.

Los jóvenes de hoy no están bien. Su felicidad no consiste en el bienestar que les hemos legado sus mayores. Se sienten frustrados, les sobra lo que llamamos pomposamente calidad de vida, pero se sienten vacíos. Les falta algo que ellos no saben muy bien explicar qué es. Pero probablemente lo que les falta es simplemente futuro. Un futuro, dicen, que no les van a resolver los 400 euros para gastos en cultura o que los padres les subamos la paga semanal.

Deberíamos reflexionar los mayores sobre el tipo de educación que les hemos dado. Sobre si, al ponerles las cosas demasiado fáciles, en realidad les restamos armas para enfrentarse a la vida. Repetimos de forma cansina que el futuro es de los jóvenes, pero no les dejamos construirlo.

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