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Daniel Capó

En voz alta

Si lees a los niños, llegan mucho más lejos que si lo hacen solos

Cuenta mi amiga Paula Fernández de Bobadilla en la web Leer por leer que ella nunca pensó que siguiera leyendo en voz alta a sus hijos una vez que ellos ya hubieran aprendido. Yo tampoco lo pensé o, al menos, creo que no. Me di cuenta muy pronto de que hay una magia especial, una rara intimidad, en el hecho de leer noche tras noche a tus hijos en la cama. Empecé con mi hija mayor cuando cumplió los cinco años. Hasta entonces le habíamos leído –mi mujer, mi madre, yo mismo– cuentos y relatos para niños; algunos clásicos, otros no tanto. Pero, cuando cumplió los cinco años –aquel mismo día–, decidí que dejásemos las pequeñas historias –las de los hermanos Grimm, por ejemplo–, para adentrarnos en textos de mayor extensión y dificultad. No sé por qué lo hice, ni por qué elegí en concreto “La casa de la pradera”, de Laura Ingalls Wilder, que nunca había leído, pero funcionó. Cada noche nos acostábamos en la cama y, medio a oscuras, le leía en voz alta un capítulo, saltándome a veces alguna descripción que me parecía pesada para su edad, pero siguiendo básicamente el texto. Desde entonces habremos leído –primero sólo con ella, más tarde también con su hermano– decenas y decenas de libros, algunos maravillosos –la mayoría de ellos, diría yo–. Los hemos leído por la noche, antes de dormir. Pero también durante la cena en verano, como si fuera un refectorio monástico, y en la terraza de casa, con una vela encendida, mirando la luna sobre el mar.

Hay libros que hemos leído de nuevo en voz alta. Otros los han releído ellos solos pasado un tiempo. Otros, pocos, los hemos descartado al cabo de unos capítulos. Hubo novelas cuya continuación nos apresuramos a comprar, porque no queríamos dejar las vidas de sus protagonistas abandonadas a medio camino. Ha habido libros que hemos deseado leer –“Los hermanos Corazón de León”, por ejemplo, o la segunda parte de “El rey Matías”– y no hemos podido porque o ya no se encuentran ni en librerías de viejo o nunca se han traducido. Hemos leído libros descatalogados que se publicaron en los años treinta, cuarenta o cincuenta del pasado siglo. Hemos leído novelas de aventuras, libros de historia, manuales de costumbres. Hemos leído todo –o casi todo– Astrid Lind-gren, Tove Jansson, Enid Blyton y Robert Louis Stevenson. Hemos leído adaptaciones de los clásicos, “El capitán Tormenta” (esa maravilla de Salgari), Louis de Wohl y muchos más.

Muy pronto descubrí que, si lees en voz alta a los niños, ellos llegan mucho más lejos que si leyesen solos. Al modular la voz –y es bueno hacerlo–, favoreces la comprensión del texto y también la concentración. Algún académico ha señalado que, en la lectura en voz alta a edades tempranas, reside una de las claves principales del éxito educativo. Es probable que así sea, aunque en realidad esto no debería importarnos mucho. El placer de la lectura no necesita criterios cuantitativos para ser justificado. ¿Cómo medimos la imaginación de un niño? ¿Cómo juzgamos su horizonte, el alcance de sus anhelos? No podemos, aunque es real y operativa en nuestras vidas. La literatura concede una densidad a nuestros afectos, sentimientos, emociones, ideas. La literatura es el músculo narrativo de nuestras vidas.

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