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Virginia Gil Torrijos

Hecatombe

Se cumplen 84 años de la entrada en Gijón del Ejército sublevado y la caída del Frente Norte

En la madrugada del 21 de octubre de 1937, justamente en una madrugada similar a esta en la que escribo 84 años después, caía una lluvia fina sobre Gijón. Las columnas de humo que provenían del puerto de El Musel se olían por toda la ciudad. Intentar no dejar materias primas para el enemigo, esas eran de las últimas consignas del Consejo Soberano de Asturias y León, Consejo que en tres aviones se había ido ya. No había barcos para todos. Desde hacía meses no había víveres para los cientos de miles de asturianos cercados en el llamado Frente Norte. El Mazucu apenas había servido para retrasar una semana el avance de las tropas franquistas. Los aviones alemanes de la Legión Cóndor despegaban de lo que ahora es el campo de golf de Llanes y los republicanos, sólo armados de obsoletos fusiles, no habían podido salvar las posiciones en El Cuera; lo intentaron entre sus peñas, pero no pudieron. Los medios influyen, la garra y la tenacidad influye, pero los medios más. (Aún se pueden ver los socavones de los impactos de las bombas en la sierra. Aún puedes encontrar proyectiles.) Belarmino Tomás lo había dicho: esto será una hecatombe. Pero Belarmino Tomás había salido volando y la hecatombe ya estaba allí; allí entre mi madre, mi abuela, mi tía abuela y mi prima, entre todas sus vecinas de su barrio obrero; allí entre sus hatillos, allí entre las pocas pertenencias que había podido salvar; estaba allí entre sus hijos, los que lloraban de hambre y miedo; allí en un barco que había salido de Gijón unos días antes y los llevaba a saber dónde. La hecatombe estaba en otro barco diferente, el “María Elena”, donde mi abuelo herido procedía a evacuar, y estaba en el rostro de mi tío abuelo, que esperaba con los últimos en San Juan de Nieva, que esperaba previamente a Camposancos, a la Modelo de Oviedo y previamente a la fosa común.

Hoy contemplo el amanecer de Gijón en esta calle oscura, en un barrio donde el metro cuadrado aún es asequible, y pienso en esa “Hecatombe”, en esa que se palpaba hace 84 años. Lo que vino después fue solo consecuencia de aquello, de haber intentado luchar por unos ideales de Libertad, Dignidad y de Igualdad y de haber perdido la lucha, y con el tiempo, tal vez, quizá hasta la utopía. Y no se trataba solo de perder una guerra sino también de atenerse a lo que serían sus consecuencias. Hoy yo sé lo que a ellos les ocurrió; cosas que de bonitas tienen poco y tienen mucho de tragedia, de muerte, de consejos sumarísimos, de campos de concentración, de Resistencia “francesa” (¡qué ironía!), de hambre, de pérdidas y de silencio. No hay víveres para cientos de miles de asturianos y los fascistas se cebarán con Asturias, predijo Belarmino Tomás. “Dos veces, dos, has tenido ocasión para jugarte la vida en una partida y las dos te la jugaste”, escribió Pedro Garfias, tiempo después.

El 21 de octubre de 1937 había silencio, como lo hay en esta madrugada. Yo sé, lo sé por mi vida, por mi experiencia vital, por la experiencia vital de mis padres y de mis abuelos, por la experiencia vital de toda la gente de la que vengo, que nada ha sido nunca casual, que las oportunidades en esta vida no son casuales, que no son sólo el fruto de tus esfuerzos individuales, sino que lo son de toda una amalgama de circunstancias, circunstancias personales, circunstancias económicas y circunstancias políticas. “Estudiad, estudiad”, nos decía mi padre. Pero el centro educativo donde uno lo hace también influye en la vida, y en la “calidad” de la enseñanza. Bien lo versó siglos ha el Arcipreste de Hita, o Góngora, o Quevedo, cuando hablaban del oro o del poderoso caballero de Don Dinero. El parné influye, la garra y la tenacidad influyen, pero el parné más. Yo, ahora que tengo más lucidez, la lucidez de la mediana edad o quizás sea su locura, y por tanto las teorías conspiratorias anidan mejor en mi cabeza, sé bien que las represalias de aquel 21 de octubre, sus tentáculos y sus ramificaciones, fueron mucho más allá de una generación, que se han prolongado por varias, por lo menos hasta la que es la mía. Es así. Solo espero que aquí en adelante se detengan y que no vayan más allá. Por eso lucho cada día de forma solapada. Espero que a partir de esta, de la mía, de mi generación, habrá solo felicidad. “La historia es nuestra y la escriben los pueblos” dijo Salvador Allende. Yo digo que la historia individual la escribe la Historia Universal o, mejor dicho, la Historia Universal escribe nuestra historia individual y personal.

Amanece ya en Gijón. Todo está casi en silencio. Por debajo de mi ventana pasa ahora un coche de la policía local con sus luces intermitentes. Hace 84 años la ciudad que era antes roja y las consignas de la U.H.P. colgaban de sus balcones comenzaría a llenarse de banderas blancas. Y algunos que cantaban “La Internacional” pronto interpretarán “Cara al Sol” y con el tiempo, los más listos volverán a la “La Internacional” y más tarde, de nuevo, otra vez, seguro habrá otro sol que calentará más y mucho mejor. Mi abuelo Torrijos, que nunca se cayó nada, eso tampoco se lo guardó. Y es que las crestas de las olas tienen lindas chaquetas que cambian con el viento y con las tendencias de cada temporada.

21 de Octubre de 1937: “huyen”, decían los franquistas; “evacuamos”, nos contaba mi abuela. La muerte, la idea de la muerte, la pesadumbre de la muerte humedece la alborada. Toda una generación de asturianos, de rebeldes diablos rojos asturianos, va a desaparecer pronto si no lo ha hecho ya. ¿Qué ocurrirá con ellos y con sus hijos y con los hijos de sus hijos? Supongo que alguna vez alguien lo publicará. Pero hasta entonces a ellos les tocará penar. Y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos de algún modo u otro también les tocará penar; de otro modo, pero también penar, penar más y aceptar que ya nunca nada ni nadie los va a resarcir.

Otro coche de la local pasa de nuevo y me doy cuenta de que el color de los vehículos también ha cambiado. Antes eras rojos. Ahora son blancos. Pienso en la metáfora con las banderas. “Hecatombe” dijo Belarmino Tomás. “Hecatombe”, repito. Hoy huelo hasta aquí el humo de hace 84 años. Huelo hasta aquí aquella desazón y aquella humedad. Hoy es 21 de octubre y amanece en silencio. Hoy amanece en Xixón.

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