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Anxel Vence

La (buena) vida de perros

La nueva ley a favor del bienestar de los animales

De los seres humanos desdichados solía decirse que llevan una vida perra; pero esa expresión ha perdido ya cualquier vigencia. En la España donde el número de canes excede al de niños, los chuchos disfrutan, afortunadamente, de una existencia regalada. Se ha humanizado a las mascotas como en su día hizo Walt Disney al popularizar a los perros Pluto y Goofy, al gato Fígaro o al ratón Mickey, por citar solo algunos ejemplares de una vastísima fauna animada.

Los perros, en particular, disponen hoy de peluquerías, hospitales, psicólogos, balnearios, funerarias y hasta una línea de ropa recién creada por una multinacional que ha encontrado ahí un nuevo nicho de mercado. Dentro de unos pocos meses estarán amparados también por una ley de bienestar animal que, de salir el proyecto adelante, obligará a sus dueños a pasar por un cursillo de formación para su tenencia. Serán perros a cargo de gente titulada, lo que no siempre ocurre en las relaciones laborales entre personas.

Estas curiosidades vinculadas a la fauna eran hasta ahora un rasgo distintivo de los británicos, cuyo amor por los animales parece exceder en ocasiones al que pudieran sentir por la especie humana. No hay extravagancia en ello. De hecho, la preocupación por los (otros) animales es un signo de elevado espíritu cívico y de aún más alta renta per cápita. El grado de civilización de un pueblo se mide, entre otros factores, por el buen o mal trato que prodiga o, en el peor de los casos, inflige a los animales. Hasta no hace mucho considerábamos eso como una excentricidad más de los ingleses, que han hecho de la devoción por chuchos y gatos uno de sus signos de identidad nacional. Ahora la hemos asumido como costumbre propia de la que dan fe los casi siete millones de canes y los cuatro millones de gatos avecindados en las viviendas españolas. Sin contar, claro está, a la numerosa colonia de pájaros, peces, reptiles y hámsteres.

Atrás quedan los tiempos de la España abrupta en la que el maltrato a las demás especies zoológicas llegó a constituir un indeseable hábito. Ya no se despeña a las cabras desde lo alto de los campanarios ni se apedrea a los perros callejeros, suponiendo que haya todavía alguno suelto por ahí.

Felizmente, el desarrollo económico y cultural, el ingreso en la UE y otros benéficos avances de los últimos decenios han cambiado por completo la situación. Tanto como para que se generase una importante industria alrededor del cuidado de las mascotas, capaz de facturar 2.000 millones de euros. Esa sería la cifra que gastan los españoles en alimentación, cuidados veterinarios, accesorios y juguetes de sus mascotas.

Nada tiene de raro, pues, que el Gobierno haya decidido elaborar una ley a favor del bienestar de los animales, por más que el cursillo de tenencia de perros y alguna otra de sus disposiciones desaten las cuchufletas de una parte de la población.

Sorprendentemente, los toros, que son un emblema español, quedan fuera de la protección de esta ley. Será que nadie quiere adoptar un astado como animal de compañía; o que las autoridades –aun declarándose progresistas– se resisten a que España deje de ser del todo diferente. Para su fortuna, los perros no lucen cuernos.

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