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La Nueva España

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Juan Gaitán

El colapso

El miedo al desabastecimiento

Una de los recuerdos más nítidos que tengo de los últimos días de mi padre, cuando ya el Alzheimer había ganado casi todo el terreno, es verlo en el supermercado, en el pasillo de las galletas, desconcertado. Le estuve observando un rato sin que él percibiera mi presencia. Luego me acerqué y le saqué de su ensimismamiento preguntándole qué le pasaba. “Fíjate, Juan –me dijo–. Cuando yo era un crío me hubiera peleado con cualquiera por conseguir una galleta, tanta era la necesidad que tenía. Y hoy mira, aquí están todas estas peleándose para que me las coma. En setenta años hemos pasado de la miseria a la opulencia”.

Me he acordado de mi padre hoy en el supermercado. Las estanterías tienen calvas, mellas, las brechas que causa el miedo. De haber visto esto hubiera pensado que su vida era capicúa, pero no vivió lo suficiente. Un anuncio mal redactado, peor interpretado y aún peor traducido del Gobierno chino pidiendo a sus ciudadanos que hagan acopio de alimentos ha disparado todas las alarmas. Y a eso se suma la alerta que el Gobierno de Austria ha hecho a sus ciudadanos sobre la posibilidad de que se produzca un apagón eléctrico en Europa en los próximos cinco años. Así que la gente, asustada, está yendo a las tiendas y acumulando en sus casas los productos más necesarios por si la cosa se confirma y el sistema colapsa.

Y me he acordado también de aquella vieja leyenda del rey de un lejano país que leyó en un antiguo libro que “en los más remotos tiempos el Terror visitó estas comarcas” y quiso saber qué criatura era “el Terror”, así que envió a un emisario a comprar ese ser a cualquier precio. Las órdenes del rey fueron escuchadas por un dios, que disfrazado de campesino ofreció al emisario una bestia con la forma de una cerda peluda, gigantesca, horrible. El emisario real preguntó cómo se llamaba aquel animal: “es el Terror –respondió el dios–, y se alimenta con un haz de agujas al día”. El consejero compró la bestia y la llevó al reino. Pero el apetito del monstruo crecía, nada lo saciaba. Pronto no hubo agujas suficientes para alimentarlo. El precio de una aguja llegó a ser tan alto como el de un diamante y del mismo modo todo se encareció hasta la locura. El pueblo, desesperado, se rebeló y hubo una guerra en la que murieron miles de personas. Al fin se decidió matar a la bestia y, tras encadenarla, le prendieron fuego. Pero el monstruo era invulnerable y en lugar de arder rompió sus cadenas y huyó provocando un enorme incendio. El propio rey murió en su palacio, abrasado, y el Terror destruyó todo el reino, convirtiéndolo en un desierto habitado solamente por alimañas, demonios y olvido.

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