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Jorge J. Fernández Sangrador

Un rayo de sol

La conversión de un abogado que estuvo en la cárcel y recuperó la fe perdida de niño

Es abogado y hubo un tiempo en el que gozaba de cierto prestigio en la ciudad de provincias en la que residía. Su madre era muy conocida en la parroquia a la que pertenecía la familia, porque visitaba a los enfermos y los acompañaba en las peregrinaciones que se realizaban a Lourdes. Pero falleció a causa de un cáncer cuando no había cumplido aún los sesenta. Su marido la había premuerto con cincuenta y pocos.

La desaparición sucesiva de sus padres lo condujo progresivamente a la pérdida de la fe, que había practicado tranquilamente desde la infancia, pues acudía regularmente a misa, rezaba y recibía los sacramentos, tal como le habían enseñado a hacer en casa y en el colegió religioso en el que estudió. Sin embargo, se enfadó con Dios y no quiso saber más ni de la Iglesia ni de la religión.

Con el abandono de la vida cristiana, llegó el decaimiento en lo moral y el relajo en las costumbres, y se entregó desmesuradamente a ganar dinero, a andar de juergas, a cambiar de coches y a no contenerse en el disfrute de todo lo que se le pusiese por delante. Aun así, se le agrió el carácter. Se deleitaba viendo llorar de angustia a los clientes que acudían al bufete.

Un día, cuando empezaba a amanecer, tres policías se presentaron en su domicilio con una orden de arresto. Pensó que se trataba de una broma, pero no lo era. Se lo acusaba de asociación para delinquir, elusión de obligaciones fiscales y asesoramiento de un consorcio de cooperativas para la evasión de millones de euros. Tenía que ser un malentendido; sin embargo, había unas llamadas telefónicas interceptadas y unos delatores que afirmaban que era culpable. Acabó en prisión.

Sus hermanos no quisieron volver a tener relación con él. Nadie iba a visitarlo a la cárcel, como a los otros reclusos, para llevarle comida, revistas, mudas o lo que fuese. Nada. Sus familiares fueron a partir de entonces los compañeros de celda, módulo o patio. Rodó por varios establecimientos penitenciarios. Hizo una huelga de hambre para que se reparase en su inocencia, pensó en quitarse la vida y pasaron por su mente toda suerte de barbaridades para poner fin a aquello. En su desesperación, llego al límite del aguante y del instinto de supervivencia.

En un domingo de invierno, un compañero le propuso asistir con él a la misa de la prisión. Tuvo que insistir, porque era lo último que a aquel abogado, depuesto, herido, hundido y resentido, se le habría ocurrido hacer en el océano de soledad por el que navegaba al pairo. Y fue. Gran aburrimiento. Nada de lo que allí se decía le concernía. Él, a lo suyo: dolor, ira, impotencia, ensoñaciones.

De repente, un rayo de sol entró por una ventana. Iluminó el banco en el que estaba sentado. Sintió calor en la espalda. Y, sin saber por qué, rompió a llorar y cayó de rodillas. Uno de los que estaban a su lado se acercó para preguntarle si se encontraba mal. Y en ese preciso instante tomó conciencia de que lo que sentía era una paz profunda.

Su vida no fue ya nunca más la misma. Volvió a misa. Todos los domingos. Los días se sucedían con la monotonía de siempre, pero «yo ya no tenía miedo», dice ahora. Y así hasta que salió de la cárcel. Tuvieron que transcurrir siete años para que fuese declarado inocente de los cargos que se le imputaban. Y confesó: «Sin la fe, no habría logrado superar esta prueba». Más aún, si el fiscal hubiese impugnado el veredicto y hubiese tenido que seguir encerrado, lo habría afrontado con serenidad, porque desde aquella tarde de domingo él se había convertido en otra persona.

Quedó en libertad. Pero sin dinero. Debió levantar desde el suelo todo lo que se le había venido abajo tras el ingreso en prisión. Con lo que sí contaba era con los comentarios difamatorios de sus colegas de profesión. Tiene algo ahora, sin embargo, de lo que carecía antes: compasión. Especialmente con los condenados a penas carcelarias, a los que, en razón de su oficio, les promete que irá a visitarlos, y va, pues sabe que, cuando se le dice eso a un presidiario, aguarda anhelante a que se cumpla la palabra dada.

Ha vuelto a la parroquia y colabora de distintos modos en ella. Quisiera peregrinar a los santuarios más famosos de Europa, pero las autoridades no se lo permiten. Por riesgo de fuga, le dicen. Confía, no obstante, en que se le presente pronto la ocasión de viajar hasta esos lugares de gracia para que así quede definitivamente clausurada una etapa de su vida en la que supo en carne propia qué es la injusticia, la cárcel y la redención.

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