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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Cómo enfrentarse a la memoria

Francia mira cara a cara a Napoleón mientras España se avergüenza de la Transición

El bicentenario del emperador llega a su fin. En el espectacular gran hall de La Villette de París está a punto de cerrarse una magna exposición sobre Napoleón. El público, de todas las edades, sigue abarrotando las salas la tarde noche de un domingo de noviembre frío y gris. No es un personaje fácil. Es de esos protagonistas de la historia con tantos admiradores como detractores. Fue un tirano, es verdad, pero también hay que reconocerle que lideró un imperio sometido al Estado de derecho. Que se lo pregunten a sus admiradores, los llamados afrancesados españoles –muchos más de lo que se cree-, que lo recibieron como una referencia de la modernidad en un país como el nuestro, aún anclado en el antiguo régimen.

Cómo enfrentarse a la memoria

A la hora de celebrar el bicentenario de su muerte, de confrontar una figura tan controvertida, se corría el riesgo de levantar ampollas. Incluso se planteó eludir el problema con una conmemoración de perfil bajo. Pero el presidente Macron, siempre osado, cogió el toro por los cuernos. Al pasado, dijo, hay que enfrentarse cara a cara. ¿Cómo? Con fundamento. Que la actitud de Napoleón resulta reprochable en muchos aspectos, pues contémoslo. Que restituyó la esclavitud abolida tras la Revolución, pues incorporemos al proyecto a la Fundación para la Memoria de la Esclavitud. Que Napoleón fue un personaje asquerosamente machista a los ojos de hoy –él mismo maltrató a sus mujeres y las violaciones de sus tropas fueron una constante–, pues incorporemos al proyecto a una asociación feminista.

¿Cómo pensar a Napoleón en el siglo XXI? Uno de los comisarios de la muestra responde con sencillez y con la contundencia que ofrecen los signos de exclamación: “¡Dando la palabra a investigadores de muchas disciplinas, juristas, sociólogos, politólogos, filósofos o escritores, franceses o extranjeros!”

Mientras tanto, en España, de forma artificial, el eterno debate sobre la memoria se ha centrado en los últimos días en la ley de amnistía de 1977. No nos ponemos de acuerdo, ni quiera sobre cuándo terminó la dictadura franquista: si con la muerte en la cama del dictador en 1975, si con la mayoritaria aprobación de la Constitución en 1978 o si en 1982, con la primera victoria electoral de los socialistas.

¿Ha habido un debate serio al respecto antes de anunciar la pretendida derogación de la Amnistía? No, en absoluto. Unos políticos de segunda fila de PSOE y Podemos han decidido en un despacho que así sea. Ni se ha consultado a historiadores, juristas o sociólogos. Simplemente, se alcanzó un pacto entre particulares, no con el fin de llegar a un consenso histórico al respecto, sino para preservar la precaria estabilidad del gobierno. En suma, una componenda política en la que la historia es una mera moneda de cambio.

Los que llegaron a la convicción de que el franquismo finalizó en 1982 y por tanto invalidaba la amnistía de cinco años atrás ni siquiera habían nacido entonces. No quedan supervivientes del imperio napoleónico, que puedan ofrecer testimonios de primera mano, pero sí muchos supervivientes de la Transición española que seguro que tienen algo que decir al respecto.

La comisión que elaboró aquella ley estaba compuesta, entre otros, por los comunistas Pilar Brabo y Marcelino Camacho, los nacionalistas Xabier Arzallus y Mitxel Unzueta, los socialistas Plácido Fernández Viagas y Pablo Castellano y el miembro del Grupo Mixto Donato Fuejo. Alianza Popular, por cierto, se negó a participar al grito de “así se llega a la Bastilla”. Cualquiera que tenga un poco de memoria o conozca algo del periodo sabe que aquellos políticos de franquistas tenían muy poco. No es de extrañar que, como bien recordaba Carlos Alsina, aquella amnistía fuera considerada por la izquierda como un gran triunfo. Los que vivimos aquel momento sabemos bien el sapo que se tuvo que tragar la derecha española. El hecho de que 1.232 integrantes de ETA se beneficiaron de la amnistía basta para hacerse una idea.

La ansiedad por rectificar el pasado sólo puede enmascarar la incapacidad para resolver el presente y para enfrentarse al futuro. Eso si no hay intenciones más oscuras, como ocurría en 1984 de Orwell, donde “diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día”.

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