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José Manuel Ponte

El camionero no puede más

La huelga de transportistas

Hace años, entre el frustrado golpe de estado de 23 de febrero de 1981 y 20 de octubre de 1982, arrollador triunfo electoral de Felipe González, tuve una relación profesional interesante con los transportistas autónomos agrupados en Fenadismer. Es decir, con los propietarios, y a la par conductores, de los camiones de mercancías. La inmensa mayoría solo tenía un vehículo y los menos no pasaban de dos. Pese a todo, representaban más del 80% de los camiones y el 90% de las toneladas transportadas, incluyendo el tren, el barco, el avión y el oleoducto.

Basta exhibir esos datos para darnos cuenta de que estamos ante una fuerza descomunal de la que depende el buen funcionamiento del comercio. Fuerza descomunal, pero también dispersa a la que resulta casi imposible coordinar. Las huelgas del sector suelen ser tan duras como anárquicas. Normalmente se producen en alguna zona industrial en la que, por la razón que sea, empieza a escasear la carga y se tiran los precios (al menos así era en la época de la que tengo memoria). Luego había que meter en vereda a los esquiroles y a los transportistas de otras zonas que no se solidarizaban con los huelguistas. Para entonces cuadrillas de camioneros ya habían empezado la campaña masiva de pinchazos y rotura de cristales, cuando no con enfrentamientos a golpes entre compañeros de oficio. Y, lo que es peor, dejando muy mala imagen ante la opinión pública.

Yo le sugerí a Alejandro Bárcena, presidente de Cesintra y de Fenadismer y líder de los transportistas autónomos, que cambiaran de estrategia. Y así fue. Hicieron un libro sobre la problemática del sector que prologó el presidente socialista del Principado, Rafael Fernández (empezaba así: “Esta vez no hemos hecho una huelga sino un libro. . .”). Después tuvieron la inteligencia de convocar en toda España un paro pacífico de siete días so pretexto de limpiar y revisar motores, ruedas, aceites, líquidos y toda una serie de pequeñas cosas que necesita un camión de ese tamaño. Amén de disfrutar de una semana con la familia. El paro se hizo en uno de esos frenéticos periodos prenavideños cuando el comercio empieza a mover el amplio muestrario de objetos para el consumo. El diario “El País” informó de la fabulosa cantidad de dinero que se perdería de consumarse el retraso. Dos días después el ministro de Transportes convocó a una reunión urgente.

El régimen franquista hizo una apuesta decidida por el transporte por carretera (en detrimento del cabotaje marítimo) en la medida que favorecía a la obra pública, a la fabricación de vehículos, al consumo de combustibles, a la hostelería y a los bancos y a las cajas llamadas a financiar a crédito la compra de los camiones Y para remate proporcionaba una ocupación atractiva a mano de obra sin cualificar. Sacar el carné de conducir es más asequible que una licenciatura.

Todo eso ya es historia. Ahora, lo que preocupa es la falta de camioneros. Nadie quiere soportar jornadas agotadoras, malcomer, dormir en el camión, o competir a la baja con camioneros esclavizados venidos del Este. Si queremos un “desarrollo sostenible”, que dicen los cursis, hay que tratar mejor al camionero. “Señor conductor” como les llaman en la copla.

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