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Javier Ciervo

Un millón

Javier Cuervo

Desheredados y herederos

Más de 281 millones de personas emigraron el año pasado, según Naciones Unidas. No encontraron buenos motivos para seguir viviendo en el país donde habían nacido –por guerra, por pobreza, por persecución– y se fueron, muchas a riesgo de morir en el tránsito y con poca certeza de mejorar en la realidad del destino, a la que se ha popularizado llamar “sueño”. Soy partidario de la movilidad, pero creo que la emigración no habla bien del país que expele nativos. España, sin ir más lejos.

Los liberales teóricos dicen que los que marchan en busca de otra suerte son los mejores de cada país porque son personas emprendedoras. Emprendedoras de viaje, desde luego. Luego, algunos que se dicen liberales –y se dicen practicantes desde los partidos– los rechazan en el país de destino. La diferencia entre la teoría y la práctica es la hipocresía, presente en todas las religiones, la liberal incluida.

Como los liberales valoran mucho la lucha por la vida –tanto como la temen los fascistas que se disfrazan de ultraliberales– en las fronteras despliegan policías mejor alimentados y armados, levantan muros que se escalan con riesgo de partirse la crisma o rizan concertinas con cuchillas de cortarse las venas para evitar que pasen. Es el último examen en la búsqueda de la excelencia que dicen perseguir. Así son las sociedades de mérito con los desheredados, que son lo contrario que los herederos que dominan las sociedades del mérito.

Hay que decir que los herederos y los desheredados también lo son del mundo y cada vez están más deslocalizados de los países de origen: tienen la fortuna en paraísos fiscales, los estudios en campus internacionales, la residencia en capitales cosmopolitas y los negocios, como amantes del riesgo, por los países donde la seguridad jurídica es la primera de las seguridades o donde hay sistemas corruptos que una vez sobornados son subordinados.

Los desheredados y los herederos del mundo pueden coincidir en vuelo, pero rara vez en el avión. La aviación privada crece como su antónimo, la patera o el cayuco.

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