Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José Luis Salinas

Kit para cenas navideñas

Sobre cómo abordar conversaciones difíciles o tabúes

Los tabúes son una especie de muro que, ladrillo a ladrillo (silencio a silencio, o gesto a gesto), van tomando altura. Las familias son un buen lugar para cobijar y abrigar (ahora que llega el invierno) temas de los que, o está prohibido, o de los que se da por sentado, generación tras generación (ladrillo a ladrillo), que no son una fuente de conversación. Una dirección prohibida. Las cenas de Navidad, que están a la vuelta de la esquina en el calendario, son un terreno abonado para que estos tabúes florezcan. Y que el muro continúe creciendo. Pero hay veces que es conveniente tirarlo abajo. No siempre.

La escena puede ser la siguiente. La abuela está empinando un poco más de la cuenta el codo durante la cena de Nochebuena. No es la primera vez. De hecho, es algo que viene de atrás. De muy atrás. No es un caso esporádico. En cada cena ocurre lo mismo, pero nadie le comenta nada. Como mucho, hay algún chascarrillo soterrado y algún codazo por debajo de la mesa cuando alguien intenta decir algo. El problema se entierra, el muro crece. Es un tabú “light”, los hay mucho más fuertes. Relacionados, por norma general, con el sexo o el dinero.

Lev Vygotsky, uno de los más prestigiosos psicólogos evolucionistas (con permiso de Jean Piaget), formuló hace muchas décadas la que bautizó como “ley de la doble formación” que dice algo así como que los procesos psicológicos tienen un origen social. Primero aparecen en un ambiente familiar, entre amigos… Para luego ser asimilados por el individuo en cuestión. De forma interna. Y no hay nada más social que una familia. Y nada más fácil de integrar que un tabú, un muro invisible que va creciendo generación tras generación. Hay veces en las que el silencio, si no es incómodo, está bien. No pasa nada por no tener nada que decir, o no querer hablar de este u otro tema. El problema está cuando el tabú se enquista y las relaciones acaban por deteriorarse, como un veneno que tarda mucho en hacer efecto. El muro crece, dosis a dosis.

Hay muros pequeñitos. Una discusión sobre política en la cena familiar de Navidad o de la empresa es algo asumible, saltable. Aunque depende de lo acalorada que sea la riña. Solo hay que saber mantener la calma, buscar puntos en común y no de desacuerdo, cambiar el foco de la conversación cuando esta incomode, o tirar de humor para desdramatizar situaciones que produzcan malestar. Poner distancia es siempre lo más eficaz.

También hay muros grandes. Enormes tabúes. El psiquiatra escocés Robert Laing y su compañero Aaron Esterson analizaron durante años el comportamiento de familias que tenían que convivir con esquizofrénicos. Lo impactante de su relato de estos casos clínicos no era el comportamiento de estos pacientes –muchos de ellos se pasaban largas temporadas ingresados en centros de rehabilitación–, lo relevante era la forma en la que las familias intentaban tapar esa conducta fuera de lo normal, ocultándola, enterrándola como si se tratara de un secreto familiar que no debiera traspasar las paredes del hogar. A más rara la conducta, más alto era el muro con el que se intentaba esconder. Salirse de las vías por las que transita la vida no suele estar bien visto.

Los de estas familias son, evidentemente, casos extremos, pero sirven para hacer analogías con casos próximos y cercanos. Paradójicamente, los extremos suelen acabar tocándose, como si todo fuera circular. Derribar esos muros es más complicado. Mucho más complejo, pero no imposible. Lo más difícil suele dar el primer paso, como todo en la vida. Antes de iniciar el movimiento, como si de una partida de ajedrez se tratara, es importante evaluar todos los pros y contras. Hay quien recomienda hacer una lista. No hace falta llegar tan lejos.

Las comidas de Navidad son, por lo tanto, un lugar propicio para superar barreras pequeñitas. Porque se supone que los comensales suelen ir con una cierta predisposición, más alegres, más abiertos... Acorde con ciertas corrientes moralistas. Pero los muros más altos llevan más trabajo. No suele bastar una simple conversación en una cena que, al final, puede llegar a malinterpretarse. Las claves para que el salto sea limpio es conseguir dramatizar la situación, quitarle importancia. Porque, al final, la vida solo tiene la importancia que uno le quiera dar. Relativizando es más fácil saltar el muro.

Compartir el artículo

stats