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Pilar Garcés

Videollamada entrante

Del teléfono en la oreja a las conversaciones con imagen del prójimo

Lo peor ya no es que te llame un teleoperador con voz de telenovela cuando te has quedado dormida en la siesta con la telenovela de fondo. Lo peor tampoco son cuatro mensajes de audio seguidos de más de cinco minutos de duración de alguien que quiere algo de ti, pero no lo desvelará hasta el final del último de ellos. Ni que te unan a chats que no te importan, ni que ya nunca te llamen quienes te importan, ni que no entiendas la mitad de los mensajes trufados de errores del teclado predictivo. El último infierno al teléfono consiste en soportar las videollamadas ajenas. Qué añoranza de aquellos tiempos en que alguien se te sentaba al lado móvil en ristre y te obligaba a escuchar su estúpida conversación. En semejante situación martirizante tenías el consuelo de no tener ni idea de quien estaba al otro lado. Un único ser maleducado que habla a gritos en un autobús, metiendo un taco cada dos palabras es más que suficiente. En el mejor de los casos, una ristra de monosílabos. O una charla bonita que te da pie a imaginar historias con el misterio de un interlocutor desconocido. No es el caso de la comunicación a gritos de la señora embutida en el chándal que se te coloca detrás mientras caminas hacia el trabajo, pantalla en ristre para hablar con alguien que se le parece tanto que debe de ser su hermana.

«Que hace un día precioso y estoy paseando al lado del mar», chilla mientras menea el teléfono, que se entrecorta, sin quitarle la vista a la pantalla ni para mirar al mar, ni a quienes tienen la desgracia de circular por la acera en sentido contrario y han de maniobrar para no ser arrollados. «¿Qué dices? ¿Qué dices? ¡Que no se te entiende!» «Que dónde estás», le responde la otra. «¡Que no te oigo bien, este teléfono no tiene buena cobertura!», contraataca braceando y apretando el paso, tal vez porque te ha visto dar cuatro zancadas largas para intentar apartarte de ella, roja de fastidio detrás de la mascarilla. «¡Yo no te veo! ¡Ponte la cámara delante de la cara!», le responde la hermana, de quien ahora solo se atisba la barbilla en plano contrapicado y las solapas de una bata Pirineo. «¡Que yo tampoco te veo a ti, pero que estoy paseando al lado del mar! ¿Qué has dicho? Este teléfono ayer tenía cobertura y ya no tiene», insiste la mujer que ahora invade el carril bici intentando mejorar su conexión con el satélite. «¡Que te pregunto qué tal tiempo hace por ahí, que por aquí fresco pero bueno», se oye. «¡Claro, es que aquí es más húmedo por el mar!»

Las hermanas de la videollamada que está sirviendo para que una pierda el tiempo y la otra no mire al mar viven en la misma ciudad, a veinte minutos de distancia y seguramente no necesitarían tecnología para escuchar los alaridos que dan. La idea de hacerse una llamada convencional ni se les pasa por la imaginación. «¡Qué si has dicho algo, que se ha quedado la pantalla como bloqueada y tú con la cara toda torcida!», pregunta una. La otra mira a su alrededor buscando algo de complicidad para quejarse de la mala cobertura, aprovechando que un semáforo rojo me ha cortado la huida y zarandea el aparato. «¡Claro, es que me estoy moviendo, debe ser por eso que no me ves! ¡Te estoy llamando mientras camino al lado del mar! ¿Me oyes? ¿Y ahora?», clama situando el teléfono por encima de su cabeza. «Que nada, que no hay manera. ¡Que hace un tiempo precioso, oye!».

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