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Vicente Montes

Análisis

Vicente Montes

Los gobiernos se disponen a tomar “todos a una” las decisiones que trataban de evitar

El crecimiento de contagios, el descenso de efectividad de las vacunas y la rápida expansión de ómicron llevan a otras Navidades limitadas

Luces de Navidad en Oviedo.

La evolución de la pandemia de covid se ha acelerado de forma imprevista, con unos ritmos de contagio sin precedentes y echando al traste la posibilidad de que las fiestas navideñas se celebren sin restricciones y sean las que todos esperábamos, por muchas cautelas personales que se adoptasen en el ámbito familiar. Resulta significativa la evolución que se ha ido produciendo a lo largo de la pandemia en la toma de decisiones a la hora de imponer medidas restrictivas y con impacto económico: en un primer momento, el gobierno central tomó las riendas y fue tajante sin dar muchas opciones al debate; después fue dejando la gestión en manos de las comunidades que comprobaron el coste que tiene aplicar medidas, y ahora estas se enfrentan al dilema de si amargar el turrón a los ciudadanos. En las últimas semanas, los gobiernos han tratado de retrasar lo que ahora ya parece inevitable y apelaban a los mensajes de responsabilidad individual, pero los epidemiólogos creen que no deben demorarse más las decisiones.

Dos son los indicios preocupantes: primero, el crecimiento de casos pese a la alta tasa de vacunación (porque el poder de inmunización desciende con el tiempo) y, segundo, por el modo en que la variante ómicron gana terreno, con más capacidad de contagio y ante la que las actuales vacunas son menos efectivas. Es cierto que hay sospechas de que ómicron hace que el covid se manifieste con menos gravedad y que las vacunas ya inoculadas atenúan riesgos, pero es una cuestión estadística: si hay una explosión de casos, aunque sea menor el porcentaje de enfermos graves, las cifras absolutas de ingresos pueden colapsar el sistema sanitario. La experiencia en esta pandemia dice que hay que anticiparse a la foto que habría dentro de quince días de no haber actuado. Con las celebraciones navideñas (en especial los encuentros fuera del ámbito familiar y las fiestas de fin de año) el pronóstico para enero sería más que preocupante. Echen un vistazo al informe del Centro Europeo de Control y Prevención de Enfermedades, o vean lo que sucede en otros territorios europeos (Países Bajos acaba de decretar un confinamiento estricto hasta el 14 de enero y ha suspendido la actividad no esencial) si tienen alguna duda.

En Asturias, los socialistas digieren el mal trago del frustrado congreso regional, llamado a marcar un nuevo tiempo en el partido para la postpandemia y a convertirse en una aclamación a Barbón, en la línea del congreso federal (aunque sin escenas de reconciliación impactantes). Internamente se va pasando del desconcierto, al “ya te lo dije” y ya finalmente al “fue la mejor decisión” reconfortante. Hay que reconocer dos cosas: el operativo de control para la celebración del acto era eficaz, pero la aparición de positivos, entre ellos el del propio Adrián Barbón, era un argumento inapelable. Ya a las dos de la tarde, la secretaria de organización, Gimena Llamedo, sabía que el congreso era insalvable: el posterior traslado al HUCA del también Presidente del Principado, contribuyó a elevar la desazón que pudo verse en la rueda de prensa en la que se anunció la cancelación.

¿Debieron haberse anticipado los socialistas? Es cierto que el punto de inflexión de la situación sanitaria se ha producido esta misma semana. Ayer mismo el Partido de los Socialistas de Cataluña celebró su congreso sin ninguna incidencia, pero hay que reseñar que allí no había test masivo de antígenos. Sea como sea, la cancelación del congreso de la FSA marca inevitablemente un cambio de compás en la música de esta ola en Asturias.

Queda claro, dado que los partidos no han sabido acordar en todo este tiempo una ley para situaciones sanitarias excepcionales, que las herramientas básicas para frenar contagios serán las restricciones en hostelería y actos sociales y deportivos. ¿Cuánto? Dependerá de cómo aumenten los ingresos y enfermos graves. Pero el impacto económico es inevitable: solo el confinamiento de los positivos y sus contactos estrechos (medida que será probablemente obligatoria en toda circunstancia y no solo en contagios de ómicron) podría suponer dejar en casa a 3.000 asturianos cada día. Y no todos podrán teletrabajar o tendrán negocios que atender. No serán semanas fáciles.

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