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Lioba Simon Schuhmacher

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Lioba Simon Schuhmacher

Profesora de la Universidad de Oviedo

Los estudiantes universitarios y el 5,82%

La baja participación en las recientes elecciones al Claustro

La actividad estudiantil en las redes contrasta con su participación en los órganos representativos y las encuestas donde pueden y deben expresarse democráticamente.

En pleno confinamiento, a principios de la pandemia, en abril de 2020, los medios se hicieron eco de una tormenta desatada por algunos estudiantes a través de las redes (Twitter: “UniOvinosAbandona”). Entonces publiqué unas reflexiones entre las cuales mencionaba que aquella ola era, probablemente, minoritaria. Continuaba diciendo: “Porque cuando tienen la oportunidad de hacerse representar en los órganos universitarios según las reglas democráticas, no llega al 10% el número de estudiantes que acude a las urnas a votar.” Incluí cifras de las elecciones al Claustro de 2018, en las que tan solo el 9,53% emitió su voto en las urnas.

Las recientes elecciones (el 3 de diciembre) al Claustro, el mayor órgano de representación de la Universidad, arrojan una luz aún más mortecina sobre la implicación estudiantil. De 6.498 estudiantes matriculados de Grado y Máster (1º y 2º ciclo), solo han votado 378, es decir, nada más que un 5,82%. En el caso de los estudiantes de doctorado resulta aún más asombroso: solo han participado 11 (sí: once individuos) de 1.272, es decir un 0,86%. Y una se pregunta, ¿dónde está el noventa y tanto por ciento?

También ponderé entonces: “En torno al 10% es, por otra parte, la contribución como matrícula de (las familias de) los estudiantes para cubrir el coste real de la plaza que ocupan. Es decir, el conjunto de la sociedad sufraga en torno al 90% del coste de las plazas que ocupan. De ahí se deduce, en buena lógica, que el estudiantado se debe a la sociedad en la que vive y a la institución en la que estudia.”

A tenor de algunas bravuconadas que se sucedieron en las redes desde el ámbito estudiantil, parapetadas en el anonimato, comprendí y agradecí los mensajes de colegas desde diversas Facultades y Escuelas que me felicitaron por mi “valentía”. Hasta entonces no concebía como acto de valentía el hacer uso de la libertad de expresión mediante una opinión basada en argumentos, con un toque de ironía, sin entrar en cuestiones personales. Nací en un país donde hubo un régimen totalitario entre 1933 y 1945 (votado por un treinta-y-algo por ciento, que enseguida implantó el terror). Quien emitía una crítica o contaba un chiste podía acabar su vida en un campo de concentración. Mucha gente de hoy y de fuera no entiende lo que fue ese régimen de terror, u otros similares en otros lugares y épocas. Lo que yo no entiendo es cómo en un sistema democrático en el cual tu integridad está a salvo (físicamente hablando) tenga que costar expresarse. Porque el terror (metafísicamente hablando) ahora proviene del anonimato de las redes. Tan solo una alumna se dirigió a mi “dando la cara”, eso sí: de manera displicente, pero lo valoré como un gesto positivo y le respondí amablemente. Y al final del semestre hubo estudiantes envalentonados, que no valientes, que aprovecharon el anonimato de la EGE, la Encuesta General de Enseñanza, para propinarme algún “cero” aderezado con comentarios que poco o nada tenían que ver con las asignaturas y los contenidos y la forma en que se las había impartido. Ciertamente, fueron solo unos pocos entre el ya muy exiguo porcentaje que respondió a la encuesta.

Las votaciones al Claustro universitario han pasado. Pero sigue abierta la Encuesta General de Enseñanza de toda la Universidad. Ahora, y siempre hacia el final de todos los semestres, sirven para evaluar todas las asignaturas y titulaciones en su contexto, más allá de poner un simplón “me gusta” / “no me gusta” al profesorado. Estimadas y estimados estudiantes: esta es una oportunidad para contribuir a la mejora de la Universidad de la que formáis parte.

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