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Juan Soto Ivars

Telepaís de camareros

Del mesón a la gastroteca

No hacía falta que se suicidara Forqué para abrir ese melón: Masterchef y demás programas de cocina-espectáculo son el diablo. El efecto de esta clase de tele llevo tiempo viéndolo en los locales más anodinos. Es como la inundación de anglicismos que ha ido devorando las ricas jergas e imaginativos neologismos del español, lo que Pasolini llamaba la estandarización. Antes tenías mesones y bares-restaurante y ahora gastrotecas. La diferencia es que son sitios calcados unos de otros, redecorados a la moda hortera y lowcost del programa de Chicote, con barriles de cerveza muy grandes y placas de madera de color lila (o algo peor) en las paredes. Los camareros, obsequiosos hasta el pudor, están programados por el tono de la tele y te presentan cada plato como si en lugar de a comértelo hubieras ido allí a concertar matrimonio.

Esto es nuevo, una transformación radical de la especie. Antes de la vomitona de programas de estos, que deben gustar mucho a los pequeños y medianos empresarios o, peor, a los clientes, cada camarero tenía su propia personalidad: los había simpáticos y bordes, alegres y apagados, rápidos y lentos, listos y bobos como pasaba con los taxistas antes de que desembarcaran los explotados y robóticos conductores de Cabify. Pero a medida que esta cortesía ridícula de la televisión se ha ido poniendo de moda, el viejo camarero hispánico, variado e imprevisible, ha sido sustituido por la especie invasora: el autómata de Masterchef, dispuesto a emplatar lo que sea.

Mi amigo C. es uno de ellos. Antes vestía normal y le gustaba su trabajo. Ahora lleva un chalequito rosa la mar de ridículo, camisa negra, y el jefe le dice cómo tiene que peinarse y le prohíbe bromear con el cliente. C. dice que su jefe ya sólo se refiere a la gente que viene al establecimiento como el cliente, como si en vez de personas se hubieran convertido en una entelequia sin cuerpo ni personalidad, que es básicamente lo que ha pasado con C. desde que le obligan a hablar como la megafonía de un avión. Le pagan lo mismo que antes.

Si Bangladés es nuestro taller de costura, China nuestro vendedor de teléfonos y Corea nuestro fabricante de frigoríficos, claramente nosotros somos los camareros para las élites de todos esos países que la globalización ha convertido en gremios. Algo es algo. Y es normal que la televisión pública participe, porque hay que educarnos antes de que sea demasiado tarde.

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