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Oscar Buznego

Año electoral

Un año abierto y de difícil pronóstico políticamente

El presidente del Gobierno afirmó ante los periodistas reunidos en Moncloa que estamos viviendo un tiempo trascendente, en el que no hay tiempo que perder para hacer reformas. De ahí el fuerte impulso que el ejecutivo ha decidido dar a un gran proceso de modernización del país. La realidad es más prosaica. Las circunstancias mandan y el gobierno intenta superar cada nueva situación como buenamente puede, sin que sea capaz de seguir una línea de actuación clara. La reforma laboral es la última carambola que ha resultado del juego que se practica en la política española. Pedro Sánchez sostiene que el ejecutivo cumple con sus compromisos, pero no especifica cuáles son estos, si la promesa electoral, el pacto de la coalición, los acuerdos firmados con los socios parlamentarios, pues lo cierto es que no ha adquirido ninguno en firme. En el caso de la reforma laboral, el consenso alcanzado se califica de histórico, pero los agentes sociales no han hecho defensa pública del hito, evitando la fotografía de una rúbrica conjunta, y se espera un trámite complicado del decreto ley en el Congreso antes de su convalidación definitiva.

Lo cierto, en fin, es que el consenso viene impuesto de algún modo por la Unión Europea y que el sentido común al que ha apelado el Presidente se sustancia en la alineación de los actores encargados de asumir una mayor responsabilidad en la escena nacional con los criterios de Bruselas a cambio de los fondos que vamos a recibir.

La táctica de Pedro Sánchez para sacar adelante a su gobierno en una legislatura tan difícil consiste en una basculación constante entre sus interlocutores. Por un lado, satisface todas las demandas que tienen cabida en la Constitución planteadas por los grupos parlamentarios cuyos votos son imprescindibles para aprobar las leyes, y esto le da libertad por otro lado para dedicar un discurso conciliador a sectores más amplios del electorado. Una vez aprobados los Presupuestos, su poder de decisión sobre la fecha de las elecciones generales es mucho mayor y entonces, tratando de proyectar una imagen moderada, la mesa de diálogo sobre la cuestión catalana, en punto muerto, deja de ser una prioridad. Ante estos movimientos pendulares sus aliados se vuelven más recelosos y la desconfianza aflora en la coalición parlamentaria. El PNV oculta sus cartas y el dicharachero portavoz de ERC advierte que el gobierno no puede sostenerse indefinidamente en el mero propósito de cerrar el paso al PP.

El gobierno, a pesar de todo, no tiene asegurado que este año vaya a ser plácido para él. Es año de elecciones y las citas electorales ponen muy nerviosos a los partidos y disparan la tensión entre ellos. El pacto de conveniencia del PSOE con la izquierda y los nacionalistas será puesto a prueba. Las elecciones autonómicas siempre tienen consecuencias en la política nacional. Pero en ocasiones es difícil hacer previsiones fiables por la incertidumbre del resultado. En la arena electoral de Castilla y León van a medir sus fuerzas de nuevo los dos grandes rivales de la política española. Del balance que se extraiga del escrutinio depende la fecha de la convocatoria en Andalucía, quizá la de las generales, y quién sabe cuánto influirá en el resultado de ambas.

Desde las autonómicas celebradas en Madrid el PP ha tomado ventaja en las encuestas. Y entre los votantes de Castilla y León cuenta con un voto fijo elevado. Pero el PSOE llega a estas elecciones tras haberse anotado el gobierno de Pedro Sánchez los tantos de la vacunación, el presupuesto, la reforma laboral, y con el PP paralizado por la adversidad. El pulso de la dirección nacional con Ayuso ha cobrado una dimensión inesperada y no parece que vaya a terminar ni después del congreso de los populares madrileños, FAES y la CEOE se han desmarcado de la posición ante la reforma laboral del partido, en cuyo seno se aprecia falta de cohesión y la existencia de importantes discrepancias. El liderazgo de Pablo Casado da síntomas de debilidad, no emite un mensaje claro y en el momento decisivo de la batalla electoral es Vox, según las encuestas, el partido que puede capitalizar el descontento de los electores con la evolución de la economía y las alianzas de Pedro Sánchez.

Este es un año de difícil pronóstico. Pase lo que pase en Castilla y León y Andalucía, y después, la cuestión será, sencillamente, sin aspirar a la trascendencia, la misma: cuándo tendrá estabilidad la política española pondrá las cosas en orden y dará sus frutos.

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