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Vidal Gago Pérez

Elogio de la brevedad y de la elocuencia

Los discursos de Navidad, entre los chascarrillos y los clásicos universales

“¡Una palabra es suficiente! ¿Qué estoy diciendo, una palabra? ¡Un gesto, sólo uno!”

Elogio de la brevedad y de la elocuencia

“Cyrano de Bergerac” (Edmond Rostand)

Nuestros mandatarios suelen hacer un discurso televisado a final de año en el que repasan los principales acontecimientos de los últimos doce meses y expresan sus buenos deseos para los venideros. En España estamos acostumbrados al cuarto de hora que ocupa el Rey en nuestras nochebuenas y, de un tiempo a esta parte, a los mensajes de los presidentes autonómicos a través de sus correspondientes emisoras. Quizá para compensar su general autocomplacencia lo despachan con brevedad. Ninguno en todo caso como el del primer ministro canadiense que cerró 2021 dedicando a sus compatriotas sólo ciento cinco segundos. Cierto es que Justin Trudeau bien pudo inspirarse en la longitud de la falda de su madre, Margaret, cuya visita a la Casa Blanca como primera dama de aquel país fue desaprobada por la prensa estadounidense al no llegar a cubrir sus rodillas. Más recogida aún la llevaba en el club Studio 54 cuando el fotógrafo Richard Manning la inmortalizó “going commando” mientras su matrimonio con Pierre Trudeau ya hacía aguas.

En su primera aparición navideña ante los franceses el presidente Macron leyó un tanto premiosamente en el teleprónter un discurso de dieciocho minutos. Nada más emitirse, alguno de sus asesores le indicó que aquello había quedado largo especialmente para los televidentes jóvenes, de modo que resolvió levantarse del asiento desde el que acababa de hablar y ya en pie dirigir una alocución a la juventud francesa que apenas duró dos. Cabe preguntarse si consideró que las gentes de mayor edad habían sido capaces de mantener más tiempo la atención. Cierto es que en ésta nuestra época del Twitter a muchas personas se les atragantó el paso de los ciento cuarenta a los doscientos ochenta caracteres y ahora cualquier mensaje les resulta más largo no ya que los treinta y tantos volúmenes de la Enciclopedia Británica sino incluso que los ciento dieciséis de la Espasa-Calpe.

Resulta sorprendente esta tendencia a la concisión de tan insignes políticos francófonos que sin duda han disfrutado de la lectura de Cyrano de Bergerac y por tanto conocen que lo que sedujo a Roxane no fue la belleza de Christian – “…porque yo soy uno de ésos, lo sé ¡y tiemblo! que no saben hablar de amor…” – sino los prolongados requiebros del narigudo espadachín. Claro está que de entre las costumbres amatorias de los últimos presidentes de la república vecina quizá la más celebrada era la fugacidad con la que se desenvolvía Jacques Chirac en sus visitas a sus maîtresses y que le acarrearon el jocoso sobrenombre de “Monsieur cincq minutes douche comprise”.

Ya que por narices, o más bien por apretura de espacio en esta página, no queda más remedio que ir abreviando, recordaremos que Quevedo hizo una burla exitosa de las de Góngora. El conceptismo y la brevedad siempre han tenido un extraordinario rendimiento. Si no que se lo pregunten a Don Máximo Huerta, condecorado con la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, ahí es nada, por su ejercicio de una sola semana al frente de un ministerio. Será por tratarse del de Cultura y Deporte, campos que abarcan la poesía y la esgrima que bien dominaba el bueno de Cyrano.

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