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La Nueva España

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Antonio Arias Rodríguez

El cuidatoriado

La asistencia a los ancianos

Pablo García

Erika (llamémosla así) vino a España hace 20 años desde una antigua república exsoviética. Salió de su casa con los 100 euros que había ahorrado su familia (allí era el sueldo de un mes) para reunirse en Madrid con su hermano emigrante clandestino. Una labor arriesgada que exigía coraje. No hablaba ni una palabra de castellano, sólo tenía la dirección donde llegar y un teléfono. El costoso transporte se realiza en una furgoneta con dos conductores que atravesaba veloz Europa con otros cuatro compatriotas, casi sin parar.

El primer problema sucedió a la llegada a España. Fue a Barcelona y no a Madrid. El miedo es de valientes, pero requiere algo de suerte. Para acercarse a tomar un tren, entre muecas enseñó el papel al taxista y, al pagar, abrió la palma con su dinero y aquel tomó sus tres monedas de la carrera hasta la estación. Al llegar allí, enseñó otra vez su papel al vendedor de los billetes que tras ver la dirección le asignó uno a la capital de España y cogió las restantes monedas de su mano.

Sentada en el tren, sin dinero, le enseñó otra vez el papel a una chica que hablaba desenfada por su móvil, que le permitió usarlo. Así, pudo reunirse con su familia, regularizar su situación administrativa y trabajar como cuidadora de ancianos en Asturias. Forma parte de esos miles de inmigrantes que ayudan a las personas mayores y lo hacen con ternura y desvelo. Así llegaron tantos desde los países del Este, de África y, sobre todo, de América latina.

Se trata de medio de millón de personas (una estimación) que hacen una dura tarea: el cuidado, durante seis noches a la semana y cinco días de trabajo domiciliario, la compra, la comida, limpiar la casa, lavar la ropa y atender o charlar con su empleador, que quizás tenga demencia u otra invalidez. Muchas de ellas forman parte de eso que suele llamarse “el mercado informal”.

La gran mayoría de los actuales nueve millones de pensionistas van a necesitar algún tipo de auxilio en el tramo final de su vida. Somos uno de los países del mundo con menor natalidad y con mayor esperanza de vida. Una bomba de relojería, así que cada día que pasa tenemos mucha más demanda que oferta de cuidados. Nunca mejor dicho que moriremos de éxito.

Encontrar una buena cuidadora se ha convertido en toda una labor de investigación. Como hacen los abogados estadounidenses, las oportunidades surgen en los funerales, sobre todo de familiares. Una amiga bromeaba con su prima: “nos vamos a vivir juntas y costeamos a medias tu ecuatoriano que, dentro de unos años, nos dará vuelta en la cama”. Realismo y humor negro.

Al mundo rural no llegan los cuidadores y muchos mayores se asisten unos a otros. A sus noventa años, Leticia y Manolita viven juntas en el occidente asturiano y disfrutan diariamente de LA NUEVA ESPAÑA que les lleva el panadero en su furgoneta (otro servicio imprescindible) y se reirán a sus noventa años al leerse hoy junto a la huerta o el gallinero.

Oficialmente, existe ayuda a la dependencia para un millón y medio de ancianos. Cubre sólo una pequeña parte –en torno a 200 euros al mes– del coste total que debe afrontarse desde el entorno familiar o vendiendo el piso en que vivieron. Hay en la actualidad 423.265 personas a la espera de obtener la ayuda. La demora media es de 430 días. Parece claro que se levantaron demasiadas expectativas en este tema. Aún así, la inversión pública en el sistema de atención a la dependencia, entre todas las Administraciones españolas implicadas, ascendió a 8.907 millones en 2020, casi todo a cargo de las comunidades autónomas.

En este escenario, han proliferado multitud de residencias de mayores (sólo un puñado públicas) y son un sector que crea mucho empleo. La alternativa para muchos está en la teleasistencia a domicilio y esa “medallita” de la Cruz Roja que, por 27 euros al mes, cuelgan muchos ancianos para, entre otros servicios, avisar de una emergencia.

La tecnología ha llegado también a estas tareas, aportando hasta robots de compañía. No solo combaten la soledad, charlando o conectando una videoconferencia con los parientes o el médico; también facilitan la movilidad y controlan los indicadores de salud o avisan de las incidencias. Hay todo un sector de opinión, que influyó en los primeros borradores del Pacto de Toledo, para que las máquinas sustitutas de tareas laborales coticen a la seguridad social. ¿Llegará a nuestros cuidadores ese relevo que antes venció a otras profesiones? ¿Desaparecerán como lo hicieron las telefonistas o los mecanógrafos?

La socióloga María Ángeles Durán, doctora Honoris Causa por las Universidades de Granada y Valencia –y una feliz octogenaria– ha acuñado un nuevo término: el “cuidatoriado”. Así denomina, en su colosal obra “La riqueza invisible del cuidado” (2018), a este nuevo y precario sector laboral, que recuerda al antiguo proletariado. Invisibles, una gran parte no sale en las estadísticas económicas oficiales. Pero están ahí. Usted puede verlas acompañando tiernamente a un anciano mientras toma el sol en el parque o cuando visita el ambulatorio.

El 60% de los europeos opina que hay demasiada emigración. Qué haríamos sin ellos, sobre todo en este sector tan exigente. Porque no conozco ningún compatriota de origen que tenga como profesión la ayuda domiciliaria. No digo que no lo haya, pero yo no lo conozco. Un sueldo mensual de 965 euros más otros 312 de seguridad social que es superior a la actual pensión media. Así que, si usted no tiene ahorros para esa etapa, prepárese. Quien les iba a decir a nuestros padres que en el tramo final de su vida se convertirían en empresarios. Porque no son otra cosa que patrones.

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