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Francisco Sosa Wagner

¿Arrima usted el hombro?

La aportación de España a la teoría política

Hay quien sostiene que España no ha aportado grandes ideas a la teoría política, frente a otros países que han descubierto la democracia (la Atenas clásica), la división de poderes (Inglaterra), las libertades públicas (Francia) y por ahí un largo etcétera de hallazgos y verbigracias.

Desde estas “Soserías” procede –una vez más– reivindicar nuestros inventos. Entre ellos se encuentra la fecunda idea de “arrimar el hombro”. Desde el poder se pide a la oposición que coja su hombro, que lo tiene un poco desgalichado y desatendido, y le proporcione una ocupación digna, es decir, que lo “arrime”, que lo acerque o ponga junto a otra cosa, que en este caso es el interés de quien ostenta el mando. Da igual que quien pide “arrimar el hombro” sea la misma persona que hizo tan famoso el “no es no” que hoy se ha convertido en una locución que se escribe seguido: “noesno”. ¿Estamos ante una contradicción propia de un botarate que hoy dice lo contrario de lo que sostuvo ayer? En absoluto, hay que entender que solo los idiotas perseveran en sus ideas y que, si los tiempos cambian y con ellos sus exigencias, lo procedente es recordar al hombro y su función de ser arrimado.

Porque vamos a ver: ¿para qué vale el hombro? Pues para poco más que para sostener la chaqueta o una blusa. Lo demás, ya lo sabemos: el hombro es causante de torceduras, tendinitis, dislocaciones, bursitis, fracturas de diversa envergadura y otras adversidades concomitantes. ¡Dios, la de lesiones que están ligadas a la clavícula, la escápula, a ligamentos cabrones, a tendones malhumorados…! Convengamos en que todo este arsenal de desgracias son buenas para los traumatólogos y los fisioterapeutas pero horribles para quienes no vivimos de ellas sino que las padecemos.

De otro lado, el hombro ha servido para levantar el brazo y hacer el saludo fascista o cerrar el puño obreril y comunista. Ambos gestos, si bien han sido peanas para alcanzar cargos fructuosos, también han traído las peores desventuras a los humanos pues prójimo ha habido que, por equivocarse al hacer uno u otro, ha acabado en una checa o en un campo de concentración, lugares poco amenos.

Mala fama tiene asimismo ser calificado como “arrimadizo” pues es sinónimo de parásito o gorrón. Es aquel (aquella) que trata de vivir de mogollón, el servil que llena de babas al preboste para que haga descender sobre él una propina de sus poderes, un sujeto al que en la literatura clásica se le llama sopista o sablista. Arrimados se llama también a quienes componen una pareja que convive en pleno conflicto con las leyes canónicas o civiles.

“Arrimón”, en fin, llamábamos, ay, en nuestra juventud al hecho de haber palpado con morosidad las partes más sugerentes y turgentes de la chica con la que bailábamos el agarrado.

De ahí que se eleve a la condición de empeño honorable el hecho de mimar el hombro, de cuidarlo para que no se averíe y acabe en la resonancia magnética y, así, sano y en pleno uso de sus más nobles facultades, poder “arrimarlo” para servir de apoyo a una causa justa que, como proclama el gobernante, es su causa, la más excelsa de todas.

Y así quien de esta forma arrima el hombro es fiel a su patria. Por eso debemos ejercitar nuestro hombro para tenerlo siempre listo para arrimarlo en cuanto el gobernante solicite su intervención.

–Yo hago gimnasia de hombros a diario –me dice un amigo– nunca se sabe cuándo voy a ser requerido para arrimarlo. Evito con ello el reuma articular y contribuyo al esplendor de España.

Junto a las banderas proclamo la dignidad patriótica del hombro y la urgencia de que se le componga un himno: “¡Arrima, hombros de la tierra …!” y por ahí seguido.

No se me haga el distraído, lector / a / e y conteste con sinceridad: usted, ¿arrima el hombro?

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