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Necrológica

El auténtico era él

Una semblanza del pintor Fernando Fueyo

Fernando Fueyo era, ante todo, un gran artista.

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Como artista, Fernando tenía el don del retrato, es decir, el don de la observación. Sabía mirar a Charles Darwin, a Ignaz Semmelweis y a Joseph Conrad, del mismo modo que sabía mirar al lobo, al oso, al quebrantahuesos, al castaño y a la roca. Estoy seguro de que si pudieran verlos, Darwin, Semmelweis y Conrad estarían encantados con sus retratos, y lo mismo el oso, el lobo, el quebrantahuesos, el castaño y la roca.

Fernando era también un artista que sabía explicarse, como todos los que lo conocimos recordamos muy bien. Tenía, como se dice ahora, “un discurso”. Me refiero a que pensaba en lo que hacía, y hacía lo que pensaba.

Aunque hubiera sido una mala persona, habría sido un gran artista. Aunque hubiera sido un egoísta insolidario, no por ello habría dejado de ser un gran artista. Pero Fernando no era una mala persona, sino un gran amigo, desprendido hasta quedarse, literalmente, sin nada. Y no era insolidario, sino comprometido. Insobornablemente comprometido con la causa de la justicia, y eso incluía sobre todo a la naturaleza. Fernando sabía desde su infancia que el problema de la conservación es siempre, al final, un problema de distribución de los recursos –es decir, de la riqueza– entre los seres humanos. Con su arte y con su ejemplo hizo política de la buena, de la que queda, de la que vale la pena, de la que no paga.

La contemplación de la naturaleza se presta a la sensiblería, que es la perversión de la sensibilidad. No hay nada más ñoño que una puesta de sol, salvo que la pinte Fernando Fueyo.

Por eso no quiero ponerme cursi, porque Fernando nunca lo fue. Lo que quiero decir es esto: en aquella feria de las vanidades, entre tantos egos ecologistas, egos científicos, egos académicos, egos políticos, egos artísticos, egos sociales, el auténtico era él. Sit tibi terra levis, Fernando. Que la tierra te acoja.

Fernando Fueyo era, ante todo, un gran artista.

Como artista, Fernando tenía el don del retrato, es decir, el don de la observación. Sabía mirar a Charles Darwin, a Ignaz Semmelweis y a Joseph Conrad, del mismo modo que sabía mirar al lobo, al oso, al quebrantahuesos, al castaño y a la roca. Estoy seguro de que si pudieran verlos, Darwin, Semmelweis y Conrad estarían encantados con sus retratos, y lo mismo el oso, el lobo, el quebrantahuesos, el castaño y la roca.

Fernando era también un artista que sabía explicarse, como todos los que lo conocimos recordamos muy bien. Tenía, como se dice ahora, “un discurso”. Me refiero a que pensaba en lo que hacía, y hacía lo que pensaba.

Aunque hubiera sido una mala persona, habría sido un gran artista. Aunque hubiera sido un egoísta insolidario, no por ello habría dejado de ser un gran artista. Pero Fernando no era una mala persona, sino un gran amigo, desprendido hasta quedarse, literalmente, sin nada. Y no era insolidario, sino comprometido. Insobornablemente comprometido con la causa de la justicia, y eso incluía sobre todo a la naturaleza. Fernando sabía desde su infancia que el problema de la conservación es siempre, al final, un problema de distribución de los recursos –es decir, de la riqueza– entre los seres humanos. Con su arte y con su ejemplo hizo política de la buena, de la que queda, de la que vale la pena, de la que no paga.

La contemplación de la naturaleza se presta a la sensiblería, que es la perversión de la sensibilidad. No hay nada más ñoño que una puesta de sol, salvo que la pinte Fernando Fueyo.

Por eso no quiero ponerme cursi, porque Fernando nunca lo fue. Lo que quiero decir es esto: en aquella feria de las vanidades, entre tantos egos ecologistas, egos científicos, egos académicos, egos políticos, egos artísticos, egos sociales, el auténtico era él. Sit tibi terra levis, Fernando. Que la tierra te acoja.

Fernando Fueyo era, ante todo, un gran artista.

Como artista, Fernando tenía el don del retrato, es decir, el don de la observación. Sabía mirar a Charles Darwin, a Ignaz Semmelweis y a Joseph Conrad, del mismo modo que sabía mirar al lobo, al oso, al quebrantahuesos, al castaño y a la roca. Estoy seguro de que si pudieran verlos, Darwin, Semmelweis y Conrad estarían encantados con sus retratos, y lo mismo el oso, el lobo, el quebrantahuesos, el castaño y la roca.

Fernando era también un artista que sabía explicarse, como todos los que lo conocimos recordamos muy bien. Tenía, como se dice ahora, “un discurso”. Me refiero a que pensaba en lo que hacía, y hacía lo que pensaba.

Aunque hubiera sido una mala persona, habría sido un gran artista. Aunque hubiera sido un egoísta insolidario, no por ello habría dejado de ser un gran artista. Pero Fernando no era una mala persona, sino un gran amigo, desprendido hasta quedarse, literalmente, sin nada. Y no era insolidario, sino comprometido. Insobornablemente comprometido con la causa de la justicia, y eso incluía sobre todo a la naturaleza. Fernando sabía desde su infancia que el problema de la conservación es siempre, al final, un problema de distribución de los recursos –es decir, de la riqueza– entre los seres humanos. Con su arte y con su ejemplo hizo política de la buena, de la que queda, de la que vale la pena, de la que no paga.

La contemplación de la naturaleza se presta a la sensiblería, que es la perversión de la sensibilidad. No hay nada más ñoño que una puesta de sol, salvo que la pinte Fernando Fueyo.

Por eso no quiero ponerme cursi, porque Fernando nunca lo fue. Lo que quiero decir es esto: en aquella feria de las vanidades, entre tantos egos ecologistas, egos científicos, egos académicos, egos políticos, egos artísticos, egos sociales, el auténtico era él. Sit tibi terra levis, Fernando. Que la tierra te acoja.

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