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Inmaculada González-Carbajal García

La tiranía de la felicidad

La obligación de llevar el sufrimiento en silencio en la sociedad actual

En la sociedad actual se ha inoculado la falsa idea de que ser feliz es una especie de estado natural, en el que hay que permanecer pase lo que pase; si bien este concepto no está nada claro, porque cuando se habla de la felicidad, la mayor parte de las veces se hace referencia a un estado emocional que depende de variadas circunstancias externas, algunas de ellas tan simples como poseer tal o cual cosa, nada más lejos de lo que señalan los filósofos y sabios de todos los tiempos, que han tratado de definir qué es eso de la “felicidad”, estrechamente vinculada al sentido de la vida, algo que importa muy poco en el momento actual.

Esta pertinaz insistencia en ser feliz está vinculada al auge, en las últimas décadas, de una psicología positivista, que tiene sus raíces en los intereses del sistema neoliberal y en un modelo de sociedad occidental que consume de manera irreflexiva no sólo objetos materiales, sino también ideas, eslóganes, imágenes y modelos en los que hay que encajar para que todo funcione de acuerdo a lo que se espera del individuo, ya que cualquiera que se aparte de ello y cuestione de algún modo las habituales formas de hacer y comportarse, es potencialmente un peligro para la colectividad.

La obstinación colectiva en la felicidad anula y niega cualquier idea o evidencia de que la vida, muchas veces, ni es rosa ni es bonita; más bien es compleja, difícil, y en muchas ocasiones nos sobrepasa en nuestras capacidades y herramientas para hacerle frente. Pero el problema fundamental es que muchas personas sufren por motivos variados y soportan el aislamiento que les provoca el entorno por no ser capaces de mostrarse optimistas o alegres cuando se sienten abrumados por la tristeza, ya sea ésta endógena o exógena; es decir, provocada por problemas reales.

En una sociedad en la que no están bien vistas las emociones mal llamadas “negativas”, cuando alguien pasa por un trance difícil o sufre algún tipo de trastorno mental, no le resulta fácil hablar de lo que le ocurre, porque la mayor parte de las veces lo que va a escuchar es un parloteo nutrido de consejos y frases hechas, que le impedirán seguir hablando de lo que siente; así que se verá forzado a llevar su sufrimiento en silencio y recurrir a mecanismos diversos para negar su verdadero estado y no sentirse excluido.

El optimismo forzado puede ser una negación, una especie de pose promovida y alimentada por el medio que nos rodea, pero, sobre todo, es una traición a uno mismo, que nos impide responsabilizarnos de lo que realmente nos ocurre. Ocultar un problema o un estado de ánimo depresivo tras una fachada de alegría es un engaño, aunque resulte muy conveniente a los más próximos, porque ni les compromete ni les cuestiona sobre qué está pasando para que esa persona se sienta mal. Empeñarnos en que todo ha de ser positivo y que hemos de ser felices en todo momento, amordaza las emociones generadas por los contratiempos que sufrimos y nos impide hallar medios para poner solución o buscar ayuda para encontrarla, sin olvidar que puede provocar trastornos físicos y mentales.

Algunas personas tienen que llevar su sufrimiento en silencio, incluso ante su familia y amigos, porque no pueden expresar abiertamente lo que sienten sin exponerse a ser acalladas con los buenos consejos y recomendaciones de los más allegados. El problema es que, cuando negamos nuestros sentimientos más molestos -como la tristeza, el miedo y otros muchos-, éstos adquieren mayor fuerza desde la sombra del inconsciente y es entonces cuando se apoderan de nosotros y nos aíslan peligrosamente del entorno.

La reciente desaparición de Verónica Forqué, quien había hecho de la sonrisa su seña de identidad, ha abierto la puerta al debate sobre el suicidio y sobre los trastornos mentales que soportan multitud de personas, que sufren en silencio una depresión profunda, que no son felices -a pesar de tenerlo todo, aparentemente- y que, muchas veces, no encuentran la ayuda necesaria en los más próximos y en una sociedad que, en general, no quiere saber nada de la infelicidad creciente en los últimos años, por más que nos empeñemos en ocultarlo.

La elevada tasa de suicidios debería hacernos pensar si esta tiranía de la felicidad no está condicionando a muchas personas a llegar hasta ahí, porque una sociedad que no deja espacio para el sufrimiento psicológico ni para los sentimientos dolorosos, está potenciando el aislamiento y condenando al ostracismo a quienes sufren de este modo.

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