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Marta Tamargo

Marta Tamargo

Abogada de familia y coordinadora de parentalidad

La mediación como método de resolución de conflictos

Una vía útil y práctica para dar salida a muchas disputas

Este 21 de enero se celebra el Día europeo de la mediación. Tal vez por nuestro carácter latino la mediación no acaba de tener gran predicamento en nuestro país y seguimos prefiriendo acudir a la vía judicial para que sea un tercero, en este caso el juez, el que decida sobre el conflicto existente.

Sin embargo, en muchas ocasiones nos damos cuenta a posteriori de que el juzgado no es la panacea y probablemente implica un gran coste emocional y económico que habríamos podido evitar si el enfoque hubiera sido otro.

La mediación, como método de resolución de conflictos, es útil en cualquier ámbito: en colegios, familias, comunidades de propietarios, empresas… Desde la Asociación Mujeres de Empresa a la que pertenezco abogamos por este método de resolución de conflictos que está muy unido a nuestra visión y nuestra misión.

Como abogada me enfrento continuamente a la resolución de conflictos, especialmente en el ámbito del derecho de familia y observo que muchos conflictos se enquistan por problemas de mala comunicación, rencores y otras cuestiones emocionales que no somos capaces de encauzar, pero si conseguimos limpiar esas emociones, realmente el problema en sí no suele ser ni tan importante, ni tan difícil de resolver.

La mediación como método de resolución de conflictos aboga por la intervención de un tercero imparcial, el mediador, que ayuda a las partes a enfocar el problema en positivo, con una depuración de las emociones y la restauración de una comunicación inteligente que nos lleve a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

Ya Goleman en su obra “Inteligencia emocional” nos hablaba de comenzar por conocer nuestras emociones, gestionarlas de forma apropiada, motivarnos a nosotros mismos hacia la acción, reconocer las emociones de los demás (empatía) y establecer buenas relaciones.

Ante cualquier situación, primero la percibimos, luego la valoramos emocionalmente y posteriormente respondemos ante ella.

Las emociones que se desencadenan en estos casos suelen ser negativas: ira, miedo, rencor, odio, resentimiento, ansiedad, tristeza, vergüenza, etc.

En un espacio de mediación las personas llegan alteradas, inundadas por esas emociones negativas que les secuestran y no les permiten avanzar en la resolución del conflicto. Esa historia que todos nos contamos en nuestra cabeza nos vuelve rígidos e intransigentes y nos impide ver las cosas de otra manera.

En este punto la neurociencia tiene mucho que decir. Sabemos desde hace tiempo de la plasticidad neuronal y sabemos por tanto que es posible pasar de un cerebro hostil a un cerebro inteligente, como dice Mari Luz Sánchez García-Arista en su libro del mismo título.

Un buen mediador es capaz de conseguir eso a través de una herramienta fundamental que es la comunicación: realizando las preguntas adecuadas, reformulando lo que las partes nos cuentan, parafraseando, se puede conseguir que el conflicto se vaya transformando y lo que en un principio comenzó de un modo hostil se vaya trasladando a un terreno inteligente que nos permita alcanzar las soluciones adecuadas al conflicto.

Cuando finalmente conseguimos alcanzar un acuerdo en mediación nuestra narrativa de la cuestión ha cambiado, es menos hostil y más positiva, actuamos de forma asertiva, escuchamos más, tenemos en cuenta a la otra parte y ellos nos permite darnos cuenta de que es posible enfocar las cosas de otra manera mucho más constructiva.

Es más probable que surjan menos conflictos posteriormente y, si surgen, posiblemente seremos capaces de solucionarlos mediante el diálogo, sin necesidad de acudir a los tribunales.

En definitiva, la mediación como método de resolución de conflictos tiene muchas más ventajas que inconvenientes y hemos de tenerla en cuenta a la hora de resolver nuestros conflictos de una manera inteligente y constructiva.

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