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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Un tranvía llamado Adriana

La fuerza del último título de la temporada de ópera

Hay veces que uno va a ver un espectáculo de cualquier tipo (cine, musical, teatro, el que sea) y resulta que se ha creado unas expectativas tan altas que sale de esa función tan esperada víctima de una indefinible decepción. Pero también puede ocurrir que sea el concierto o película que menos te esperas, ese que te daba pereza o habías juzgado precipitadamente, el que pase por encima de tus emociones como un tranvía arrasando los prejuicios, removiendo los chakras y dejando en la memoria una fascinación que durará toda la vida. Ese último y feliz error de juicio ha sido el que he cometido con “Adriana Lecouvreur”, la ópera de Francesco Cilèa que cierra la Temporada de Oviedo y de cuyo ensayo general acabo de llegar, justo antes de sentarme a escribir este artículo.

Debo decir que este desatino no ha sido por falta de preparación, sino quizá precisamente a causa de ella. En esta ocasión, desde hace un par de semanas me había tomado la molestia de ponerla de fondo en casa para familiarizarme con una partitura que no conocía, para ir educando el oído. Durante este proceso no he llegado a sentirme cómodo, me estaba resultando compleja, no me resultaba fácil identificar las voces, ni las emociones. Desde luego no es una “Boheme”, ni una “Tosca”, donde sabes tararear las melodías e incluso cantarlas, aunque sea mal. La historia que cuenta el libreto tampoco es conocida ni queda extraordinariamente clara. “Adriana Lecouvreur” es una mirada teatral hacia el interior mismo del teatro. Un cuento entre bambalinas. La historia de una diva que acaba siendo víctima de su propio personaje, que al final no es capaz de diferenciar entre su propio yo y lo que el público ve en ella o lo que espera de ella. Que crea una máscara y acaba siendo devorada por sí misma. La triste historia de algunas grandes divas han despertado tanta compasión como admiración, como lo fueron María Callas, Margarita Xirgu, Amy Winehouse o la actriz Verónica Forqué, cuya desaparición tanto ha conmovido recientemente a la opinión pública.

Para intentar explicar este cóctel de emociones, la directora de escena Rosetta Cucchi ha creado un universo que, debo decir, no ayuda a entender mejor la historia. Al contrario, por momentos la hace aún más confusa si no se está familiarizado con su idea, sofisticada y rebuscada en exceso. Sin embargo su propuesta es de una sensibilidad, calidez y de una belleza estética sobrecogedoras. Sitúa la misma trama en cuatro momentos de la historia universal del teatro, hablándonos de la atemporalidad de los sentimientos, de la soledad, de la rivalidad entre artistas, del desamor e incluso de la esquizofrenia. Da igual que sea el siglo XVIII, el XIX, los felices 20 o la Nouvelle Vague, el espectáculo siempre debe continuar, pese a quien pese. En medio de esa confusión, ante el espectador se crea una fantasía vaporosa, de una plasticidad que inevitablemente le arrastra hacia ese mundo imaginado.

Así que asistí a este ensayo sorprendido, admirado, atrapado en un ay permanente, boquiabierto y ojiplático. Cuando terminó, y no antes, fui consciente al fin de la maravillosa fluidez de la música compuesta por Cilèa, de la audacia de la puesta en escena de Cucchi, de la teatralidad, el magnetismo y la voz estratosférica de Ermonela Jaho, quizá la nueva gran diva que nuestro siglo estaba esperando. Y me fui del Campoamor pensando que así es como uno espera que sea la ópera del siglo XXI: un espectáculo contemporáneo, sorprendente, donde tienen cabida todo tipo de juegos visuales y escénicos, que te saque de tu zona de confort para llevarte a un estado de ánimo inesperado y que te cree un recuerdo exquisito. Un atropello emocional, un tranvía llamado “Adriana Lecouvreur”.

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