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Virginia Gil Torrijos

Brecha financiera

Los algoritmos que penalizan a la mujer en el acceso a los créditos bancarios

Ilustración.

En la maravillosa fantasía de un hipotético mundo igualitario, ese mundo idílico de valores ilustrados, donde todo quisqui debiera de tener las mismas opciones de progresar en la vida, y en el que en absoluto influiría la cuna, el sexo, la raza, la lengua en el que uno se expresase o la genealogía económica, en ese hipotético mundo aspiracional, de un igualitario Word Wide Dream, supongo que además de la no existencia de los denominados techos de cristal, suelos pegajosos o brechas digitales entre el campo y la ciudad, tampoco deberían existir otro tipo de brechas, unas brechas un poco más difíciles de percibir, las denominadas brechas financieras.

Permítanme que me explique, solo una breve contextualización porque me consta que hay temas sin duda más urgentes en este maremágnum convulso en el que habitamos a expensas hoy de los objetivos geopolíticos de los nuevos zares y sus guerreantes niveles de testosteronas. Sí, estamos a expensas de los imperios del gas que hacen que los españoles nos estemos ahogando con los recibos de las eléctricas, o a expensas de temas un poco más livianos como las “empoderadas” e inteligentes letras en las canciones para Eurovisión o en los problemas informáticos (dígase torpezas) de nuestros diputados en las cámaras de representación, de esos ilustres congresistas que se supone están ahí para hacernos la vida un poco más agradable y honrosa (¡listas abiertas ya y un poquito de por favor!). Pues en este tiempo, a expensas de todo eso, quisiera exponerles un pequeño inconveniente que estoy comenzando a detectar, un inconveniente nimio tal vez, bastante imperceptible pero que creo influye solapadamente, a la vez que constituye una verdadera piedra en el camino, para una sociedad más igualitaria entre hombres y mujeres.

Varias entidades de consultoría han empezado a poner de manifiesto esas brechas financieras y como los algoritmos utilizados por los bancos penalizan a las mujeres a la hora de obtener créditos, créditos tan necesarios para la recuperación o la resiliencia económica. Suelen ellas, las mujeres, nosotras, acceder a fuentes de financiación más caras o con menor plazo de vencimiento. A eso se le denomina sesgo de género en los mercados financieros. Pero los bancos no solo asignan el riesgo mediante este tipo de simuladores condicionados por los valores históricos derivados del sexo, sino que también los utilizan, utilizan esos algoritmos, en acciones comerciales. De ese modo los productos de inversión se ofrecen menos a las mujeres porque son las fórmulas utilizadas en los algoritmos las que determinan que las mujeres tienen una capacidad económica o de liquidez mucho menor que la de los hombres, que no son lo suficientemente “ricas” o que no tienen tanta capacidad de pago. Por ello los estudios en ese sentido concluyen que la verdadera igualdad nunca será posible mientras las personas pobres, especialmente las mujeres, no estén suficientemente empoderadas, y eso pasa porque tengan similares oportunidades económicas y de acceso a los servicios financieros para intentar mejorar sus vidas y poder optar a una ascensión social. La igualdad siempre pasa la realidad económica. Ahora que tanto se habla del emprendimiento se debería tener en cuenta los obstáculos a los que se enfrentan muchas emprendedoras al iniciar su actividad empresarial, y que, en el caso al pedir líneas de crédito, tienen menos posibilidades de que se los concedan, viéndose obligadas a desistir en su empeño o a tener que acudir a familiares y amigos (en el supuesto de que los hubiese y estuviesen en disposición de ayudarlas). Y lo curioso es que ese condicionante de sesgo no solo impera en países subdesarrollados, pese a que los microcréditos a mujeres han demostrado su eficacia para sacar a muchas familias de los límites de la extrema pobreza, sino que ese sesgo también se cultiva en países tan desarrollados como Estados Unidos o tan nuestros, como España. Y esto no lo afirmo yo, una mujer autoconvencida del feminismo a base de circunstancias, sino que lo afirma el Banco de España tras un estudio nutrido con datos de más de 80.000 empresas nacionales. En ese informe se revela que también las mujeres que lideraban empresas tienen menos probabilidades de incumplir con los pagos, es decir, que las mujeres son mejores pagadoras, pero el sistema, paradójicamente, se fía menos de ellas.

Era yo muy pequeña, pero recuerdo como mi madre no podía en su día disponer de los ahorros. Fue en 1975 cuando se modificaron algunos artículos del Código Civil, en relación a la situación jurídica de las mujeres casadas y de los derechos y los deberes de los cónyuges. Hasta ese momento, a las señoras no se les permitía algo tan sencillo como abrir una cuenta bancaria. Y pesar que de eso han transcurrido 45 años algún poso queda de todos aquellos lodos. Bien es cierto que no todas las entidades son iguales, que han evolucionado (o involucionado) de forma diferente, dependiendo de factores como su ubicación geográfica o de la composición de sus consejos de administración y el perfil de sus accionistas. En cualquier caso, de lo que estoy segura es que con el color del dinero hemos topado y que no nos queda más remedido que bailar o lidiar con sus reglas y sus paradigmas, por muy arcaicos y obsoletos que estos sean. Nos tienen a todos (y a todas) bien agarrados y ya se sabe que “poderoso caballero es siempre Don Dinero”.

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