El refranero español es rico, variado y útil. A cada una de sus sentencias suele contraponerse otra. Normalmente opuesta. Con “Salamanca no presta lo que natura no da”, nos indica que hay cualidades que si no son innatas, no son adquiribles ni en la mejor de las universidades. Pero con otra indica lo contrario: “El hábito no hace al monje, pero la práctica hace al maestro”. Ambas son aplicables al momento político español.

El estreno de la vicepresidenta, Yolanda Díaz, en 2016 como diputada en el Congreso, fue de “ponte y no te menees”. Madrugó para sentarse en su escaño. Pronto hizo acto de presencia su vecino en la Cámara Baja. Se sentó e inmediatamente le dio los buenos días. Aunque no lo conocía, por la distribución pactada, sabía que era socialista. Por ello se esmeró en ser lo más borde posible: “Yo soy honrada”, le contestó al tiempo que giraba la cabeza hacia el lado opuesto a su interlocutor.

Con tales antecedentes y los epítetos que dedicaba a portavoces del PSOE, parecía inimaginable coincidencia alguna con ellos. Y sin embargo ahí la tienen, compartiendo Consejo de Ministros. Y con los empresarios, que tampoco parecían gozar de su estima, negociando una normativa laboral consensuada con los sindicatos que será muy trascendente y beneficiosa para España, sus empresas y trabajadores.

En su caso: “El hábito no hace al monje, pero la práctica hace al maestro”. Estoy seguro que la mutación de su talante tuvo mucho que ver con el pragmatismo necesario para ejercer funciones ministeriales y con sus Influencias sindicales –CC OO– y partidarias –PCE–. Ambas organizaciones, aún cuando chocaban con mi militancia ugetista y socialista, contaron siempre con mi respeto.

Y mientras que Yolanda Díaz lideraba un asunto de Estado, el partido líder de la derecha española se echaba al monte. El PP, pilar de nuestro sistema constitucional con el PSOE, intentó impedir la aprobación de lo que empresarios y sindicatos habían acordado. No le importó votar con Bildu, Ezquerra o el PNV o seguir erosionando la calidad de nuestra democracia torciendo la voluntad de UPN.

El voto de los dos indisciplinados diputados navarros fue una desagradable sorpresa para toda la izquierda de la Cámara. El error del popular Alberto Casero trasladó el estupor, pocos segundos después, a los escaños de la derecha. Como en la rula, en el hemiciclo, “no se pregunta, se apunta”. Pocos diputados pueden presumir de no haberse equivocado en alguna votación –no seré yo quien tire la primera piedra–. Y nunca hubo posibilidad de corregir el desaguisado. Por ello me indignó la escandalera popular en torno a este asunto. Especialmente el acoso a la Presidenta del Congreso, más propio de un partido minoritario y antisistema que de uno con vocación de gobierno.

La responsabilidad, de la que tanto presume la derecha, la exhibió, en este asunto el gobierno de izquierdas. Como escribió Gaziel, “hay políticos que hacen política y otros que simplemente la deshacen”.

A Pablo Casado le conviene cuidarse. Demasiada gente, entre los populares, sospecha que su natura no da mucho más de sí. Ni con el “posgrado en Harvard”.