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Georgina Higueras

Georgina Higueras

Periodista

La lección de Nixon y Mao

Una visión actual del viaje hace 50 años del presidente de Estados Unidos a Pekín

La madrugada del 24 de febrero de 2022 será recordada por el inicio de una nueva barbarie. El avance de los tanques rusos sobre Ucrania es una tragedia que revela la intransigencia de Vladímir Putin y Joe Biden de anteponer sus intereses a la consecución de una salida pacífica. La guerra se desata precisamente en el 50.º aniversario del viaje de Richard Nixon a Pekín. Una lección de diplomacia que cambió el mundo para mejor. Nixon y Mao Zedong, dos enemigos acérrimos, fueron capaces de abordar sus diferencias sin disimulo y sin que ninguno quisiera imponer su verdad al otro. El respeto mutuo fue lo que permitió abrir el camino a la cooperación.

En la historia moderna de las relaciones internacionales pocas visitas de dirigentes han tenido consecuencias tan profundas para el equilibrio global como esa del 21 al 28 de febrero de 1972. El apretón de manos entre Nixon y Mao, movido por la voluntad de desestabilizar al poderoso enemigo soviético, supuso un giro copernicano en la geopolítica mundial. Pero la historia enseña que no se puede hostigar ni humillar infinitamente a los imperios caídos porque pueden hacer daño cuando se levanten. Ucrania es hoy la víctima del desconocimiento histórico.

La desintegración de la Unión Soviética dejó una Rusia en ruinas y de rodillas, que aceptó el compromiso con EE UU de que Moscú facilitaría el fin del Pacto de Varsovia a cambio de que la OTAN no se ampliaría hacia el este ni una pulgada. Dos décadas de promesas incumplidas –la primera ampliación de la Alianza Atlántica fue en 1999 con el ingreso de Polonia, Hungría y la República Checa– y el empeño de Biden de que EE UU mantenga la primacía mundial han sacado lo peor de Putin y colocado a los pies de los caballos a Ucrania y a la Unión Europea.

Es lamentable que ninguno de los dos haya tenido en cuenta la lección de diplomacia, flexibilidad y creatividad de Mao y Nixon. Ellos, con su difícil decisión, pusieron en marcha la mayor revolución de la historia, la que permitió a China sacar d e la pobreza a 800 millones de personas y a EE UU, hundir la URSS y convertirse en el hegemón global. Su arrojo se plasmó en el denominado comunicado de Shanghái, un texto singular porque destaca las diferencias entre los dos países en lugar de los acuerdos. Nixon, según documentos desclasificados, escribió: «No hicimos ningún intento de pretender que no existieran grandes diferencias entre nuestros dos gobiernos, porque existen. Este comunicado fue único en exponer honestamente las diferencias en lugar de tratar de encubrirlas con un doble discurso diplomático».

Washington no soporta la idea de que su poder omnímodo está en declive y de que Pekín le viene pisando los talones. «El principal objetivo de China es convertirse en el líder, en el país más rico y poderoso del mundo», pero «eso no va a ocurrir bajo mi mandato», dijo en su primera conferencia de prensa como presidente un Biden obsesionado por crear un bloque que permita aislar a China y a Rusia, aunque luego rechaza el entendimiento entre estos dos países.

Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional cuando en julio de 1971 viajó en secreto a Pekín para organizar la visita de Nixon, siempre ha insistido en que para EE UU es vital no permitir que Moscú y Pekín tengan mejores relaciones entre sí que las relaciones de Washington con cada uno de ellos. Sin embargo, la ostentosa hostilidad de EE UU hacia Rusia y China ha terminado por facilitar un matrimonio de conveniencia contrario a los intereses occidentales y a la búsqueda de su solución pacífica para Ucrania.

El comunicado conjunto de Putin y el presidente chino, Xi Jinping, del pasado día 6, en que se abogaba por un nuevo orden internacional, fue un trago difícil digerir. La Casa Blanca alertó a Xi de que un conflicto en Europa «impactaría los intereses de China en todo el mundo».

No hay justificación posible para la invasión de Ucrania, pero EE UU y la OTAN hace tiempo que deberían haber escuchado la preocupación de Rusia por su vulnerabilidad ante la continua expansión de una alianza que tampoco ha cumplido el acuerdo firmado en el acta fundacional de las relaciones Rusia-OTAN de 1997 de no realizar despliegues militares permanentes en los antiguos países del Pacto de Varsovia.

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