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Jonás Fernández

Tarjeta azul

Jonás Fernández

Eurodiputado asturiano por el PSOE

Ejemplo de coraje para el mundo

Medio millón de refugiados abandonan Ucrania.

Hace hoy una semana, el pasado 24 de febrero, Putin entraba por tierra, mar y aire en Ucrania. La invasión parecía no limitarse a las regiones del Donbass, cuya independencia había reconocido en la noche del lunes previo. Desde Bielorrusia al norte y Crimea al sur, Putin planeaba tomar Kiev en una operación lo suficientemente rápida para evitar cualquier respuesta a tiempo, no ya de los ucranios, sino también de Occidente. Esa mañana desperté en París, donde me encontraba para participar en un foro financiero, y durante todo el día ya sólo pude estar pendiente de las noticias. Los comentarios aquella mañana en París, entre financieros y banqueros, pasaba por la evolución de los mercados y las posibles sanciones económicas a Putin.

La mayoría se mostraba muy distante de la rotundidad en la respuesta europea, que yo, en cambio, esperaba. Sin duda, no hay nada más cobarde que el “capital”. Parecía entonces que la invasión rusa sería un paseo. Un paseo militar. La ocupación continuó durante todo el día y, en la mañana del viernes, parecía que Kiev caería en horas. Las sanciones adoptadas aquella noche no eran más que rasguños para el régimen de Putin. El sábado, ya en Asturias, pude asistir a la concentración en Oviedo en apoyo al pueblo ucranio. Otra concentración se organizaba en Gijón a la misma hora bajo el lema de “no a la OTAN”. En fin, hay quien no se ha enterado de que la guerra fría acabó hace más de tres décadas. En Oviedo, los ucranios residentes en Asturias y quienes los acompañábamos exigíamos una respuesta contundente de la Unión Europea. Una respuesta que aún no había llegado entonces. Aquella tarde, colegas de Bruselas y Madrid me adelantaban que habría más sanciones, y esa misma noche conocíamos un inédito paquete de medidas.

La ventana de oportunidad para el bloqueo económico a Putin no habría sido posible sin la resistencia de Ucrania en los dos días y medio que transcurrieron entre el estallido del conflicto y la adopción de ese ambicioso paquete de sanciones por parte de la UE. Los esfuerzos sobre el terreno ralentizaron la ocupación y dieron tiempo para lo que habría de venir: expulsión de una buena parte del sistema bancario ruso de la plataforma de pagos y cobros internacionales, SWIFT, congelación de las reservas internacionales del Banco Central de Rusia, y presión financiera adicional sobre Putin y su entorno de poder. A ello se unió el acuerdo del domingo de los ministros europeos de Defensa: activación del Fondo Europeo de Paz y apoyo militar defensivo y ofensivo. Complementariamente, se ponía en marcha el apoyo a refugiados con la activación de la directiva de protección internacional. Nuevos recursos para ayudar a los países receptores de refugiados y análisis de la directiva de refugiados para facilitar su acogida legalmente. Los ucranios seguían resistiendo y su presidente, Volodímir Zelenski, se mantenía en Kiev y al frente del país dando al mundo un ejemplo de coraje.

En todo caso, Putin no retrocedió. El lunes mismo anunciaba la puesta en alerta máxima de sus recursos nucleares, mientras intensificaba las operaciones militares sobre el terreno. Además, se iniciaban conversaciones entre Rusia y Ucrania en algún lugar de la frontera de este último país y Bielorrusia, sin mayores esperanzas a corto plazo. Poco después, conocíamos que un convoy de más de 60 kilómetros con soldados, carros de combate y todo tipo de arsenal militar se dirigía a Kiev. Algunos recordamos entonces la destrucción de la ciudad de Grozni años antes en Chechenia.

En el Parlamento, se celebraba este martes un pleno extraordinario para dar apoyo a Ucrania y respaldar las medidas adoptadas por la Unión y los Estados miembros, en el que los eurodiputados solicitábamos la ampliación de las sanciones y el reconocimiento de Ucrania como país candidato a la adhesión. Por vía telemática, desde algún búnker en Kiev, Zelensky se dirigió al Parlamento y al conjunto de la opinión pública europea en un discurso emocionado que ganó la adhesión casi completa de los eurodiputados.

Las sanciones del sábado noche están funcionando. La caída del rublo, la desconexión del 80 por ciento del sistema financiero ruso de los flujos internacionales y el bloqueo al Banco Central del país están contribuyendo mucho a presionar a Putin. Suiza y Japón anunciaban también su respaldo a estas medidas. En todo caso, los operadores financieros son expertos en encontrar vías de arbitraje, y la Unión debe ir cerrándolas unas tras otras.

En Ucrania, las últimas horas han estado marcadas por el avance ruso al sur, en el Mar de Aroz, así como en la intensificación de la operación militar en las ciudades del país, especialmente en Kharkiv al noreste y Mariupol y Kherson al sur. La guerra ha entrado en una nueva fase. A la vista de las dificultades de Putin para avanzar rápido sobre Kiev, la estrategia rusa parece ahora centrarse en destruir todo lo que encuentra a su paso. De alguna manera, los objetivos políticos y militares de la operación se disocian con insospechadas consecuencias. Y desde la Unión, hemos pasado de una cierta satisfacción con las medidas adoptadas el fin de semana a una profunda preocupación por lo que intuimos que Putin planea en Ucrania.

Estamos, sin duda, ante una guerra que no se puede ganar de manera absoluta ante la amenaza nuclear de Putin. Pero una guerra que necesita una respuesta unida de Occidente, mientras parece que China se ofrece a mediar. Una guerra que también necesita oír la voz de la oposición democrática rusa, aún a pesar de las dificultades.

Lamentablemente, seguiremos hablando de esta guerra durante semanas, mientras toda Europa, también Asturias, se prepara para acoger a refugiados y capear de la mejor manera los efectos “boomerang” de nuestras propias sanciones, que someten a la UE a un cierto coste económico con la esperanza de minimizar costes mayores, y no sólo económicos, en el futuro. Veremos.

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