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Elena Fernández-Pello

Nadie está a salvo

Hay decenas de guerras activas, una más ahora a las puertas de europa

La crónica que la editora de la BBC en Ucrania Marta Shokalo hizo de las primeras horas de la invasión rusa fue una de las primeras en circular por todo el mundo. No es un relato bélico, no informa de avances militares ni hace un recuento de bajas, pero resulta estremecedora porque describe cómo inesperadamente la guerra irrumpe en el escenario de lo cotidiano.

Shokalo cuenta, en un texto publicado el 24 de febrero, cómo la noche anterior, a las tres de la madrugada, un colega la despertó para avisarla de que Vladimir Putin acababa de anunciar que Rusia iba a invadir Ucrania. Desde entonces no cesaron de entrar mensajes en su WhatsApp. A su casa de Kiev llegaba el eco de las explosiones. Cuando amaneció despertó a su hijo, que tiene 10 años, lo ayudó a vestirse y preparó el desayuno. “Desayunamos, sentándonos lo más lejos posible de las ventanas, pero él estaba tan asustado que vomitó”, relata. Luego, juntos, llevaron agua y velas a la bodega de la casa, donde tenían previsto refugiarse si la situación empeoraba.

El niño pasó todo el día siguiente temblando de miedo. Marta Shokalo contactó con su marido, que estaba de viaje, y juntos prepararon la huida. Buscaron refugio en la casa de los abuelos, en la campiña ucraniana. Al preparar las maletas Marta Shokalo se preguntó si sería buena idea meter los trajes de baño y las toallas, por si en verano aún no habían podido regresar. Escapaban de las bombas en su utilitario familiar y en el trayecto Marta Shokalo iba pensando cómo era posible que estuviera sucediendo todo aquello en aquella mañana soleada, que anticipaba el comienzo de la primavera, y a la entrada del pueblo se fijó en el arbusto del que, felices y despreocupados, habían recolectado moras unos meses antes, durante las vacaciones de verano.

El relato de Marta Shokalo está atravesado por detalles aparentemente insignificantes y por eso es tan aterrador, porque pone en evidencia la vulnerabilidad de nuestros pequeños mundos. Es muy fácil identificarse con Marta Shokalo y su familia, que es tan parecida a las nuestras.

Por todo el mundo, son incontables las mujeres que sufren el azote de las guerras y sus hijos con ellas. Muchas toman las armas, trabajan en los servicios de inteligencia o en la asistencia médica o humanitaria. En el triste reparto de tareas impuesto por las circunstancias, estamos acostumbrados a que los hombres se batan en el campo de batalla y las mujeres peleen en la retaguardia, cuidando de los hijos, de los ancianos, esperando el regreso de los soldados para reparar sus heridas y devolverlos a la guerra. Muchas están abocadas a convertirse en botín de guerra.

La organización Ayuda en Acción reporta guerras en activo en la actualidad en Siria, Libia, Yemen, entre Palestina e Israel, entre el Sahara Occidental y Marruecos –en la que España tiene una responsabilidad directa–, en Etiopía y en Mozambique; en el último año se produjeron golpes de Estado en Chad, Guinea-Conakry, Mali, Níger, Sudán y Myanmar, y en América Latina la situación es preocupante en Nicaragua y Colombia, también en Cuba; apenas sabemos qué está pasando en Afganistán tras la toma del poder por parte de los talibanes, y nos llegan noticias de que en el Sahel africano las milicias yihadistas campan a sus anchas. Algunas estadísticas estiman que, en este mismo instante, el mundo está asolado por más de 60 conflictos armados.

En todos ellos, como ahora en Ucrania, hay madres que intentan sobrevivir con sus familias, mujeres que un día se levantaron a preparar el desayuno a sus hijos y vieron cómo el miedo se sentaba con ellos a la mesa.

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