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Ana Bernal-Triviño

Las mujeres ucranianas no están en venta

Los vientres de alquiler

Veo una foto en Twitter que dice: “Las mujeres ucranianas no están en venta”, escrito en un muro de una ciudad. Estos días, vemos mujeres en la guerra huyendo con sus hijos e hijas, otras dando a luz en condiciones infrahumanas, otras resistiendo en el país… Pero hay otras mujeres ucranianas que son invisibles.

Nada más estallar el conflicto, en redes sociales y televisiones, se calificaba como “drama” la situación de quienes pagaron un vientre de alquiler, es decir, a una mujer en Ucrania para comprar el bebé que gestaba, mediante contrato y empresas intermediarias.

La guerra era la oportunidad perfecta para demostrar que la explotación sexual y reproductiva va en contra de los derechos humanos, pero los medios se quedaron en lo de siempre: la preocupación de conseguir el bebé pagado. Ni un periodista preguntó sobre esas mujeres sometidas por contrato y en plena guerra. Cuando aquí, desde la seguridad de nuestros hospitales, una mujer da a luz, se reflexiona sobre los riesgos del parto, la violencia obstétrica o la depresión posparto. Con estas mujeres todo eso desaparece. ¿Sufren o quieren huir? Da igual, son como objetos, nunca tuvieron tampoco libertad de movimientos. Una vez con el bebé en brazos, se cierra el reportaje y nadie pregunta sobre el impacto de parir en mitad de una guerra, sobre la retirada del bebé, sobre su recuperación psicológica, sobre su posparto (huyendo, además, de las bombas) o cómo la pobreza las llevó a esa situación. Es la deshumanización completa y eso sí es un drama y un titular alarmante. Pero no este silencio y las tertulias ocupadas por mitos y desinformación.

Desde decir que es igual que ser donante de órganos (cuando nadie paga en una donación) o que ser padres es un “derecho” cuando Naciones Unidas ya aclaró que “un hijo no es un bien o un servicio que el Estado garantice”. Hagamos reportajes sobre la guerra, sí, pero sobre el verdadero drama: la vulneración de derechos humanos, la explotación silenciada, y no de “contratos” que nunca se tenían que haber producido.

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