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Virginia Gil Torrijos

“Mi revancha es una estrofa”

Por qué ser poeta es una chifladura, una necesidad o un signo de lucidez, según quien lo sienta

El día 21 de marzo, además de ser el Día Mundial del Síndrome de Down, es el designado desde 1999 por la Unesco como Día Mundial de la Poesía. Con esta celebración se pretende consagrar la palabra como valor esencial, a la vez que necesario, y una vía de expresión que permita a las comunidades transmitir sus valores y sus fueros más internos.

Tener una vida de poeta, ser un poeta, no estaba en mis planes. Pero hubo un día en que por una tremenda casualidad, llegaron musas que me rozaron levemente con su polvo de estrellas. Es por ello, que desde entonces, se infiltran en mis sueños con el infortunio de ese aspiracional.

Hay veces incluso que, “en ocasiones, oigo voces” y algunas de ellas me tildan de poeta. Esa definición de mí misma me ilumina y apabulla al mismo tiempo. Porque a pesar de varios libros y algunos pequeños premios, padezco (aunque no creo sea exactamente ese el término) un síndrome, y es en este caso es el de la impostura poética. Ser poeta es algo tan grande, que nunca en el más osado de mis sueños ególatras me podría autocalificar como tal. Como mucho, como muy mucho, pudiera llegar un día a decir que soy “de algunos versillos autora, aunque ya no están de moda” como cantaba mi amada Cecilia.

Pero lo que sí creo, y lo creo firmemente, es que una sociedad sin poesía está abocada a la autodestrucción. Este es mi absoluto convencimiento. El ejercicio mental y moral que supone descifrar el mensaje encriptado de los poetas agudiza el alma, el espíritu y nos hace conectar con la eterna búsqueda de nuestra esencia humana. Y, de ahí, la portentosa grandeza de la Poesía, de ahí, su sutil magnificencia. Por ello hoy, desde esta atalaya, quiero lanzar con mi opinión el anhelo de que se instaure y se ponga en valor este arte, porque el Arte Poético es en sí, la génesis de todas las demás artes.

En mi caso tengo que decir que desde que me inocularon esa impostura, esa impostura poética, vivo en la penuria, porque la poesía (aunque sea impostada) tiene mucho de amargor y de ver el mundo con su negror y con sus nubarrones casi constantes y son su permanente grisura en los cielos. La poesía habla de dolor, sin olvidar la celebración de la vida y del cosmos. La poesía es también sementera de margaritas y nata en los almendros y es júbilo, vibración, pulsión y vigorosa vitalidad para contraponer los males presentidos. Así la veo. Yo así la siento.

Tenía una amiga que decía que Bob Dylan era Dios. Yo no sé si Bob Dylan es Dios, tampoco sé si Dylan es propiamente un poeta a pesar de su Nobel en Literatura. Pero lo que tengo claro es que ser un poeta son palabras mayores. Llegar a tener esa lucidez requiere de mucho trabajo, talento, inquietud, capacidad de observación, empatía y, por supuesto, destreza para describir los detalles de la vida y sus conjuntos.

Otra cosa es ser un poeta impostor, aunque también, salvando las distancias, mirando a los grandes desde la escala más inferior, también eso – digo– tiene su grado de complicación. Cuando uno es un impostor en poesía suele balbucear y moverse entre dos aguas, una la de una realidad, anodina y programada, y otra en un agua más turbia, en el que uno cae de repente, en un “ahora caigo” y así se precipita hacia los infiernos de la frikilandia con su antología de despechos. Y créanme, hay que tener algo de agallas, un pelín de valentía a la vez que impudor, locura y pirada temeridad para salir a veces a recitar tus creencias en forma de versos y expresar el origen de tu tronada chifladura delante de un auditorio casi siempre minoritario. Los más desconocidos, probablemente, tendrán la tentación de reírse un poco (o mucho) de ti y también la tentación de tildarte de amargada, depresiva, lacónica, egocéntrica, diva o, en el mejor de los casos, solo de rara. Pero da igual. Los impostores poetas podemos ser lo que queramos, incluso poetas, en los 3 minutos que te otorgan a veces en un Poetry Slam. Hemos perdido la vergüenza, o la hemos ganado, como Gamoneda, con aquella madre campesina.

También, desde aquí, quisiera comentarles otra de mis convicciones, y es que la poesía tiene mucho de filosofía, casi de religión unitaria, mucho de predicamento en las esquinas. La poesía, si es poesía, tiene mucho de grito, de vómito, de desamparo, de inconformismo, de orfandad y por supuesto, de rebeldía. Por eso ser poeta, son palabras mayores. Por eso yo también tengo mis dioses, o mejor dicho, mis ángeles, a los que imploro, como al Ángel González cuando afirmaba aquello de “esto es un poema / mantén sucia la estrofa/ escupe dentro”, o, también, al obsceno ángel Bukowski cuando era capaz de soltar versos tan pornográficos, tan atroces como el de “hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir/ pero soy duro con él”. Sí, yo tengo mis ángeles, y mis “ángelas”, pero como últimamente me dicen que todo lo estoy convirtiendo en un panfleto feminista, hoy solo los nombraré a ellos (otro día, si me dejan, las nombraré a ellas).

Solo quisiera añadirles una consideración y es la de que la poesía, para algunos, es tan necesaria como el respirar. Es una tabla de salvación, un diario alimento. Sin ella, creo, estaríamos todos permanente apastillados de tanto ansiolítico. En mi caso concreto, con la poesía he descubierto que “mi revancha es una estrofa”, y desde este lugar en el mundo combato y tomo partido ante los desaires de la vida y del destino.

Lean poesía. Por favor, háganlo. Y también, sobre todo, compren poesía. Sean solidarios con esta impostura.

Feliz 21M.

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