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Eduardo Ciordia

Colapso mundial

Cómo reaccionamos ante el final de una era

En la película “No mires arriba”, Leonardo DiCaprio como astrónomo le dice a Meryl Streep como presidenta de Estados Unidos que un enorme cometa se acerca a la Tierra y en seis meses será destruida. La presidenta opta por ignorarlo. Días después la principal televisión tampoco le da importancia.

“Lo más extraño sobre las catástrofes es que a menudo sabemos lo que ocurre, y lo que podría ocurrir, pero no nos lo creemos”, escriben los investigadores franceses Pablo Servigne y Raphael Stevens en su ensayo “Colapsología”, en el que hace siete años alertaban sobre una época de desastres mundiales que cambiará nuestras vidas radicalmente.

Las publicaciones científicas que contemplan una deriva global catastrófica son cada vez más numerosas y están más respaldadas. Sin embargo, a pesar de los avisos y los datos, parece que los seres humanos no estemos preparados para los peligros que representan las amenazas sistémicas a largo plazo. “¿Por qué no hemos conseguido reaccionar ante el calentamiento global?” se pregunta Clive Hamilton profesor de la Universidad de Australia en su libro “Réquiem por una especie”.

Dmitry Orlov, ingeniero ruso-estadounidense que se dio a conocer por estudiar el colapso de la Unión Soviética y compararlo con el que también vivirá Estados Unidos, hace una propuesta de cómo se acaban produciendo. Para ello, plantea un proceso progresivo de seis tipos de colapso en función de su gravedad, de menor a mayor: financiero (mejor acostumbrarse a vivir con poco o nada de dinero), económico (más vale tener los medios para cubrir las necesidades básicas), político (se pierde la esperanza de que el Gobierno se haga cargo de los ciudadanos), social (mejor formar parte de comunidades pequeñas que permanezcan unidas), cultural (se desvanece la fe en la empatía humana) y ecológico (la posibilidad de recuperar una sociedad en un medioambiente extenuado será ínfima).

Ante el colapso, Servigne y Stevens identifican varios tipos de reacciones humanas. Desde personas que se sienten impotentes frente a la destrucción de nuestro mundo y por ello han desarrollado un cierto resentimiento hacia la sociedad. Hasta otros grupos a los que les da igual todo y creen que es mejor aprovechar lo que queda, bien para disfrutar de cada momento o para echarlo a perder. O gente que construye espacios para protegerse, almacenan víveres y armas y se preparan para la violencia.

Finalmente encuentran un grupo cada vez más numeroso que apelan a una transición a gran escala porque piensan que todos estamos en el mismo barco, que es imposible permanecer aislado en un mundo global donde estamos vinculados, como se ha visto con la pandemia.

Estas personas creen que el futuro se encuentra en los servicios comunitarios, las redes locales, ecoaldeas, viviendas colaborativas, grupos vecinales o asociaciones de barrio que son las que trabajan sobre el terreno cada día para hacer frente a los problemas ciudadanos. Piensan que la mejor forma de prepararse ante un colapso mundial es reforzar los vínculos estrechos y concretos con los que están cerca de nosotros, reconstruir un tejido social vivo y crear un nuevo clima de confianza colectiva porque los grupos cooperativos son los que tienen mayores posibilidades de supervivencia.

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