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Antonio Trevín

El camión no da ya la felicidad

La huelga del transporte: sus razones y sus problemas

Yo, para ser feliz, quiero un camión / Llevar el pecho tatuado, en camiseta mascar tabaco / Yo, para ser feliz, quiero un camión...

Loquillo

Soy hijo de camionero. Mi padre fue un pequeño autónomo que nos ganó la vida con un par de camiones de obra. Dos GMCs que hicieron la guerra de Corea y contribuyeron al movimiento de tierras en la cimentación de Ensidesa y la rehabilitación del Parador Hostal San Marcos de León. Durante un breve tiempo fue también propietario de otro para transportar mercancías por carretera. Por ello, y por su incidencia en la empresa en la que actualmente trabajo, sigo con mucha atención la actual huelga del transporte.

Cualquier sector cuya actividad tenga una gran dependencia del combustible o la energía tiene hoy poderosas razones para sentirse desasosegado y molesto. El indudable éxito del Presidente Pedro Sánchez en la cumbre europea de la semana pasada y el acuerdo de la Ministra de transportes con las principales organizaciones de transportistas empiezan a dar respuestas a quien hasta ahora sólo tenía problemas, pero necesitan tiempo para su pleno desarrollo. Y la impaciencia campa a sus anchas entre quienes siguieron hasta ahora la movilización.

Su desazón viene de muy lejos. Ser conductor de camión o transportista autopatrono en España es para nota. Horarios imposibles, márgenes más que menguantes, conciliación familiar que brilla por su ausencia. Todo ello aderezado con una crisis de caballo en el liderazgo de sus organizaciones. El tan dañino, para el sistema democrático, “no nos representan” no se circunscribe ya y exclusivamente al ámbito político. Está invadiendo el mundo sindical. En la seguridad y en el campo. Entre el funcionariado y el transportista.

El lema en todos los casos es el mismo: “Hay que armala”, con consecuencias nefastas. Hasta para quien lidera las movilizaciones, como se está comprobando en esta huelga. Una de las organizaciones convocantes aceptó reconocer la necesidad de mantener la actividad en empresas esenciales asturianas. Dotó a sus transportes de una identificación para que trabajaran con normalidad. La misma duró un día. Al siguiente pincharon las ruedas a sus vehículos. “Fueron unos incontrolados”, se justificaron. Pero se acabaron las “autorizaciones”. Solo con escolta de la guardia civil pueden mantener su actividad, a día de hoy, industrias vitales para Asturias. Otra más que le debemos al benemérito cuerpo.

Creo necesario que continúe el diálogo con los huelguistas, pero también movilizar todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para asegurar la actividad de servicios y empresas esenciales para España y los empleos de sus trabajadores. No es aceptable el bloqueo que algunos pretenden, amparándose en la justas reivindicaciones de los camioneros. Conviene no olvidar la advertencia de Lluis Uría: ”Hay quienes, en lugar de la paz, prefieren buscar la victoria. Otros, el cuanto peor, mejor.”

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