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Antonio Trevín

Oráculo, servidor público y sobre todo amigo

Un merecido homenaje a Benigno Fernández Fano

Se nos “jubiló” un amigo. Lo llamamos Fano, pero se llama Benigno. Nunca un apellido se disfrazó tan bien de nombre.

Se “jubiló” hace unos meses como funcionario, pero jamás lo fue. Fue un servidor público, que no es lo mismo.

Tiene el título de veterinario pero, a pesar de que ama a su perro Tonín, saneó mucho vacuno y presidió la Fundación Oso, lo prioritario para él no son los animales sino las personas.

Nació en el paraíso natural del Muñás de Arriba valdesano. Es asturiano por nacimiento por convencimiento y vocación. Y sin embargo fue Director General en Galicia antes que en Asturias.

Eso si, posteriormente, ejerció múltiples responsabilidades en el medio rural asturiano.

Entre 1991 y 1993, Director regional de Agricultura y Ganadería. Después al frente de la Fundación Oso. Entre 1999 y 2013 fue gerente de la comisión regional del Banco de Tierras. En julio de 2017 lo nombran Viceconsejero de Medio Ambiente y en Mayo de 2019 Consejero, de Infraestructuras, Ordenación del Territorio y Medio Ambiente.

Muchas realizaciones posibilitó con su gestión. Voy a referirme solo a dos. El convenio del Canal del Narcea que asegura, para un periodo amplio, el abastecimiento de agua al centro de Asturias y la mejora del acceso a la vega de las Mantegas, obra menor en el panorama autonómico, pero de alta consideración para todos los amantes del queso gamonéu. Por dicho acceso recibió del Ayuntamiento de Onís el “Gamonéu de oro”, galardón que se revaloriza al llevar aparejada una buena y contundente pieza del mismo.

Si creen que el hiperactivo Fano, con todo esto, tenía bastante, están muy equivocados. Le sobró tiempo para presidir el Club de Campo La Fresneda. Para estudiar los montes comunales asturianos, rehabilitar un molino en Muñás de Arriba o para asesorar a todo grupo agrario que lo demande. Hoy pertenece oficialmente a las clases pasivas. Realmente nunca pertenecerá.

Todo el que conoce a Fano sabe que siempre podrá contar con Yolanda, su mujer, y con él. Para un consejo sobre queserías o una ganaderías; afrontar unas elecciones en el medio rural; conocer las disposiciones comunitarias que más nos beneficien; poner en valor de terrenos comunales totalmente abandonados. Y para tantas y tantas cosas más.

Él es un maestro en la práctica de la amistad. En esto no admite medias tintas. Es de filias y fobias. De los segundos me apiado, pero los primeros tenemos una suerte de la leche.

Ambos, estén en la Fresneda, en la playa de Cueva, o en cualquier otro lugar o situación, cuando los necesites, estarán. Por muy dura, difícil o desagradable que sea la circunstancia.

Todo esto lo certifico yo que, tras elegirlo como testigo de boda, le escuché, patidifuso, como en plena ceremonia recomendaba, reiteradamente, a Luisa, mi mujer, que no se fiara de mi.

Y, sin embargo, mi confianza en él sigue intacta. Porque es una persona solvente; un tipo bueno y sentimental, que de vez en cuando se disfraza de castigador; un hombre pasional e hiperactivo. Un amigo cariñoso, extremadamente leal y siempre dispuesto a echarte una mano.

Y un obsesivo aficionado a la bicicleta. Siempre dispuesto a recorrer Asturias y España. A pesar de algunas lesiones que le han cogido cariño. Pero como dijo Jaume Roures: ”A partir de los 50 años si al levantarte no te duele nada, es que estás muerto”.

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