Opinión
De 2017 a la actualidad: repaso a la campaña de desprestigio que sufre Carlos López Otín
Los ciudadanos tienen el derecho a saber la verdad de un acoso cruel contra el científico que todavía no ha cesado

Una ilustración sobre Carlos López Otín. / Pablo Álvarez
Cuando Carlos López Otín se incorporó a la Universidad de Oviedo como profesor de Bioquímica y Biología Molecular, en 1987, ya era un joven científico –tenía 29 años– con un magnífico futuro por delante. Lo avala una carta que, a modo de salvoconducto, escribió el Nobel Severo Ochoa para que Otín la entregara “a quien corresponda”. En esa misiva, el bioquímico asturiano informaba a la Universidad de que ingresaba en sus aulas un destacadísimo científico y brillante investigador y solicitaba a los responsables académicos que le facilitaran su trabajo porque traería grandes beneficios a la institución asturiana. Lo que no decía la carta, cuyo contenido figura entre la documentación que López Otín presentó cuando obtuvo la cátedra de Bioquímica y Biología Molecular (1993), es que Ochoa le desaconsejó que dejara el Centro de Biología Molecular de Madrid para trasladarse a Oviedo. “Será el error más grande de tu vida”, le dijo.
Treinta y cinco años después, López Otín es el científico más destacado en la historia de nuestra Universidad, el que la ha situado en el mapa internacional de la ciencia. Siempre acompañado de su equipo, es una figura mundial en la investigación del cáncer, las enfermedades hereditarias y el envejecimiento y uno de los diez investigadores europeos de mayor impacto en su especialidad. Es, además, un magnífico profesor, orgulloso de sus alumnos, que presume de no haber faltado un solo día a clase. Maestro con escuela y discípulos repartidos por todo el mundo, López Otín es un sobresaliente conferenciante, con una inusual capacidad didáctica para trasladar a diferentes grupos sociales los aspectos más complicados y difíciles de la ciencia. Y, por si fuera poco, ha combinado todo ello con la que él denomina “mirada humana”, el contacto estrecho con los que sufren o padecen a causa de estas enfermedades.
La brillantez académica de López Otín y su equipo, en el que también figuraba su esposa, la catedrática Gloria Velasco Cotarelo, nunca fue fácil de digerir por un reducido grupo de colegas. La envidia y la maldad genética que anidan en algunos humanos produce, en ocasiones, daños irreparables.
Víctima de una campaña de acoso y desprestigio, que se inicia hace años pero que se desarrolla sobre todo en las redes, entre 2017 y 2020, López Otín se quiebra y enferma de depresión. Con la perspectiva del tiempo, hoy sabemos que aquellos nueve artículos de los más de 450 publicados que fueron revisados por unas irregularidades detectadas en la presentación de datos, cuyas conclusiones y resultados siempre fueron válidos, apenas tienen relevancia en su sólida trayectoria científica. Así lo ratificaron el Comité de Ética de la Universidad de Oviedo, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España y destacados científicos. En los últimos meses, siete investigadores le han pedido perdón por los artículos u opiniones denigratorias que publicaron en sus páginas web y blogs.
En mayo de 2018, la infección masiva sufrida en el bioterio de la Universidad de Oviedo, que obligó a sacrificar la mayor parte de los casi seis mil ratones modificados genéticamente que se conservaban en la instalación, casi todos del laboratorio de López Otín, supuso otro duro golpe para el investigador. Con la perspectiva del tiempo, sonroja la pasividad de la Universidad al no investigar lo sucedido. Los grandes perjudicados fueron, probablemente, los miles de pacientes que podrían beneficiarse de esos estudios sobre el cáncer y el envejecimiento.
López Otín enfermó y, en el proceso curativo, escribió tres libros de divulgación científica que hoy ya son imprescindibles a la hora de abordar las cuestiones que tratan: “La vida en cuatro letras”, “El sueño del tiempo” y “Egoístas, inmortales y viajeras”. Su esposa también enfermó y se vio obligada a pedir la jubilación anticipada.
En mayo de 2021 presenta en la Universidad de Oviedo una denuncia por acoso personal y profesional contra Pedro Sánchez Lazo, catedrático de Biología Molecular y profesor emérito, y Antonello Novelli, doctor contratado y profesor de Psicobiología. Una de las conclusiones del expediente informativo abierto, en el que han declarado catorce personas además de los afectados, es que “no se ha podido detectar indicio alguno” de que estos dos profesores “hayan tomado parte activa en la campaña mediática de “ciberacoso’”. Pero otra, no menos importante, es que admite que el científico ha sido víctima de esa campaña.
Uno de los testigos propuestos por el juez instructor, profesor de Psicología, califica lo padecido por López Otín como “un ejemplo de ciberacoso, una sofisticada campaña de desprestigio en la que el actor principal parece ser el Dr. Leonid Schneider, que sostiene un blog denominado “For better science”.
El expediente, no obstante, aporta datos que revelan un hábitat universitario bastante alejado de la excelencia, el estudio y el conocimiento. Hay varios ejemplos que dibujan una convivencia enferma. Uno de ellos puede ser la falta de respeto de uno de los profesores acusados, a quien no le gusta que un grupo de colegas proponga que la votación para decidir su condición de emérito sea secreta y exige que se identifique a quienes lo sugieren “para escarnio de sus promotores”. El juez instructor la considera “muy poco apropiada en este contexto académico”. Finalmente, el departamento de Bioquímica votó en contra de ese nombramiento. El susodicho profesor es hoy emérito por decisión del consejo de gobierno de la Universidad, entonces presidida por Santiago Gutiérrez Granda.
Tampoco resulta muy apropiado que el citado catedrático emérito comente a una trabajadora de la Universidad, en enero de 2021, que “Gloria (en referencia a la esposa de Otín) no ha aguantado la presión y ya se ha jubilado. Nos ha extrañado porque pensábamos que el primero en caer iba a ser Carlos. Qué cosa tan curiosa”.
Más grave, a juicio del instructor, es la “entrevista” que el citado profesor mantiene, en su despacho, con esta misma trabajadora y una de las testigos de López Otín “en circunstancias objetivamente intimidatorias” y que “no resulta en modo alguno una conducta aceptable en la organización universitaria”, por lo que propone la apertura de un expediente disciplinario.
Sobre el otro profesor denunciado por Otín, el instructor aconseja la apertura de otra investigación por “atentado grave a la dignidad de compañeros” por unos comentarios en los que descalificaba el trabajo del Premio Nacional de Investigación y Premio Jaime I -dos de la veintena de galardones que fueron otorgados a Otín y que, con la excepción del de la revista “Nature”, jamás le fueron retirados-. En este caso, el profesor citado envió el 14 de mayo de 2021 un correo a un grupo de trabajo compuesto por 33 personas de diferentes departamentos de la Universidad de Oviedo y de otras instituciones en el que, entre otras cosas, acusaba al denunciante de fraude científico. El juez instructor argumenta con pruebas y testimonios que López Otín en ningún caso cometió tal fraude.
Son hechos resumidos, en los que se dibujan dos formas opuestas de hacer Universidad. La ciudadanía, con cuyos impuestos se financia la institución, tiene el derecho a saber y a conocer la verdad de un acoso cruel, que no ha cesado (López Otín continúa recibiendo mensajes anónimos, del tipo “no te vamos a dejar en paz”). Nada volverá a ser como antes de 2017, pero cinco años después de tanto sufrimiento, sigue siendo el científico más importante y más citado en la historia de nuestra universidad, como lo demuestra su artículo “Las claves de la salud”, publicado el pasado año en la revista “Cell”. Merece, sin duda, disculpas públicas por tanta vileza.
Si Asturias y su universidad no están a la altura y lo pierden, será un fracaso histórico. Y Severo Ochoa habrá tenido razón. Una vez más.
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