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Susana Solís

Futuro Europa

Susana Solís

Eurodiputada asturiana por Ciudadanos

En los malos momentos, más Europa

Tres grandes crisis en tres años de legislatura del Parlamento Europeo

A veces hay que hacer una pausa y mirar alrededor para examinar nuestros horizontes –personales, profesionales– sin los apremios de cada día. Yo acabo de aprovechar el final de las vacaciones familiares de Semana Santa y la vuelta a las reuniones y el ajetreo para reflexionar sobre cómo ha cambiado Europa desde que soy diputada en el Parlamento Europeo.

Hace ya unos meses que rebasamos el ecuador de la legislatura –el midterm o mitad de mandato, en la jerga de los pasillos parlamentarios– y no puedo sino sorprenderme por la gran cantidad de transformaciones, más bien de crisis, que ha habido durante este tiempo. En estos casi tres años como eurodiputada he vivido tres acontecimientos históricos que han puesto o ponen en peligro el modelo de Unión Europea que conocemos: el desgarro del Brexit, la sacudida de la covid-19 y la terrible invasión de Ucrania.

El 1 de febrero de 2020, pocos meses después de recoger mi acta, se produjo la salida de Gran Bretaña del club europeo en el que había entrado cuarenta y siete años antes, en 1973. No es ahora momento de analizar en profundidad las consecuencias, pero los británicos ya saben que es más fácil prometer que cumplir: han visto caer su crecimiento y sus exportaciones, han sufrido desabastecimientos, los subsidios de la Política Agraria Común han desaparecido y hay escasez de mano de obra en ciertas profesiones. En todo caso, fue un mal momento para unos y otros, pero Europa salió adelante.

Y prácticamente sin pausa, llegó la covid-19. Tenemos aún muy presente su impacto sanitario, económico y laboral, pero también psicológico, en todos nosotros. Recuerdo los primeros días de confusión, hace poco más de dos años, el golpe de parar el funcionamiento de las sociedades y la incertidumbre que implicó la primera pandemia realmente global, que nos demostró nuestra enorme dependencia de la ciencia y la tecnología. Hubo momentos de duda: las mascarillas llegadas de China y no de socios europeos nos hicieron pensar que era el fin de la solidaridad en la UE. Parecía que volvía a imperar la ley del más fuerte. Pero conseguimos recomponernos y darnos cuenta de que unidos éramos más fuertes. Eso me llenó de orgullo.

Vimos después un programa histórico de emisión de deuda conjunta, porque todos los países, incluso los temidos frugales del norte, entendieron que sin un mercado común fuerte la economía no sobreviviría. Estamos poniendo en marcha unos planes de recuperación que –mal que bien– deberían relanzar las empresas e invertir en los sectores clave para evitar que futuras crisis tengan un impacto tan profundo. Aunque llevo meses pronosticando un futuro no muy halagüeño para estos fondos, espero no tener razón y que no debamos lamentarlos como una gran oportunidad perdida. Pero Europa abordó esta segunda crisis también con éxito.

Ahora nos enfrentamos a un tercer peligro radicalmente distinto. La invasión de Ucrania nos ha devuelto de golpe a escenas del peor pasado europeo, a conductas inhumanas y a sufrimientos insoportables. Y aunque nuestra respuesta política y solidaria está yendo por buen camino, y la UE es el faro de la libertad y la prosperidad por las que luchan los ucranianos y que odia el cruel nacionalismo de Putin, también es cierto que nos enfrentamos a una cruda realidad: estamos financiando sus atrocidades por nuestra falta de independencia. Lo que ya sufrimos con las mascarillas lo vemos hoy con la energía. ¿Qué más hace falta para que reaccionemos? ¿Otra gran crisis para que nos demos cuenta de que tenemos que avanzar hacia una Europa que invierta en tecnología, energía e industria?

A corto plazo, es urgente que, además de las sanciones y la ayuda militar, demos pasos serios hacia el embargo de las importaciones de gas y petróleo de Rusia. Hacen falta sacrificios, claro. Pero dejar de financiar la maquinaria bélica que aplasta a los ucranianos y empezar a sentar las bases de una mayor independencia energética son exigencias del presente y del futuro de esta UE que siempre, siempre, encuentra soluciones a sus crisis cuando las respuestas pasan por más Europa, no por menos.

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