Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Xuan Xose

De aquella derecha a esta

Sobre el origen derechista de los movimientos asturianistas de hace un siglo

Me traslada electrónicamente mi buen amigo Lluis Ánxel Núñez Enríquez el texto de uno de los dos o tres únicos ejemplares impresos de “Ecos de mi aldea” conocidos hasta ahora (a pesar, sin embargo, de su éxito editorial: “El Diario de La Marina”, de Cuba, por ejemplo, daba noticia de la tercera edición del libro en 1891). Dicho libro, digitalizado por Google, se halla en la universidad de Harvard desde 1920. Por una de esas abundantes “asturianadas” (“Ni nos vemos ni nos ven” he troquelado como definición de nuestro ser y valer histórico) el texto no se halla fichado bajo el nombre de su autora, Matilde de Soignie de las Alas Pumariño, sino de Enrique Yuste Arias, probablemente el propietario del ejemplar en su momento. Hasta ahora solo disponíamos los ciudadanos de la transcripción de un texto mecanografiado de la obra, realizada por Mercedes de Soignie Fernández, una descendiente de la autora, editado por la Academia de la Llingua Asturiana. Una somera comparación permite ver bastantes discrepancias entre el texto editado (1890) y el mecanografiado (hacia 1870).

Pero no es sobre “Ecos de mi aldea” sobre lo que quiero hablar, sino de las reflexiones que me provoca el segundo apellido de doña Matilde, de las Alas Pumariño. Los Alas Pumariño son una familia con importante presencia pública, tanto en Asturies como en España, en los ámbitos políticos, de la abogacía y de servicio al Estado. Uno de ellos, Armando de las Alas Pumariño, publica en 1919 “Las manifestaciones de regionalismo en Asturias”, que ve la luz en un momento en que la conciencia regional/nacional bulle en las artes, la política y el periodismo, y en el que se emprenden una serie de iniciativas políticas reivindicativas desde un punto de vista asturianista (esto es, no estatalista). La Liga Pro-Asturias, la Junta Regionalista y otras asociaciones más o menos coyunturales, apoyadas con frecuencia desde la Diputación, proponen un programa que tiene tres ejes: la exigencia de mayor autonomía para el país (a veces con una reivindicación explícitamente “fuerista” y de recuerdo de la Xunta Xeneral, suprimida con la articulación territorial de Javier de Burgos), el rechazo del centralismo y una serie de reivindicaciones económicas de variado tipo.

No es una casualidad que en 1919 se crease la Real Academia de Artes y Letras, fundamentalmente una academia de la lengua asturiana, que tiene como presidente honorario al Príncipe de Asturias y cuyo secretario es el vizconde de Campo Grande. Destacamos este nombre porque él es el autor del manifiesto asturianista/autonomista más importante de la época, “Doctrina asturianista” (1918), cuyo lema era el de “Asturias libre, regida por sí misma”.

El texto tuvo un notable y contradictorio eco en el resto de España. Así, el periódico “La Libertad”, un medio madrileño, de izquierdas, obrerista y socializante, criticaba la publicación en un artículo que titulaba “Cómo se inicia una campaña separatista”. Al contrario, “La Correspondencia” de Valencia encabezaba así: “Hacia la liberación de Asturias”. Y afirmaba que existía en Asturies “un potente movimiento regionalista que reviste todos los caracteres de un nacionalismo más que incipiente”.

Todas estas iniciativas, discursos y textos, lo saben ustedes de sobra, se producen en el ámbito de la derecha. Y al reflexionar sobre ello y comparar aquella derecha opuesta al centralismo, capaz de organizarse autónomamente en su territorio y defender sus intereses económicos, amante de su cultura (sí, sí, de su lengua), con la derecha actuante desde 1978, que no es más, especialmente en el ámbito político, que una sucursal de Madrid, de donde recibe sus ideas, sus discursos, sus pensamientos o, incluso, en ocasiones, las órdenes de autodestrucción; una derecha que es, además, en una gran parte, hostil hacia su cultura y su lengua, o, como mucho, indiferente; que, por decirlo así, se fue de la sidra a la cazalla, de la fabada al gazpacho, del universal y asturiano churro a la porra madrileña, uno no puede dejar de hacerse señardosas preguntas al modo de Jorge Manrique: “¿Qué se fizo el rey don Juan? / ¿Los infantes de Aragón, / qué se fizieron? / ¿Qué fue de tanto galán? / ¿Qué fue de tanta invención, como truxeron?

Compartir el artículo

stats