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Manuel Campa

Más montañas mágicas

Manuel Campa

Un mundo rural vaciado

Entre el Nalón y el Navia queda el perfil de las antiguas brañas de los vaqueiros

Braña de Los Corros (Valdés).

Desde hace un cuarto de siglo, los economistas asturianos más destacados, con los estudios de SADEI a la cabeza, vienen avisando del papel central que, para nuestro futuro, corresponde al problema demográfico. Del que hay aspectos que pueden revertirse, como han conseguido algunos países escandinavos con el índice de nacimientos, aumentando a dos años los permisos de maternidad, con una red pública suficiente y gratuita de guarderías y jardines de infancia y con diversos estímulos económicos. Pero hay otras manifestaciones de la crisis demográfica muy difícilmente recuperables, como es el abandono y vaciamiento de las viviendas y de los pueblos, que da lugar a un nuevo desierto verde, de artos, ortigas y maleza. Hay, actualmente, 26 ayuntamientos en Asturias con menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado.

El abandono y el vaciamiento de las viviendas y de los pueblos dan lugar a un nuevo desierto verde, de artos, ortigas y maleza. Hay, actualmente, 26 ayuntamientos con menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado

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El vaciamiento comienza por la huida masiva de los jóvenes de la ganadería y la agricultura y culmina con caserías y aldeas totalmente deshabitadas. Muchos de los lugares asturianos actualmente habitados ya no cuentan con jóvenes en tareas agrícolas. Ante la falta de estímulos prefieren cualquier otro trabajo. Por eso, ante la ausencia de juventud en los pueblos escribió el poeta Felipe Prieto:

Denantes había palumbes n’esti pueblu,

Agora nuestres palumbes son los cuervos.

Partiendo de la impresión desoladora que producen las 33 localidades deshabitadas en Tineo –no tantas relativamente, si las comparamos con los cercanos concejos de Allande o Pesoz, por ejemplo– más las casas deshabitadas y abandonadas en muchos pueblos, en contraste con su habilidad de orfebre, Lucas Santiago da testimonio con su exposición en el Museo Evaristo Valle de Somió del problema actual y, sobre todo, del futuro que nos espera en los pequeños pueblos si no se atacan las causas de la caída demográfica del campo asturiano. Ninguna imagen más expresiva de la despoblación que las que ofrecen, hoy, algunas brañas milenarias, algunas incluidas en la donación el 1-5-1010 al monasterio de Bárcena por el rey leonés Alfonso V, como, por ejemplo, las de Beisapias, en Cerredo (Tineo), y la de Braña Traviesas, hoy un barrio de Los Corros, en Valdés. Yo tengo siempre en la memoria las brañas de La Pornacal en Somiedo, Brañaseca en Cudillero, Los Corros en Valdés, y Rel.louso, la braña sin fuentes, en Tineo. Dondequiera que uno se encuentre, entre los ríos Nalón y Navia, es posible que pueda contemplar en las alturas alguna de las brañas de vaqueiros, los pastores trashumantes que, según José Manuel González “Piedrina”, continúan una forma de vida parecida a la de los antiguos pésicos. En las zonas del interior están las brañas de verano, más próximas a la costa las brañas de invierno. “Arriba –escribió el antropólogo Adolfo García– los vaqueiros y sus ganados se sentían realmente en su verdadero lugar, pues hay más abundancia, más unión, más libertad…”. El rasgo que caracteriza, a primera vista, la braña vaqueira es la considerable separación en que se hallan las viviendas-cabaña unas de otras –si exceptuamos las construcciones del último medio siglo–. Este distanciamiento de las viviendas estaba condicionado, seguramente, por la necesidad de manejar el ganado con un uso muy limitado del carro. Los vaqueiros no utilizaban el carro en las alzadas de la primavera y la seronda. Una vez en la braña llama la atención la proliferación, entre los viejos caminos, de las “estrechas” o vías tan angostas que no podía pasar el carro, y donde se colocaban los potes, entre las dos paredes, en los banquetes fúnebres, a los que cada comensal tenía que aportar la cuyar y la escudiel.la.

Aspiramos a que un equipo español gane la Copa de Europa de fútbol. Pero nos es indiferente que la primera Universidad española, la de Barcelona, esté en la prestigiosa clasificación de Shanghái en el puesto 156

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Los vaqueiros, creadores del mejor folclore occidental de Asturias, en cambio no contaron con el entusiasmo de pintores que tuvieran la misma dedicación que artistas como Ortega Muñoz o Benjamín Palencia, que inmortalizaron las tramas espaciales de las viñas castellano-manchegas. Escribió Valentín Andrés que los campesinos asturianos, a la vez que trabajaban la tierra, casi sin pretenderlo, llenaban de belleza el paisaje.

En las engarradiel.las, o amarradiel.las, que se formaban al final de las romerías, uno de los gritos de guerra de los pueblos altos era:

Viva l’árgoma florida

Morra la fueya podrida.

Esta lamentable costumbre, que los asturianos llevamos incluso a la emigración, motivó, a comienzos del siglo XIX, la prohibición a nuestros paisanos de celebrar romerías en Madrid. Ni siquiera se les permitía hacer la fiesta del “bollo”.

La discriminación de los vaqueiros tenía una manifestación pública en las rayas o vigas que señalaban de dónde no podían pasar, en la mayor parte de las iglesias, entre el Nalón y el Navia. Para evitar que se borrase la señal que queda en la iglesia de San Martín de Luiña, hubo que declararla en la década de los 80 bien de interés cultural. Al lado de esa manifestación oficial de menosprecio de los vaqueiros había otras señales no tan visibles. Había un ferreiro en Aguasmestas que, cuando hacían la alzada los vaqueiros de Somiedo, en cuanto los veía venir, les echaba dos o tres ferraduras candentes, roxas, recién sacadas del barquín, al camino, mientras celebraba con grandes risotadas, con otros guilopos de la vecindad, cómo se quemaban las manos los vaqueiros al agacharse y coger las ferraduras, como en un chiste de Gila.

Los vaqueiros eran solidarios entre sí. Cuando murió, hace un siglo, Pacharón el viecho, en Bustel.lán, a los pocos días se oyó, a altas horas de la noche, su voz en el parreiro pidiendo a su hijo que diera la mejor vaca roxa a Pichu, que era el más probe de la braña. Así se hizo. Pero algunos vecinos hicieron burla de la supuesta aparición del difunto, y Picho tuvo que devolver la vaca porque la voz, al parecer, había sido la suya, ya que sabía imitar el habla de todos los vecinos de la Braña.

En los momentos solemnes los vaqueiros –como los demás asturianos– hablaban en castellano. Por eso, el tratante el Culandro, en ca Lulo, el bar de Navelgas, decía: “el caballo me interesa porque no tiene ganga”. “Quies decir –preguntaba Xuacón– que el burro nun ta coxo”. “Exactamente –añadía el Culandro– el caballo no tiene ganga”. Pero, a veces, el uso del castellano traía complicaciones. Fonso, de Bustel.lán, se encontró con la Guardia Civil en la Cobertoira cuando iba al mercado de Tineo. “¿Qué lleva el burro en las banastras?” le preguntaron. “Lleva pollas”. Pero rápidamente aclaró: “Señores guardias, pollas gallinas son”.

Una buena parte de las brañas asturianas ha quedado despoblada. Queda la belleza de los pueblos vaqueiros, y la esperanza de que, con las medidas adecuadas, llegue la recuperación del campo asturiano

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Como revelan los cantares vaqueiros, el sentido del humor de este grupo era excepcional. El Culandro y Xuacón, tratantes de caballos, eran muy amigos. Pero un día habían cargado delanteiro y se les levantó el año de la seca. Iban desde Tineo a la Casa del Puerto, con mucha gente, de pie en la Papona, la camioneta de Enrique, y empezaron a levantar las muletas amenazándose. El conductor, con toda la paciencia del mundo, detuvo el vehículo para que bajaran y arreglaran sus diferencias en la carretera. Al momento se amigaban, pero al subir de nuevo al vehículo volvían a levantar las muletas con la natural alarma de los demás viajeros. Al final, no pasaba nada y seguían tan amigos como siempre.

La economía de los vaqueiros era, en muchos casos, muy modesta. Gayo de las Tabiernas vendía una carga de leña en Luarca y recorría todos los bancos a ver quién le daba mayor interés por el capital de unos céntimos. Sin embargo, en Madrid había muchos vaqueiros con negocios prósperos en carbonerías y tascas, como era el caso, por ejemplo, de los Verdasco, que tienen el restaurante La Bola, famoso por su excepcional cocido madrileño, el Café de Chinitas, tablao flamenco, y, en Boadilla del Monte, el restaurante La Cañada, donde aprendió a jugar al tenis Fernando, que dio el triunfo decisivo, en la copa Davis de 2008, a España frente a la Argentina en Mar del Plata, con un público formado, en buena parte, por vaqueiros emigrados a la Argentina.

El economista y político asturiano Jesús Arango, gran conocedor del campo asturiano, promueve, con buen criterio, para detener el proceso de despoblación de nuestro deprimido medio rural: diversificación, productividad, innovación y exportación. Dos palabras sobre la innovación. La capacidad de innovar depende, sobre todo, de la investigación. El lugar de la investigación es la Universidad. Aspiramos a que un equipo español gane la final de Champions o copa de Europa de fútbol. Pero nos es indiferente que la primera Universidad española, la Universidad de Barcelona, esté, en la prestigiosa clasificación de Shanghái (2018), basada, sobre todo, en la actividad investigadora, en el puesto 156. ¿Qué diríamos los aficionados al fútbol si nuestro equipo mejor clasificado no estuviera ni entre los cien primeros? A pesar de contar con grandes científicos, la producción investigadora de la Universidad Española, en conjunto, no está entre las primeras. Sin renegar del fútbol, ni de los bolos, debemos aspirar a que, al menos, media docena de Universidades españolas figuren entre las doscientas primeras del mundo, como ocurre con los países europeos de mejor tradición cultural y científica.

Una buena parte de las brañas asturianas ha quedado despoblada. Queda la belleza plástica de los pueblos vaqueiros con sus casas-cabaña separadas. Con esta evocación de la vida de los vaqueiros queda, también, la esperanza de que, con las medidas adecuadas, llegue la recuperación a las brañas, como a todo el campo asturiano.

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