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Carlos Fernández

Un noruego

Fichar un presidente del Gobierno en el extranjero

El asado de la cueva del Sidrón, con unos paisanos de fiesta comiéndose a una familia vecina ya nos dice cosas. Menos mal que los echó del prao el agua aquella tarde y quedaron allí los trozos de condumio que unos miles de años después recuperaron unos chavales de la Universidad de Oviedo, y en los costillares supieron ver hasta el DNI de aquellos neanderthales que no sabían que lo eran. Ahora seguimos comiéndonos unos a otros pero guardando las formas; es otra cosa. No te como el brazo pero te cobro por la habitación de hotel el triple que la semana pasada porque estamos en Feria aunque los gastos del personal sean los mismos, o estoy de baja un mes porque retorcí un dedo, o me subo el sueldo –más aún, aunque ya es insultante– porque al ser diputado la ley me obliga, no porque yo quiera.

En realidad España empezó con sus problemas el mismo día en el que se creó; por la mañana, además. No se esperó a la tarde. Aunque los líos ya le venían de atrás. Baste ver los astures y los romanos a trancazos por Carabanzo, Pelayo a pedradas con Munuza (bueno, a lo mejor eso se debía a que eran cuñados, siendo así se entiende), los asturianos contra los gallegos, a pesar de montarles el chollazo del Camino de Santiago, los leoneses contra los navarros. Y después de Granada, los cristianos contra los judíos, los españoles de América contra los peninsulares, los Carlistas contra los Isabelinos, los de izquierdas contra los de derechas, los del Oviedo contra los del Sporting. Y la picaresca, la inquisición, las hambrunas, los salvapatrias, el estraperlo, el enchufe, las comisiones.

Medio mundo queriendo venir a disfrutar del clima, la belleza, y la Seguridad Social, que no es tontería ninguna, y nosotros riñendo unos con otros en el chigre para arreglar el país, mientras llevamos toda la vida pegándole a la sidra y con el doble de paro y el doble de inflación que en el resto de Europa. Y sin saber por qué. ¿Solución deseada?: cambiar el gobierno, el que sea. Rajoy, Sánchez, los que vengan.

Pero no hace falta discurrir mucho para descubrir nuestro error. Quitamos un presidente y ponemos otro de aquí. Otro español. Una raza en la que somos igual de pillos todos, del barquillero al ministro.

Pues miren que es fácil: ¿queremos que España funcione como Noruega, por decir algo? Pues hay que traer un noruegu. Cuando haya elecciones allí, se llama por teléfono al que quedó segundo. Y se le dice: si acepta Ud. ser presidente de aquí vivirá en un palacio y no en un pisín. No tendrá que lavar su ropa. Tendrá criados a tutiplén, y un avión para usted solo. Cobrará veinte mil euros más que ahí, tendrá todo pago y si arma alguna estará exento de ir al juzgado, y por supuesto no necesitará dimitir si copió el trabajo fin de carrera o por echar un pitu en un restaurante, como hacen ahí. Y cuando deje de ser presidente lo fichará una eléctrica, con el mismo sueldo. Aunque no tenga ni idea de corriente alterna. Y listo.

Sólo hay un problema: que nos cuelguen el teléfono pensando que es una broma.

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