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Pere Casan

Raíces para crecer, alas para volar

Un mensaje de esperanza en un mundo convulso y lleno de incertidumbre

Ilustración Pablo García

Vivimos días de mucha incertidumbre. Este primer cuarto del siglo XXI está resultando mucho más complicado que los últimos veinticinco años del siglo anterior. No era suficiente con la crisis económica del final del primer decenio, cuando se añadió una pandemia como nunca habíamos contemplado y, por si fuera poco, apareció una nueva guerra, esta vez más cercana y transmitida en directo hasta nuestros hogares. Todo ello ha sembrado en nuestras vidas la enorme inquietud que mencionaba al principio. Las conversaciones giran no solo sobre el presente, en forma de coronavirus, muertes, desplazados, cambio climático, inflación y paro, sino sobre el mundo que dejaremos a nuestros descendientes. Creo que frente a tantas adversidades, lo mejor que podemos hacer es transmitirles esperanza, pero no solo en forma de palabras, que siempre son necesarias, sino de hechos valientes y concretos. Si demostramos convicción y nos unimos alrededor de los valores, que son la base de nuestra fuerza, lograremos traspasar el ecuador del presente siglo con mejores expectativas.

No podemos ni debemos perder las raíces de nuestra forma de vivir y la continuidad de las virtudes que hemos recibido deberían poder garantizarse. Cada uno de nosotros, con las variedades del origen, lengua, costumbres más íntimas, sensibilidades y demás características, formamos parte de una manera de ser que se corresponde con el mundo occidental, más concretamente europeo y con más detalle mediterráneo. Pongamos las variaciones que ustedes quieran, fruto de este vaivén histórico de pobladores ibéricos, pero para lo bueno y para lo malo, todos somos mucho más parecidos de lo que algunos quieren imaginar. Me refiero a estos valores, fruto de la depuración de siglos de beber de las mismas fuentes culturales greco-latinas-judeo-cristianas, que han dejado un poso de características que tenemos la obligación de transmitir a nuestros sucesores, en forma de raíces profundas que se extiendan por la vieja Sepharad. Llámense humanismo, quehaceres científico-técnicos, respeto por la justicia, solidaridad con los oprimidos, empatía, comprensión y ayuda a los más débiles, amor por la libertad y bienestar social para todos. Añadamos lo que ustedes quieran, pero no quiten nada de lo mencionado y procuremos que las familias, las escuelas y las universidades transmitan estas cualidades a las actuales generaciones. De esta forma, con la savia que ascienda por estas raíces, crecerán personas que honrarán nuestra memoria y nos sentiremos orgullosos y satisfechos, aún en medio de tanta deprimente realidad.

Y alas, unas alas esplendorosas, alejadas de las del pavo real y cercanas a las de las aves migratorias, capaces de emprender vuelos transoceánicos en busca de las mejores oportunidades. Resueltas a mantener las raíces que mencionaba anteriormente, aún en el más alejado desierto o la más fría de las aguas, pero al mismo tiempo capaces de aprender nuevos códigos, nuevas formas de mirarse a la cara, de mejorar el día a día de cada una de nuestras vidas. Alas cuajadas de nuevas lenguas, con especial atención no solo a la del inglés, sino a las utilizadas por millones de personas. Léase mandarín, hindi, árabe o los más cercanos francés y alemán. Sin olvidar aquellas herramientas psicológicas que les permitan resolver los avatares imprevistos de la vida, con las dosis suficientes de autoestima, orden, paciencia, amabilidad y madurez. Que les posibilite descubrir muy pronto todo aquello que dependa de ellos mismos y les aporte la fuerza para resolver cada problema, al mismo tiempo que eviten el desgaste innecesario de intentar solucionar lo que no les corresponde.

Raíces para crecer y alas para volar. Como las que nos proporciona el compositor ruso Ígor Stravinski (1882-1971) en su famoso ballet “El pájaro de fuego”, obra estrenada en París en el año 1910. Esta composición forma parte del periodo inicial del célebre autor, con marcado acento en el folclore nativo y en las melodías populares, aunque ya con aportaciones novedosas en forma de cambios de ritmo y “ostinatos”, que posteriormente habían de verse reproducidos en “La consagración de la primavera”, ballet mucho más atrevido, que ocasionó violentos enfrentamientos entre el público asistente al estreno. Stravinski fue un magnífico ejemplo de mezcla entre raíces y alas. Nacido en una población cercana a San Petersburgo, falleció en Nueva York, donde residió durante varios años, y fue enterrado en Venecia. Aunque se mostró contrario a la ideología bolchevique y manifestó su cercanía con las ideas fascistas, no renunció a su cristianismo ortodoxo nativo ni al amor por la cultura popular de su tierra natal.

Un árbol sin raíces es arrastrado por el viento y la lluvia. Un pájaro sin fuertes alas se agota tras el primer vuelo y perece a merced del cazador entrenado. Raíces para que el tronco crezca con fuerza y a lo alto, alas para que nuestros hijos puedan ver el mundo y tener la valentía suficiente para regresar.

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