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Martín Caicoya

Las comparaciones no son buenas si se hacen mal

El Covid-19 evidenció que para enfermar hacen falta varias causas

En plena crisis de las vacas locas pensé que el riesgo de enfermedad cardiovascular o cáncer por comer carne era quizá superior al de adquirir la temida encefalopatía. Era una comparación desafortunada por varios motivos. El primero y más importante, que hay que comer mucha carne durante muchos años para que esa ingesta contribuya, junto con otros factores, a producir enfermedad. Sin embargo, bastaba con comer una sola vez carne infectada con los priones para que se pudiera contraer la encefalopatía espongiforme. En el primer caso entra de lleno el concepto de multicausalidad: no hay causas suficientes y pocas son necesarias. La carne, desde luego, no es necesaria. Incluso cuando una causa lo es, como es el caso de las enfermedades infecciosas, difícilmente produce siempre la enfermedad: raramente es suficiente.

Fue Koch el que estableció la idea de causa necesaria y suficiente cuando descubrió el bacilo de la tuberculosis. En su teoría, para confirmar la causalidad, tendría que cumplirse que siempre que se infectara a una persona con el bacilo el sujeto debería contraer la tuberculosis. Pero sabemos que no solo son muchos los expuestos que no se infectan, también la gran mayoría de los infectados no desarrolla la enfermedad. Lo mismo se puede decir, aunque no tengo pruebas, para el contacto y posible contagio por priones. Aunque baste una sola vez, no todas las veces ni en todas las personas la efectividad es la misma. Esta realidad con el covid se ha manifestado de manera evidente: casos en que uno de los dos convivientes íntimos no adquiere la enfermedad, o la adquiere fuera del periodo de contagio de su pareja.

Hay otra diferencia sustancial entre el riesgo de comer carne y el de comerla contaminada por priones. En el primer caso hay una voluntariedad: uno come carne porque quiere y ese producto tiene, como cualquier actividad humana, sus pros y sus contras. Los acepta. En el segundo caso la exposición es no solo involuntaria, como puede ser un accidente, es el resultado de una impureza. Entre las emociones primarias destaca universalmente el asco o repugnancia, una especie de instinto. Se entiende como un mecanismo de defensa para evitar la contaminación del cuerpo. En ese ámbito se sitúa el rechazo visceral a la carne que pudiera contener priones. Comparar ambos riesgos, aunque se pueda reducir a una cifra, no es correcto.

Me acordé de esto cuando leí los esfuerzos de epidemiólogos y estadísticos para situar el riesgo de muerte por covid en el contexto de otros riesgos. Nunca, desde principios del siglo pasado, las enfermedades infecciosas habían tenido tal protagonismo en la morbi-mortalidad. En el portal del Instituto Carlos III se pueden ver los cálculos que hacen del exceso de muertes, la mayoría atribuibles a covid: en los primeros cuatro meses de 2022 se estima en 5.030. De seguir el ritmo serían 15.000 al final del año. Muy por debajo de las muertes por enfermedad cardiovascular y cáncer, que rondan ambas los 120.000, y también menos que por enfermedades respiratorias, que pueden sobrepasan las 40.000, y las del sistema nervioso, cerca de 30.000. Sin embargo, en 2020, el covid, identificado, por tanto posiblemente con infrarregistro, fue la primera causa individual con más de 60.000 casos, por delante de las isquémicas del corazón.

La preocupación por el exceso de muertes es mayor en EE UU donde han realizado los cálculos que comentaré. Allí todavía es la segunda causa, tras cardiovascular y por delante de cáncer. Posiblemente por la insuficiente cobertura vacunal y la desigual asistencia sanitaria. El cálculo que ha hecho la doctora Jetelina sitúa el riesgo morir por covid de una persona de 65 años infectada por ómicron y completamente vacunada al mismo nivel que si hubiera permanecido en Afganistán durante todo 2011 en servicio activo. No veo cómo esto puede ayudar a tomar decisiones, ni tampoco si le dice que es la mitad del que tendría si escalara el Everest.

Quizá sea más entendible la que hace con las personas de 50 a 64, bien vacunadas: su riesgo es semejante al de conducir durante 5 años: 516 muertes por millón, por cierto, es 10 veces menos que la experiencia de Afganistán. Otra referencia que utiliza Jetelina en su afán por facilitar la comprensión del riesgo es la de la mortalidad infantil. Allí es de 6,6 por mil nacidos vivos. Naturalmente, nada le dice a un adulto porque lo que le interesa es situar su riesgo respecto a otras actividades o situaciones. Pero nos dice mucho de ese país. En España esa tasa es de 2,2 por mil. Era en 1985 6,3 por mil, cuando nuestra renta per cápita estaba todavía más alejada de la de EE UU. y nuestro sistema sanitario iniciaba el despegue.

Que en EE UU sea todavía tan alta muestra las insuficiencias del sistema sanitario y, sobre todo, las injusticias sociales: educación, vivienda, alimentación y vacunaciones son los mayores contribuidores a reducir las muertes en niños, mientras la buena atención sanitaria es fundamental en las primeras semanas, la denominada mortalidad perinatal.

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